HANS MAGNUS ENZENSBERGER: Conjeturas sobre la turbulencia

El pluralismo no respeta nada. Tampoco el futuro está a salvo de él. Como si ello resultara evidente sin más, en todas las lenguas naturales es uno de esos singularia tantum de los que, al igual que el pasado y el presente, pensamos que ocurren una vez. Cuando, por el contrario, pensamos en lo que nos espera, la cabeza nos da vueltas. Hemos perdido la capacidad de subsumir bajo el singular lo que todavía no existe. En este sentido no es que tengamos demasiado poco futuro ante nosotros, o ninguno en absoluto, como el polvoriento lema No future pretende hacernos creer, sino demasiado, vale decir demasiados. El futuro en tanto que representación homogénea se ha vuelto impensable. Cada reflexión que se le dedica se escinde según el esquema de decisiones indefinidamente bifurcadas y origina una diversidad que no podemos dominar, pero que tampoco podemos evitar.
Todos estos futuros compiten entre sí y acaban con heridas cuando se abren paso a codazos, lo que disminuye a cada uno de ellos y lesiona a todos en su dignidad. Presumiblemente la tan lamentada desaparición de la utopía tiene su causa en esa autorrelativización de lo posible. No porque ya no se nos ocurra nada, sino porque la oferta de fantasmas sobrepasa nuestra capacidad mental, los proyectos disponibles, con independencia de que se llaman utopía o metopía, nos parecen carentes de valor vinculante, por no decir banales.
La futurología es la ciencia de los posos de café. Los esquemas y estructuras que quiere interpretar los atribuye a su material, para después leerlos a partir de éste; de este modo salieron los canales de Marte y el rostro de la luna. Este proceder psicológico puede apoyarse en un acuerdo tácito con nuestras proyecciones diarias. Es divertido ver cómo se cruza el término matemático con el psicológico, sin que por ello ninguna de las disciplinas implicadas vea más claro el asunto.
El pluralismo del futuro es entre tanto parte del decorado interior de la normalidad. Cualquiera que «piense más allá del día de hoy» -¿y quién puede escaparse de ello?- desarrolla inevitablemente series enteras de escenarios que no sólo son inconsistentes entre sí, sino que se excluyen mutuamente. La misma persona que está convencida de que una catástrofe de escala mundial es inminente, suscribe sin pestañear un seguro de vida a 30 años. La oscilación entre época de Acuario y apocalipsis, New Age y cálculo de la jubilación, nirvana y asesoramiento para la inversión hace tiempo que se ha convertido en un fenómeno de masas. Es fácil reírse de los escenarios más burdos en que anida la superstición, pero también entre personas que se consideran plenamente sensatas el futuro se cotiza, y sus alzas y bajas serían difíciles de explicar racionalmente. La guerra nuclear en Europa, todavía hace pocos años una pesadilla obsesiva, prácticamente ha desaparecido del todo de la fantasía colectiva. En su lugar se conjura el ocaso ecológico en innumerables versiones. Así, lo inimaginable se presenta como mera variante, la extinción de la especie como intercambiable material de juego.
También las «visiones» del ocaso son parte del ciclo de valorización de los medios. Su totalidad es aparente; el carácter definitivo que reclaman deja espacio para otros, que se presentan como igual de exclusivos; todo se vuelve por completo distinto porque la economía mundial está a punto de hundirse, porque la Inteligencia Artificial sustituye al sujeto, porque epidemias incurables hacen aparecer como superfluas a todas las restantes catástrofes, porque la técnica genética pone un término al hombre, y así sucesivamente.
Pero tampoco puede uno fiarse del pesimismo. No sólo los plazos mensuales de amortización de la casa propia le imponen restricciones tácitas, pero tenaces. El mismo ciudadano mayor de edad que está convencido del imparable envenenamiento de la Tierra, del derretimiento de los cascos polares, del agotamiento de todos los recursos, se aferra al propio tiempo a la ideología del technical fix y espera la invención salvadora, el truco imperceptible que resolverá todos los problemas energéticos.
