HENRY MILLER - TRÓPICO DE CAPRICORNIO

Una vez que has entregado el alma, lo demás sigue con absoluta certeza,
incluso en pleno caos.Desde el principio nunca hubo otra cosa que el caos: era un fluido que me envolvía, que aspiraba por las branquias. En el substrato, donde brillaba la luna, inmutable y opaca, todo era suave y fecundante; por encima, no había sino disputa y discordia. En todo veía en seguida el extremo opuesto, la contradicción, y entre lo real y lo irreal la ironía, la paradoja.
Era el peor enemigo de mí mismo. No había nada que deseara hacer que no pudiese igualmente dejar de hacer. Incluso de niño, cuando no me faltaba nada, deseaba morir: quería rendirme porque luchar carecía de sentido para mí. Consideraba que la continuación de una existencia que no había pedido no iba a probar, verificar, añadir ni sustraer nada. Todos los que me rodeaban eran unos fracasados, o, si no, ridículos. Sobre todo, los que habían tenido éxito. Estos me aburrían hasta hacerme llorar. Era compasivo para con las faltas, pero no por compasión. Era una cualidad puramente negativa, una debilidad que brotaba ante el simple espectáculo de la miseria humana. Nunca ayudé a nadie con la esperanza de que sirviera de algo; ayudaba porque no podía dejar de hacerlo. Me parecía inútil cambiar el estado de cosas; estaba convencido de que nada cambiaría, sin un cambio del corazón, ¿y quién podía cambiar el corazón de los hombres? De vez en cuando un amigo se convertía; era algo que me hacía vomitar. Tenía tan poca necesidad de Dios como El de mí, y con frecuencia me decía que, si Dios existiera, iría a su encuentro tranquilamente y le escupiría en la cara.
Lo más irritante era que, a primera vista, la gente solía considerarme bueno, amable, generoso, leal, etc., porque estaba exento de envidia. La envidia es la única cosa de la que nunca he sido víctima. Nunca he envidiado a nadie ni nada. Al contrario, lo único que he sentido ha sido compasión hacia todo el mundo y por todo.
Desde el principio mismo debí de haberme ejercitado en no desear nada demasiado ardientemente. Desde el principio mismo, fui independiente, pero de forma falsa. No necesitaba a nadie porque quería ser libre, libre para hacer y dar sólo lo que dictaran mis caprichos. En cuanto esperaban algo de mí o me lo pedían, me plantaba. Esa fue la forma que adoptó mi independencia. En otras palabras, estaba corrompido, corrompido desde el principio. Como si mi madre me hubiera amamantado con veneno, y, aunque me destetó pronto, el veneno permaneció en mi organismo. Parece ser que, incluso cuando me destetó, me mostré completamente indiferente; la mayoría de los niños se rebelan, o fingen rebelarse, pero a mí me importaba un comino. Era un filósofo, siendo todavía un niño de mantillas. Estaba contra la vida, por principio. ¿Qué principio? El principio de la futilidad. Todos los que me rodeaban luchaban sin cesar. Por mi parte, nunca hice un esfuerzo. Si parecía que hacía un esfuerzo, era sólo para agradar a alguien; en el fondo, me importaba un bledo. Y si pudierais decirme por qué había de ser así, lo negaría, porque nací con una vena de maldad y nada puede suprimirla. Más adelante, cuando ya había crecido, me enteré de que les costó un trabajo de mil demonios sacarme de la matriz. Lo entiendo perfectamente. ¿A santo de qué moverse? ¿A son de qué salir de un lugar agradable y cálido, un refugio acogedor donde te ofrecen todo gratis? El recuerdo más temprano que tengo es el del frío, la nieve y el hielo en el arroyo, de la escarcha en los cristales de las ventanas, del helor de las verdes paredes maderosas de la cocina. ¿Por qué vive la gente en los rudos climas de las zonas templadas, como las llaman impropiamente? Porque la gente es idiota por naturaleza, perezosa por naturaleza, cobarde por naturaleza. Hasta que no cumplí diez años, nunca me di cuenta de que existían países «cálidos», lugares donde no tenías que ganarte la vida con el sudor de la frente ni tintar y fingir que era tónico y estimulante. En todos los sitios donde hace frío hay gente que se mata a trabajar y, cuando tienen hijos, les predican el evangelio del trabajo, que, en el fondo, no es sino la doctrina de la inercia. Mi familia estaba