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29 octubre 2006

ARISTARÁIN y V: El futuro.

(Película: Los lunes al sol)



PEDRO : Gracias. Escuchame, viejo: Te hago una propuesta, vénganse a Madrid. A vivir. Yo los banco, no tengo problemas. Les puedo alquilar un apartamento en Madrid o aquí, en la urbanización, donde más les guste. Aquí el dinero rinde tres veces más que allá. Entre lo que vos cobres y lo que yo les dé van a estar bien, pueden hacer lo que les dé la gana sin preocuparse por nada.
FERNANDO: Te deben de pagar bien.
PEDRO:Más que bien. Me quiero dar el gusto de ayudarles. No por eso me voy a privar de nada. Esto es otro mundo, es un país en serio: tengo una casa, dos coches, sé que los chicos van a poder estudiar lo que quieran y donde quieran. No puedo pedir más. ¿Qué me decís? Hablalo con mamá, a ver qué le parece.
FERNANDO: Se dice que en Atenas había una ley muy particular que eximía a los hijos de tener que mantener a sus padres. Les quitaba toda obligación de mantenerlos cuando los padres no hubiesen sido capaces de adoctrinarlos, de enseñarles alguna ciencia o arte. Vos estás eximido. No puedo aceptar que me ayudes: Vos elegiste como ideales y como objetivo de tu vida todo lo que nosotros te enseñamos a despreciar. Dejaste de hacer lo que te gustaba, lo que hacías muy bien para dedicarte a la mierda esa de las computadoras, y los programas y ganar dinero y tener status y vivir como un burgués. Pero no es culpa tuya, se nos dio mal lo de la doctrina, en algo fallamos.
PEDRO:
Según vos, ¿qué tenía que haber hecho? ¿Seguir manejando un taxi, cagarme de hambre, cagarle, el futuro a mi mujer y a los chicos pero seguir escribiendo?
FERNANDO: No traicionarte. Seguir haciendo lo que es tu vocación, lo que te gusta, lo que te conmueve. ¿Te apasiona tu trabajo o es u trabajo y punto?
PEDRO:Me divierte. Y lo hago bien.
FERNANDO:¿Te divierte? Qué bárbaro. Cómo puede ser que me hables del futuro, de asegurarle un futuro a los tuyos cuando sabés muy bien que el futuro es ilusorio, que es la trampa que se inventa el sistema, cualquier sistema, para que la gente se acobarde, agache la cabeza y produzca y trabaje y se haga esclava por miedo al puto futuro. ¿Qué futuro te aseguraste? ¿Sos vidente ahora? ¿En tu laburo te aseguran que se acabaron los accidentes, la cirrosis, el cáncer, el tiro que nos puede pegar el tipo que entre a afanar dentro de un minuto? La doctrina me falló, de acuerdo, ¿pero tampoco sos capaz de pensar? ¡A ver si ahora me hablás de la esperanza",- de que hay que tener .fe, hermano, ya se viene la salvación y la puta madre que lo parió!
PEDRO: Bajá la voz, estás gritando.
FERNANDO: No estoy gritando. El futuro no lo tenés, no es tuyo. Te guste o no, sos un exiliado, sos un sudaca que le está quitando el puesto a algún gallego desocupado. Cuando tu querida empresa tenga que achicarse porque llegó la recesión, al primero que le van a dar una patada en el culo es a vos. ¿Tenés alguna duda?
PEDRO:Yo no soy un sudaca. Soy español. Tengo nacionalidad española.
PEDRO:No tengo ratos libres. Pasaré a la historia, si paso, como el autor que publicó una novela que nadie leyó y se hizo humo.
FERNANDO: Vos sabés por dónde me paso yo eso de la patria, de la bandera y la escarapela. Pero vos te vendiste. Vos renegaste de tu país por guita, porque te conviene. Vos no sos español, sos otra cosa. Yo no te te voy a decir lo que sos: vos lo sabés mejor que nadie.
FERNANDO bebe su copa de un trago y le hace una seña a LILI para que lo siga. Se van del mesón, ante la sorpresa de FABIANA y la impotencia de PEDRO.
Antes de seguir a su marido, LILI se acerca a su hijo.
LILIANA :No le hagas caso, Pedro. Ya le conoces.
PEDRO siente un dolor muy profundo.