La coexistencia de lo incompatible domina también en la esfera de los expertos. Los economistas pueden ser considerados los pioneros de la profecía moderna. Desde que hay memoria, del todo inmunes a las refutaciones por parte de la realidad y con semblante serio están haciendo el horóscopo a la economía. El marxista ortodoxo calcula la fecha en que se colapsará definitivamente el capitalismo, el asesor de inversiones fanfarrón predice en folletos de mucho brillo la próxima alza bursátil. Ambos se encuentran con un público crédulo.
El puesto en el columpio lo ocupa el destinatario de esos esfuerzos. Los medios lo exponen a un cambio continuo de consignas catastrofistas y tranquilizadoras, y apenas le queda otra posibilidad que acostumbrarse al hábil equilibrio de pánico y apatía. El common sense que cree en poder salir adelante improvisando se inmuniza a la larga contra las instrucciones de conductas ocultas tanto en las profecías positivas como en las negativas. El que eche una mirada a los escenarios de futuro de los años 50, 60, 70, tendrá que confesar que el buen sentido común con sus limitaciones no ha quedado peor que todos los think tanks de este mundo.
Son por consiguiente muy palpables las experiencias que han privado de terreno a la filosofía de la historia. La ingenuidad de todas las teorías, al fin y al cabo versiones secularizadas de la historia sagrada, se ha vuelto manifiesta también para quien no está muy acostumbrado al pensamiento especulativo. Con indiferencia de que se presenten con ropaje «progresista» o «conservador», su autoconfianza ha sufrido golpes, y se les nota que tan sólo administran su propio legado.
De modo sorprendente y memorable es precisamente una determinada fracción de las ciencias «duras» la que en esta situación tiene propuestas nuevas que hacer, y ello de modo tal que se despide de su propia tradición, la dogmática del cálculo exacto. De la terminodinámica, de la teoría de la evolución y de sistemas, pero también de la matemática y de la física teórica han surgido impulsos que acaso puedan contribuir a salir de los viejos callejones sin salida. Se trata ahora de nuevos paradigmas de la autoorganización, de estructuras disipativas y lógicas no lineales. Una cosa cuando menos ha quedado fuera de duda: que la evolución de sistemas complejos no puede ser predicha exactamente por principio; su curso es influido decisivamente por sucesos singulares, con frecuencia de elevada improbabilidad. Insumos diminutos pueden originar el «vuelco» de conjuntos muy amplios, en tanto que, por otra parte, enormes factores influyentes son integrados dinámicamente sin que se produzcan turbulencias incontrolables.
Más interesante es la pregunta de si esas nuevas formas de pensar se pueden aplicar asimismo a procesos sociales. Sus inventores actúan con moderación al respecto, probablemente no sólo porque no se sienten competentes, sino porque asimismo les asustan las implicaciones ideológicas de esa transferencia. No tienen ganas de ponerse al alcance del cuchillo de la política. Por el contrario, desde su triunfante polémica contra el darwinismo social, desde hace 100 años por tanto, los sociólogos y los críticos sociales consideran cosa probada que no se puede aprender nada de las ciencias naturales. Esta reserva se ha solidificado hace tiempo en la izquierda como prohibición de pensar. Sólo en los últimos tiempos se están dando movimientos de aproximación a la cuestión de si estaríamos o no autorizados a reflexionar sobre posibles homologías entre procesos físicos, biológicos y sociales.
Y, sin embargo, es precisamente la constitución de las sociedades más ricas la que sugieren tales exploraciones; se han despedido de la idea de la planificabilidad. Los poderosos y los impotentes, los individuos aislados y los grupos persiguen como siempre sus objetivos particulares, pero el movimiento del todo se escapa a sus intenciones, incluso a su imaginación. A nadie se le ocurriría proyectar un «plan quinquenal» para llevarlo a la práctica, no hablemos ya de objetivos que vayan más lejos. También se ha renunciado a proponer, y más aún a prescribir, estrategias de desarrollo a la Rostow a los otros, a terceros, por ejemplo al Tercer Mundo.Con ello han quedado liquidados también los en tiempos tan populares planes conspirativos, que veían el proceso histórico como gobernado por misteriosos y todopoderosos centros, y la búsqueda de un sujeto de la historia, revolucionario o evolucionista, ha demostrado ser estéril.