formada por nórdicos puros, es decir, idiotas. Suyas eran todas las ideas equivocadas que se hayan podido exponer en este mundo. Una de ellas era la doctrina de la limpieza, por no hablar de la de la probidad. Eran penosamente limpios. Pero por dentro apestaban. Ni una sola vez habían abierto la puerta que conduce hasta el alma; ni una sola vez se les ocurrió dar un salto a ciegas en la oscuridad. Después de comer, se lavaban los platos con presteza y se colocaban en la alacena; después de haber leído el periódico, se plegaba cuidadosamente y se guardaba en un estante; después de lavar la ropa, se planchaba y doblaba y luego se guardaba en los cajones. Todo se hacía pensando en el mañana, pero el mañana nunca llegaba. El presente sólo era un puente, y en él siguen gimiendo, como el mundo, y ni a un solo idiota se le ocurre volar el puente.
Mi amargura me impulsa con frecuencia a buscar razones para condenarlos, para mejor condenarme a mí mismo. Pues soy como ellos también, en muchos sentidos. Durante mucho tiempo creía que había escapado, pero con el paso del tiempo veo que no soy mejor, que soy un poco peor incluso, porque yo vi siempre las cosas con mayor claridad que ellos y, sin embargo, seguí siendo incapaz de cambiar mi vida. Cuando rememoro mi vida, me parece que nunca he hecho nada por mi propia voluntad, sino siempre apremiado por otros. A menudo la gente me toma por un aventurero; nada podría estar más alejado de la verdad. Mis aventuras han sido siempre casuales, siempre impuestas, siempre sufridas en lugar de emprendidas. Pertenezco por esencia a ese pueblo nórdico, altivo y jactancioso que nunca ha tenido el menor sentido de la aventura, a pesar de lo cual ha recorrido la Tierra y la ha vuelto del revés, esparciendo vestigios y ruinas por todas partes. Espíritus inquietos, pero no aventureros. Espíritus agonizantes, incapaces de vivir en el presente. Vergonzosos cobardes, todos ellos, yo incluido. Pues sólo existe una gran aventura y es hacia dentro, hacia uno mismo, y para ésa ni el tiempo ni el espacio ni los actos, siquiera, importan.
Cada ciertos años estuve a punto de hacer ese descubrimiento, pero fue muy propio de mí que siempre consiguiera escurrir el bulto. Si intento pensar en una buena excusa, la única que se me ocurre es el ambiente, las calles que conocí y la gente que vivía en ellas. No puedo pensar en calle alguna de América, ni en persona alguna que viva en ella, capaces de enseñarle a uno el camino que conduce al descubrimiento de sí mismo. He recorrido las calles de muchos países del mundo, pero en ninguna parte me he sentido tan degradado y humillado como en América. Pienso en todas las calles de América combinadas y como formando una enorme letrina, una letrina del espíritu en que todo se ve aspirado hacia abajo, drenado y convertido en mierda eterna. Sobre esa letrina el espíritu del trabajo agita una varita mágica; palacios y fábricas surgen juntos, y fábricas de municiones y de productos químicos y acerías y sanatorios y prisiones y manicomios. El continente entero es una pesadilla que produce la mayor miseria para el mayor número. Yo era uno solo, una sola entidad en medio de la mayor francachela de riqueza y felicidad (riqueza estadística, felicidad estadística), pero nunca conocí a un hombre que fuera verdaderamente rico ni verdaderamente feliz. Yo por lo menos sabía que era desgraciado, que era pobre, que estaba desarraigado, que desentonaba. Ese era mi único consuelo, mi única alegría. Pero no bastaban. Habría sido mejor para mi paz espiritual, para mi alma, que hubiera expresado mi rebelión a las claras, que hubiese ido a la cárcel, que me hubiese podrido y hubiese muerto en ella. Habría sido mejor que, como el loco Czolgosz, hubiera matado a tiros a algún honrado presidente McKinley, a algún alma apacible e insignificante como ésa que nunca hubiese hecho el menor daño a nadie. Porque en el fondo de mi corazón anidaba un asesino: quería ver a América destruida, arrasada de arriba abajo. Quería verlo suceder por pura venganza, como expiación por los crímenes que cometían contra mí y contra otros como yo que nunca han sido capaces de alzar la voz y expresar su odio, su rebelión, su legítima sed de sangre.