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Extraído de:

Aristaráin, A.: Martín Hache, Lugares Comunes y Roma. Tres películas de Adolfo Aristaráin. Colección Espiral. Editorial Ocho y Medio libros de cine. Páginas 210-211.

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COMENTARIO:

Muy someramente, Aristaráin toca varios puntos interesantes. Tenemos el sentimiento de pertenencia como elemento cultural y deja pendientes análisis antropológicos sobre la adaptación cultural en sociedades foráneas. Por otra parte, el talante de ambos deja abierta la discusión para analizar la temática del 'apocalíptico' y el 'integrado' en la 'cultura de masas'. Veáse un punto a relacionar con los mecanismos adaptantes en estas sociedades foráneas, el concepto de la anomia y todo el análisis de la desviación social como estrategia de supervivencia en el sistema. Para profundizar tenemos varios libros que a continuación recomiendo:

Eco, Umberto: Apocalípticos e integrados. Editorial Tusquets. 1995

Merton, Robert K.: Teoría y estructuras sociales. Fondo de Cultura Económica. 2002. Ver capítulos que tratan sobre la anomia (son 2 capítulos que se leen fácilmente).

VI. ESTRUCTURA SOCIAL Y ANOMIA

Originalmente, hay impulsos biológicos del hombre que buscan plena expresión. Y después, hay el orden social, que es en esencia un aparato para manejar los impulsos, para el tratamiento social de las tensiones, para la "renuncia a los placeres instintivos", según las palabras de Freud. La inconformidad con las exigencias de la estructura social se supone, pues, arraigada en la naturaleza originaria (...). Con los progresos más recientes de las ciencias sociales (...) ya no parece tan evidente que el individuo se levante contra la sociedad en una guerra incesante entre los impulsos biológicos y la coacción social (...) Las perspectivas sociológicas han entrado cada vez más en el análisis de la conducta que se desvía de normas prescritas. Porque cualquiera que sea el papel de los impulsos bio­lógicos, sigue en pie la cuestión de por qué sucede que la frecuencia de la conducta divergente varíe en diferentes estructuras sociales y por qué las desviaciones siguen diferentes formas y normas en diferentes estructuras socia­les (...) El armazón que se expone en este ensayo está destinado a proporcionar un punto de vista sistemático para el análisis de las fuentes sociales y cultura­les de la conducta divergente (...) Nuestro primer propósito es descubrir cómo algunas estructuras sociales ejercen una presión definida sobre ciertas personas de la sociedad para que sigan una conducta inconformista y no una con conformista. Si podemos localizar grupos peculiarmente sometidos a esas presiones, esperaríamos a encontrar proporciones bastante altas de conducta gente en dichos grupos, no porque los seres humanos que los forman compuestos de tendencias biológicas diferentes, sino porque reaccionan de manera normal a la situación social en que se encuentran.