Una instancia que pudiera dirigirlos centralmente no se ve ya en absoluto en estos países «avanzados», y hasta se podría sostener que aquí nos encontramos ante sociedades acéfalas: sería la resurrección irónica de un estado que los etnólogos pretenden haber descubierto entre los pueblos prehistóricos. Por supuesto que esto no significa en lo más mínimo que en un conjunto así el poder, la riqueza o las oportunidades se vayan a distribuir con mayor justicia, o hasta con justicia sin más. Sólo quiere decir que, tras la disolución de las relaciones de estatuto y de clase rígida y jerárquicamente articuladas, se constituye un equilibrio fluido y dinámico que se reproduce y modifica de modo duradero sin plan alguno. Los gobiernos y los partidos hace ya mucho que en un sistema así han dejado de «determinar las directrices de la política» o hasta de, como en las viejas metáforas fisiológicas, funcionar como cabeza, cerebro, sistema nervioso central del todo; a lo más intentan, para seguir con la imagen, algún tipo de control hormonal para impedir que las turbulencias degeneren en catástrofe.Incluso esa tarea les resulta excesiva.
Pero no sólo el Estado ha perdido capacidad para imponerse, tampoco el poder económico, a pesar, o quizá incluso a causa de lo altamente concentrado que está, es ya, como antes, monolítico y duradero.Monumentos económicos como los Krupp, dinastías como la de los reyes del ferrocarril y de los capitanes de industria se han convertido en anacronismos. Las grandes compañías multinacionales de hoy están en peligro, hasta de quiebra, por causa de imprevisibles desequilibrios, crisis, infiltraciones, take overs, relaciones de propiedad fluidas o incursiones enemigas súbitas. De igual modo que el capital internacional se mueve incontrolablemente a diario alrededor del planeta en transacciones de billones y el valor de las divisas se establece estocásticamente en un experimento electrónico permanente, también el poder económico, corporeizado en medusas gigantescas, pero precarias, está sometido a una flotación no dominable, a una rápida sucesión de ascenso y descenso, de crecimiento y ruina.
En un régimen dinámico que se modifica sin cesar en hiperciclos autocatalíticos, hay sin embargo también zonas de inercia y de resistencia que los políticos y tecnócratas infravaloran por sistema. Hemos visto en Alemania Occidental y, lo que quizá es aún más desconcertante, en España, cómo se modifican las sociedades en brevísimos lapsos de tiempo hasta en sus rasgos aparentemente incorregibles, hasta en su inconsciente colectivo (caso de que exista algo así); por otra parte hemos podido ver cómo fracasaban todos los intentos de nivelar su multiplicidad. También el cambio conoce límites, que se escapan a lo calculable. Así, por ejemplo, proyectos como la supresión del pan o de la escritura chocan con una resistencia difícil de explicar, pero evidentemente tenaz; sistemas parciales como las llamadas familias reducidas han demostrado ser, contra todas las expectativas, extraordinariamente resistentes.