Yo era el producto maligno de un suelo maligno. Si no fuera imperecedero, el «yo» de que escribo habría quedado destruido hace mucho tiempo. A algunos esto puede parecerles una invención, pero lo que quiera que imagine haber ocurrido sucedió efectivamente, por lo menos para mí. La Historia puede negarlo, ya que no he participado en la historia de mi pueblo, pero aun cuando todo lo que digo sea falso, parcial, rencoroso, malévolo, aun cuando sea yo un mentiroso y un envenenador, aun así es la verdad y tendrán que tragarla.
En cuanto a lo que sucedió...
Todo lo que ocurre, cuando tiene importancia, es contradictorio por naturaleza. Hasta que no apareció aquella para la que escribo esto, pensaba que las soluciones para todas las cosas se encontraban en algún lugar exterior, en la vida, como se suele decir. Cuando la conocí, pensé que estaba aprehendiendo la vida, aprehendiendo algo en que podría hincar el diente. En lugar de eso, la vida se me escapó de las manos completamente. Extendí los brazos en busca de algo a que apegarme... y no encontré nada. Pero, al hacerlo, con el esfuerzo por aterrarme, por apegarme, a pesar de haber quedado desamparado, descubrí algo que no había buscado: a mí mismo. Descubrí que lo que había deseado toda mi vida no era vivir —si se llama vida a lo que otros hacen—, sino expresarme. Comprendí que nunca había sentido el menor interés por vivir, sino sólo por lo que ahora estoy haciendo, algo que es paralelo a la vida, pertenece a ella al mismo tiempo, y la sobrepasa. Lo verdadero me interesa poco o nada, y tampoco lo real, siquiera; sólo me interesa lo que imagino ser, lo que había asfixiado día a día para vivir. Que muera hoy o mañana carece de importancia para mí, nunca la ha tenido, pero que ni siquiera hoy, tras años de esfuerzo, pueda decir lo que pienso y siento... eso sí que me preocupa, me irrita. Desde la infancia me veo tras la pista de ese espectro, sin disfrutar de nada, sin desear otra cosa que ese poder, esa capacidad. Todo lo demás es mentira: todo lo que haya hecho o dicho en cualquier época que no tuviera relación con eso. Y ésa es, en gran medida, la mayor parte de mi vida.
Yo era una contradicción en esencia, como se suele decir. La gente me consideraba serio y de altas miras, o alegre e imprudente, o sincero y formal, o descuidado y despreocupado. Era todo eso a la vez... y algo más, algo que nadie sospechaba, yo menos que nadie. Cuando era un niño de seis o siete años, solía sentarme en la mesa de trabajo de mi abuelo y leer para él, mientras cosía. Lo recuerdo vivamente en los momentos en que, apretando la plancha caliente contra la costura de una chaqueta, se quedaba con una mano sobre la otra y miraba soñador por la ventana. Recuerdo la expresión de su cara, cuando se quedaba soñando así, mejor que el contenido de los libros que leía, mejor que las conversaciones que sosteníamos o que los juegos en que participaba en la calle. Solía preguntarme con qué estaría soñando, qué era lo que le hacía quedarse así ensimismado. Todavía no había yo aprendido a soñar despierto. Siempre estaba lúcido, en el presente, y entero. Su ensueño me fascinaba. Sabía que no tenía relación con lo que estaba haciendo, que no pensaba lo más mínimo en ninguno de nosotros, que estaba solo y estando solo se sentía libre. Yo nunca me sentía solo, y menos que nunca cuando estaba solo. Me parecía que siempre estaba acompañado; era como una migaja de un gran queso, que era el mundo, supongo, aunque nunca me detuve a pensarlo. Pero sé que nunca existí separado, nunca pensé que fuera yo el gran queso, por decirlo así. De modo que, incluso cuando tenía razones para sentirme desdichado, para quejarme, para llorar, tenía la ilusión de participar en una desdicha común, universal. Cuando lloraba, el mundo entero lloraba: y así lo imaginaba. Muy raras veces lloraba. La mayoría de las veces estaba contento, me divertía. Me divertía porque, como he dicho antes, en realidad todo me importaba tres cojones. Estaba convencido de que, si las cosas me salían mal, le salían mal a todo el mundo. Y generalmente las cosas sólo salían mal cuando uno se preocupaba demasiado. Eso se me quedó grabado desde muy niño. Por ejemplo, recuerdo el caso de mi amigo de la infancia Jack Lawson. Durante todo un año estuvo en cama víctima de los peores sufrimientos. Era mi mejor amigo, o por lo menos eso decía la gente. Bueno, pues, al principio probablemente lo compadecía y quizá de vez en cuando pasaba por su casa para preguntar por él, pero al cabo de un mes o dos me volví completamente insensible a su sufrimiento. Me decía que tenía que morir y que cuanto antes mejor, y, después de haber pensado eso, actué en consecuencia, es decir, que muy pronto lo olvidé, lo abandoné a su suerte. Por aquel entonces sólo contaba doce años y recuerdo que me sentí orgulloso de mi decisión. También recuerdo el entierro... lo vergonzoso que fue. Allí estaban, amigos y parientes, todos congregados en torno al féretro y todos ellos llorando a gritos como monos enfermos. La madre, sobre todo, me daba cien patadas. Era una persona rara, espiritual, adepta de la Christian Science, creo, y, aunque no creía en la enfermedad ni en la muerte tampoco, armó tal escándalo, que era como para que el propio Cristo se hubiera alzado de la tumba. Pero, ¡su amado Jack, no! No, Jack yacía allí frío como el hielo y rígido y sordo a sus llamadas. Estaba muerto y la cosa no tenía vuelta de hoja. Yo lo sabía y me alegraba. No desperdicié lágrimas en relación con ello. No podía decir que había pasado a mejor vida porque, al fin y al cabo, su «él» había desaparecido. El se había ido y con él los sufrimientos que había soportado y el dolor que involuntariamente había causado a otros. «¡Amén!», dije para mis adentros, y acto seguido, como estaba ligeramente emocionado, me tiré un sonoro pedo... justo al lado del ataúd.
Eso de tomar las cosas en serio... recuerdo que no me apareció hasta la época en que me enamoré por primera vez. Y ni siquiera entonces me las tomaba demasiado en serio. Si lo hubiera hecho verdaderamente, no estaría ahora aquí escribiendo sobre eso: habría muerto de pena, o me habría ahorcado. Fue una mala experiencia porque me enseñó a vivir una mentira. Me enseñó a sonreír cuando no lo deseaba, a trabajar cuando no creía en el trabajo, a vivir cuando carecía de razón para seguir viviendo. Incluso cuando la hube olvidado, conservé la costumbre de hacer aquello en lo que no creía.