Esta amalgama de aceleración y apatía, fluidificación y fuerza de la inercia hace al todo todavía más impenetrable. Es imaginable que esas ambivalencias hagan al proceso aún más vulnerable ante factores de influencia que, cuantitativamente minúsculos, puedan presentarse sin embargo en el momento decisivo y en el lugar adecuado. El rebasar súbito de un umbral crítico juega un papel cada vez más importante no sólo en ecología, sino también en política. Con ello adquiere nueva luz un viejo y penoso tema al que los marxistas dieron por liquidado hace largo tiempo: el «papel del individuo en la historia». La irrupción de un Sadam Husein o de un Pol Pot puede costar la cabeza a millones de personas; cuando aparece un zar ilustrado las consecuencias son imprevisibles; si en la Casa Blanca entra un loco como inquilino, ya no necesitaremos rompernos la cabeza pensando en nuestro sistema de jubilaciones; y no nos atrevemos a imaginar lo que ocurriría si se apoderara de los medios de difusión el fundador genial de una religión.También quien no ha perdido el gusto de establecer hipótesis sobre el futuro tiene que tener claro que pueden ser derribadas, sin excepción y en cualquier momento, por un mínimo factor x que desencadene la fulguración.
La mayoría de nosotros seguramente podremos soportar con facilidad el final de la filosofía de la historia. Lo cual no significa que podamos pasarnos sin perspectivas de vida, estrategias, «planes».La consecuencia es que debe ser cada vez mayor el espacio de separación entre las dos hojas de la tijera que son la comprensión teórica y la práctica vital. Si en lo que he intentado sugerir aquí hay algo de correcto, entonces de ello se deriva una actitud que ya no puede reclamar la condición de vinculante en un sentido general: cada cual estará pendiente de prestar atención a sus conjeturas, e incluso éstas estarán sometidas a una restricción inexpresada: actúo como si entre los futuros continuamente oscilantes pudiera encontrar el mío propio.
A riesgo de que se confunda con una confesión, quisiera manifestar una de esas conjeturas. Considero que la flexibilidad, exigida y elogiada por todas partes, y poco a poco elevada al rango de virtud social cardinal, es una mala estrategia. El mero autómata social que reacciona sólo a estados presentes, no sólo pierde el último resto de control sobre su destino, también llegará siempre demasiado tarde. La liebre que va jadeando tras el erizo puede contar con seguridad con la burla de éste. Pero también la solución inversa sirve cada día de menos.
La cuestión de si hay que nadar con o en contra de la corriente, me parece obsoleta porque presupone una insoportable simplificación.Más eficaz me parece la forma de actuar del que lleva un velero, que navega tanto con el viento en contra como de bolina. Aplicado a la sociedad, un proceder así requiere atención extrema y un estoico escepticismo. El que quiera alcanzar el objetivo, aunque sea inmediato, habrá de contar sin interrupción con mil magnitudes imprevistas. Pero se necesita algo más que presencia de ánimo.Nadie que quiera escapar a la idiocia de lo contemporáneo puede permitirse tener miedo al anacronismo. Una cierta obstinación que renuncie a las últimas razones no es perjudicial en esto.
Hans Magnus Enzensberger, filósofo y ensayista alemán, recibe hoy en Oviedo el Premio Príncipe de Asturias de Humanidades.Este texto forma parte del libro Los elixires de la ciencia (Editorial Anagrama), que aparecerá el mes que viene.
Extraído de: Diario El Mundo, Viernes 25 de octubre de 2002. Año XIV. Número: 4.651. Sección Tribuna Libre/Opinión.
COMENTARIO:
He agregado este resumen de alguno de los capítulos más relevantes del libro que se publicó en 2002 bajo el título 'Los elixires de la ciencia'. Poco después de adquirir el libro, se lo presté a un gran amigo argentino sin plazo definido de recuperación. La obra es un compendio de capítulos muy interesantes que sintetiza los principales análisis del autor acerca de la situación mundial actual y de la importancia de la ciencia, tanto social como 'exacta'. Reflejo de la perfecta comunión entre ambos 'tipos de ciencias', recupera, desde mi punto de vista, la tradición humanística (y esa necesaria base del conocimiento científico y social), cuya visión del mundo se planteaba desde una perspectiva científica amplia. Tenemos pues interesantes planteamientos que parten desde las matemáticas o la física, o desde la revisión histórica, social y cultural de diversos acontecimientos sin que se advierta una clara disociación entre las materias. Imprescindible el libro y probablemente en mi punto de mira de próximas adquisiciones.