Desde el principio todo era caos, como he dicho. Pero a veces llegué a estar tan cerca del centro, del núcleo de la confusión, que me asombra que no explotara todo a mi alrededor.
Lo más irritante era que, a primera vista, la gente solía considerarme bueno, amable, generoso, leal, etc., porque estaba exento de envidia. La envidia es la única cosa de la que nunca he sido víctima. Nunca he envidiado a nadie ni nada. Al contrario, lo único que he sentido ha sido compasión hacia todo el mundo y por todo.
Desde el principio mismo debí de haberme ejercitado en no desear nada demasiado ardientemente. Desde el principio mismo, fui independiente, pero de forma falsa. No necesitaba a nadie porque quería ser libre, libre para hacer y dar sólo lo que dictaran mis caprichos. En cuanto esperaban algo de mí o me lo pedían, me plantaba. Esa fue la forma que adoptó mi independencia. En otras palabras, estaba corrompido, corrompido desde el principio. Como si mi madre me hubiera amamantado con veneno, y, aunque me destetó pronto, el veneno permaneció en mi organismo. Parece ser que, incluso cuando me destetó, me mostré completamente indiferente; la mayoría de los niños se rebelan, o fingen rebelarse, pero a mí me importaba un comino. Era un filósofo, siendo todavía un niño de mantillas. Estaba contra la vida, por principio. ¿Qué principio? El principio de la futilidad. Todos los que me rodeaban luchaban sin cesar. Por mi parte, nunca hice un esfuerzo. Si parecía que hacía un esfuerzo, era sólo para agradar a alguien; en el fondo, me importaba un bledo. Y si pudierais decirme por qué había de ser así, lo negaría, porque nací con una vena de maldad y nada puede suprimirla. Más adelante, cuando ya había crecido, me enteré de que les costó un trabajo de mil demonios sacarme de la matriz. Lo entiendo perfectamente. ¿A santo de qué moverse? ¿A son de qué salir de un lugar agradable y cálido, un refugio acogedor donde te ofrecen todo gratis? El recuerdo más temprano que tengo es el del frío, la nieve y el hielo en el arroyo, de la escarcha en los cristales de las ventanas, del helor de las verdes paredes maderosas de la cocina. ¿Por qué vive la gente en los rudos climas de las zonas templadas, como las llaman impropiamente? Porque la gente es idiota por naturaleza, perezosa por naturaleza, cobarde por naturaleza. Hasta que no cumplí diez años, nunca me di cuenta de que existían países «cálidos», lugares donde no tenías que ganarte la vida con el sudor de la frente ni tintar y fingir que era tónico y estimulante. En todos los sitios donde hace frío hay gente que se mata a trabajar y, cuando tienen hijos, les predican el evangelio del trabajo, que, en el fondo, no es sino la doctrina de la inercia. Mi familia estaba formada por nórdicos puros, es decir, idiotas. Suyas eran todas las ideas equivocadas que se hayan podido exponer en este mundo. Una de ellas era la doctrina de la limpieza, por no hablar de la de la probidad. Eran penosamente limpios. Pero por dentro apestaban. Ni una sola vez habían abierto la puerta que conduce hasta el alma; ni una sola vez se les ocurrió dar un salto a ciegas en la oscuridad. Después de comer, se lavaban los platos con presteza y se colocaban en la alacena; después de haber leído el periódico, se plegaba cuidadosamente y se guardaba en un estante; después de lavar la ropa, se planchaba y doblaba y luego se guardaba en los cajones. Todo se hacía pensando en el mañana, pero el mañana nunca llegaba. El presente sólo era un puente, y en él siguen gimiendo, como el mundo, y ni a un solo idiota se le ocurre volar el puente.
Mi amargura me impulsa con frecuencia a buscar razones para condenarlos, para mejor condenarme a mí mismo. Pues soy como ellos también, en muchos sentidos. Durante mucho tiempo creía que había escapado, pero con el paso del tiempo veo que no soy mejor, que soy un poco peor incluso, porque yo vi siempre las cosas con mayor claridad que ellos y, sin embargo, seguí siendo incapaz de cambiar mi vida. Cuando rememoro mi vida, me parece que nunca he hecho nada por mi propia voluntad, sino siempre apremiado por otros. A menudo la gente me toma por un aventurero; nada podría estar más alejado de la verdad. Mis aventuras han sido siempre casuales, siempre impuestas, siempre sufridas en lugar de emprendidas. Pertenezco por esencia a ese pueblo nórdico, altivo y jactancioso que nunca ha tenido el menor sentido de la aventura, a pesar de lo cual ha recorrido la Tierra y la ha vuelto del revés, esparciendo vestigios y ruinas por todas partes. Espíritus inquietos, pero no aventureros. Espíritus agonizantes, incapaces de vivir en el presente. Vergonzosos cobardes, todos ellos, yo incluido. Pues sólo existe una gran aventura y es hacia dentro, hacia uno mismo, y para ésa ni el tiempo ni el espacio ni los actos, siquiera, importan.
Cada ciertos años estuve a punto de hacer ese descubrimiento, pero fue muy propio de mí que siempre consiguiera escurrir el bulto. Si intento pensar en una buena excusa, la única que se me ocurre es el ambiente, las calles que conocí y la gente que vivía en ellas. No puedo pensar en calle alguna de América, ni en persona alguna que viva en ella, capaces de enseñarle a uno el camino que conduce al descubrimiento de sí mismo. He recorrido las calles de muchos países del mundo, pero en ninguna parte me he sentido tan degradado y humillado como en América. Pienso en todas las calles de América combinadas y como formando una enorme letrina, una letrina del espíritu en que todo se ve aspirado hacia abajo, drenado y convertido en mierda eterna. Sobre esa letrina el espíritu del trabajo agita una varita mágica; palacios y fábricas surgen juntos, y fábricas de municiones y de productos químicos y acerías y sanatorios y prisiones y manicomios. El continente entero es una pesadilla que produce la mayor miseria para el mayor número. Yo era uno solo, una sola entidad en medio de la mayor francachela de riqueza y felicidad (riqueza estadística, felicidad estadística), pero nunca conocí a un hombre que fuera verdaderamente rico ni verdaderamente feliz. Yo por lo menos sabía que era desgraciado, que era pobre, que estaba desarraigado, que desentonaba. Ese era mi único consuelo, mi única alegría. Pero no bastaban. Habría sido mejor para mi paz espiritual, para mi alma, que hubiera expresado mi rebelión a las claras, que hubiese ido a la cárcel, que me hubiese podrido y hubiese muerto en ella. Habría sido mejor que, como el loco Czolgosz, hubiera matado a tiros a algún honrado presidente McKinley, a algún alma apacible e insignificante como ésa que nunca hubiese hecho el menor daño a nadie. Porque en el fondo de mi corazón anidaba un asesino: quería ver a América destruida, arrasada de arriba abajo. Quería verlo suceder por pura venganza, como expiación por los crímenes que cometían contra mí y contra otros como yo que nunca han sido capaces de alzar la voz y expresar su odio, su rebelión, su legítima sed de sangre.
Yo era el producto maligno de un suelo maligno. Si no fuera imperecedero, el «yo» de que escribo habría quedado destruido hace mucho tiempo. A algunos esto puede parecerles una invención, pero lo que quiera que imagine haber ocurrido sucedió efectivamente, por lo menos para mí. La Historia puede negarlo, ya que no he participado en la historia de mi pueblo, pero aun cuando todo lo que digo sea falso, parcial, rencoroso, malévolo, aun cuando sea yo un mentiroso y un envenenador, aun así es la verdad y tendrán que tragarla.
En cuanto a lo que sucedió...
Todo lo que ocurre, cuando tiene importancia, es contradictorio por naturaleza. Hasta que no apareció aquella para la que escribo esto, pensaba que las soluciones para todas las cosas se encontraban en algún lugar exterior, en la vida, como se suele decir. Cuando la conocí, pensé que estaba aprehendiendo la vida, aprehendiendo algo en que podría hincar el diente. En lugar de eso, la vida se me escapó de las manos completamente. Extendí los brazos en busca de algo a que apegarme... y no encontré nada. Pero, al hacerlo, con el esfuerzo por aterrarme, por apegarme, a pesar de haber quedado desamparado, descubrí algo que no había buscado: a mí mismo. Descubrí que lo que había deseado toda mi vida no era vivir —si se llama vida a lo que otros hacen—, sino expresarme. Comprendí que nunca había sentido el menor interés por vivir, sino sólo por lo que ahora estoy haciendo, algo que es paralelo a la vida, pertenece a ella al mismo tiempo, y la sobrepasa. Lo verdadero me interesa poco o nada, y tampoco lo real, siquiera; sólo me interesa lo que imagino ser, lo que había asfixiado día a día para vivir. Que muera hoy o mañana carece de importancia para mí, nunca la ha tenido, pero que ni siquiera hoy, tras años de esfuerzo, pueda decir lo que pienso y siento... eso sí que me preocupa, me irrita. Desde la infancia me veo tras la pista de ese espectro, sin disfrutar de nada, sin desear otra cosa que ese poder, esa capacidad. Todo lo demás es mentira: todo lo que haya hecho o dicho en cualquier época que no tuviera relación con eso. Y ésa es, en gran medida, la mayor parte de mi vida.
Yo era una contradicción en esencia, como se suele decir. La gente me consideraba serio y de altas miras, o alegre e imprudente, o sincero y formal, o descuidado y despreocupado. Era todo eso a la vez... y algo más, algo que nadie sospechaba, yo menos que nadie. Cuando era un niño de seis o siete años, solía sentarme en la mesa de trabajo de mi abuelo y leer para él, mientras cosía. Lo recuerdo vivamente en los momentos en que, apretando la plancha caliente contra la costura de una chaqueta, se quedaba con una mano sobre la otra y miraba soñador por la ventana. Recuerdo la expresión de su cara, cuando se quedaba soñando así, mejor que el contenido de los libros que leía, mejor que las conversaciones que sosteníamos o que los juegos en que participaba en la calle. Solía preguntarme con qué estaría soñando, qué era lo que le hacía quedarse así ensimismado. Todavía no había yo aprendido a soñar despierto. Siempre estaba lúcido, en el presente, y entero. Su ensueño me fascinaba. Sabía que no tenía relación con lo que estaba haciendo, que no pensaba lo más mínimo en ninguno de nosotros, que estaba solo y estando solo se sentía libre. Yo nunca me sentía solo, y menos que nunca cuando estaba solo. Me parecía que siempre estaba acompañado; era como una migaja de un gran queso, que era el mundo, supongo, aunque nunca me detuve a pensarlo. Pero sé que nunca existí separado, nunca pensé que fuera yo el gran queso, por decirlo así. De modo que, incluso cuando tenía razones para sentirme desdichado, para quejarme, para llorar, tenía la ilusión de participar en una desdicha común, universal. Cuando lloraba, el mundo entero lloraba: y así lo imaginaba. Muy raras veces lloraba. La mayoría de las veces estaba contento, me divertía. Me divertía porque, como he dicho antes, en realidad todo me importaba tres cojones. Estaba convencido de que, si las cosas me salían mal, le salían mal a todo el mundo. Y generalmente las cosas sólo salían mal cuando uno se preocupaba demasiado. Eso se me quedó grabado desde muy niño. Por ejemplo, recuerdo el caso de mi amigo de la infancia Jack Lawson. Durante todo un año estuvo en cama víctima de los peores sufrimientos. Era mi mejor amigo, o por lo menos eso decía la gente. Bueno, pues, al principio probablemente lo compadecía y quizá de vez en cuando pasaba por su casa para preguntar por él, pero al cabo de un mes o dos me volví completamente insensible a su sufrimiento. Me decía que tenía que morir y que cuanto antes mejor, y, después de haber pensado eso, actué en consecuencia, es decir, que muy pronto lo olvidé, lo abandoné a su suerte. Por aquel entonces sólo contaba doce años y recuerdo que me sentí orgulloso de mi decisión. También recuerdo el entierro... lo vergonzoso que fue. Allí estaban, amigos y parientes, todos congregados en torno al féretro y todos ellos llorando a gritos como monos enfermos. La madre, sobre todo, me daba cien patadas. Era una persona rara, espiritual, adepta de la Christian Science, creo, y, aunque no creía en la enfermedad ni en la muerte tampoco, armó tal escándalo, que era como para que el propio Cristo se hubiera alzado de la tumba. Pero, ¡su amado Jack, no! No, Jack yacía allí frío como el hielo y rígido y sordo a sus llamadas. Estaba muerto y la cosa no tenía vuelta de hoja. Yo lo sabía y me alegraba. No desperdicié lágrimas en relación con ello. No podía decir que había pasado a mejor vida porque, al fin y al cabo, su «él» había desaparecido. El se había ido y con él los sufrimientos que había soportado y el dolor que involuntariamente había causado a otros. «¡Amén!», dije para mis adentros, y acto seguido, como estaba ligeramente emocionado, me tiré un sonoro pedo... justo al lado del ataúd.
Eso de tomar las cosas en serio... recuerdo que no me apareció hasta la época en que me enamoré por primera vez. Y ni siquiera entonces me las tomaba demasiado en serio. Si lo hubiera hecho verdaderamente, no estaría ahora aquí escribiendo sobre eso: habría muerto de pena, o me habría ahorcado. Fue una mala experiencia porque me enseñó a vivir una mentira. Me enseñó a sonreír cuando no lo deseaba, a trabajar cuando no creía en el trabajo, a vivir cuando carecía de razón para seguir viviendo. Incluso cuando la hube olvidado, conservé la costumbre de hacer aquello en lo que no creía.
Desde el principio todo era caos, como he dicho. Pero a veces llegué a estar tan cerca del centro, del núcleo de la confusión, que me asombra que no explotara todo a mi alrededor.
Extraído de: Miller, Henry: Trópico de Capricornio. Ediciones Alfaguara, S.A. 1978
COMENTARIO:
Cuando leí Trópico de Capricornio quedé absolutamente impactado. Después seguí otras obras de Miller, su escritura densa, el erotismo absorbente de sus palabras, su espíritu crítico y contradictorio... Me parece un escritor ideal para leer en verano. Si queréis saber más de Miller, tenéis un sinfín de páginas web con anécdotas, extractos de escritos suyos, etc.

3 Comments:
Bien! muy pocas personas conocen a este escritor ._.
A mí me fascina, por pura curiosidad, estoy buscando la trilogía de la Crusificción Rosada, "Sexus, Plexus y Nexus" pero no encuentro siquiera el pimero en la web. Tú que has leído algunos libros, no lo tendrás por ahí en formato word (a esto me refiero conque este en la pc, no en tu biblioteca xD )
Bueno, saludos, buen blog ^^
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Taruntela, at dom sep 28, 02:39:00 PM
ALGUIEN TIENE UNA VERSIÓN EN PDF??
DÓNDE LA DESCARGO?
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Anónimo, at vie oct 10, 02:52:00 PM
hola, puedes bajartelo de ares, y si quieres me envias un email y te lo paso. vidamagnifica@hotmail.com
la verdad que esta genial el libro. saludos.
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mas tiempo y mas dinero, at vie oct 09, 12:41:00 AM
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