TIPOS DE METAS CULTURALES Y DE NORMAS INSTITUC{ONALES

Entre los diferentes elementos de las estructuras sociales y culturales, dos son de importancia inmediata. Son separables mediante análisis, aunque se mezclan en situaciones concretas, El primero consiste en objetivos, propósitos e intereses culturalmente definidos, sustentados como objetivos legítimos por todos los individuos de la sociedad, o por individuos situados en ella en una posición diferente. Los objetivos están más o menos unificados –el grado es cuestión de hecho empírico- y toscamente ordenados en una jerarquía de valores. Los objetivos predominantes implican diversos grados de sentimiento y de importancia y comprenden una estructura de referencia aspiracional. Son las cosas "por las que vale la pena esforzarse". Son un componente básico, aunque no el exclusivo, de los que Linton llamó "designios para la vida del grupo", Y aunque algunos, no todos, de los objetivos culturales se relacionan en forma directa con los impulsos biológicos del hombre, no están determinados por ellos.
Un segundo elemento de la estructura cultural define, regula y controla los modos admisibles de alcanzar esos objetivos. Todo grupo social acopla sus objetivos culturales a reglas, arraigadas en las costumbres o en las instituciones relativas a los procedimientos permisibles para avanzar hacia dichos objetivos. Esas normas reguladoras no son por necesidad idénticas a normas técnicas o de eficacia. Muchos procedimientos que desde el punto de vista de los individuos particulares serían más eficaces para alcanzar valores desea­dos -el ejercicio de la fuerza, el fraude, el poder- están proscritos de la zona institucional de la conducta permitida. En ocasiones, entre los proce­dimientos no permitidos figuran algunos que serían eficaces para el grupo mismo -por ejemplo, los tabúes históricos sobre la vivisección, sobre experi­mentos médicos, sobre el análisis sociológico de las normas "sagradas" -, ya que el criterio de admisibilidad no es la eficacia técnica, sino sentimientos cargados de valores (sustentados por la mayor parte de los individuos del grupo o por los que pueden promover esos sentimientos mediante el uso combinado del poder y de la propaganda). En todos los casos, la elección de expedientes para esforzarse hacia objetivos culturales está limitada por nor. mas institucionalizadas (...) Decir que los objetivos culturales y las normas institucionalizadas operan al mismo tiempo para dar forma a las prácticas en vigor, no es decir que guarden una relación constante entre sí. La importancia cultural concedida a ciertos objetivos varía independientemente del grado de impor­tancia dada a los medios institucionalizados. Puede desarrollarse una presión muy fuerte, a veces una presión de hecho exclusiva, sobre el valor de obje­tivos determinados que implica un interés hasta cierto punto pequeño por los medios institucionalmente prescritos de esforzarse hacia la consecución de los objetivos. El caso límite de este tipo se alcanza cuando el margen de procedimientos posibles está gobernado sólo por normas técnicas y no por normas institucionales (...)
Entre (los) tipos extremos hay sociedades que conservan un equilibrio aproxi­mado entre objetivos culturales y prácticas institucionalizadas, y ellas constitu­yen las sociedades unificadas y relativamente estables, aunque cambiantes. Se conserva un equilibrio efectivo (en) la estructura social mientras las satisfacciones resultantes para los individuos se ajusten a las dos presiones culturales, a saber, satisfacciones procedentes de la consecución de los objetivos y satisfacciones nacidas en forma directa de los modos institucionalmente canalizados de alcanzarlos. Esto se valora como producto y como proceso, como resultado y como actividades. Así, pueden derivarse satisfacciones constantes de la mera participación en un orden competitivo así como de la anulación de los competidores de uno si ha de conservarse el orden mismo. Si el interés se traslada al resultado de la competencia, y sólo a él, entonces los que sufren perennemente la derrota trabajan, lo cual es bas­tante comprensible, por la modificación de las reglas del juego. Los sacrificios ocasionalmente -no invariablemente, como suponía Freud- implícitos en la conformidad con las normas institucionales pueden ser compensados con recompensas socializadas. La distribución de situaciones sociales mediante la competencia debe estar organizada de manera que cada posición compren­dida en el orden distributivo tenga incentivos positivos para adherirse a las obligaciones de la situación social. De otra manera, como no tardará en verse con claridad, se producen conductas anómalas. En realidad, mi hipótesis central es que la conducta anómala puede considerarse desde el punto de vista sociológico como un síntoma de disociación entre las aspiraciones cultu­ralmente prescritas y los caminos socialmente estructurales para llegar a ellas.
De los tipos de sociedades resultantes de la variación independiente de ob­jetivos culturales y medios institucionalizados, nos interesaremos ante todo por el primero: una sociedad en la que se da una importancia excepcional­mente grande a objetivos específicos sin una importancia proporcional de los procedimientos institucionales (...) La cultura puede ser tal, que induzca a los individuos a centrar sus convicciones emocionales sobre el complejo de fines culturalmente procla­mados con mucho menos apoyo emocional para los métodos prescritos de alcanzar dichos fines. Con esta diferente importancia concedida a los obje­tivos y a los procedimientos institucionales, estos últimos pueden viciarse tanto por la presión sobre los fines, que la conducta de muchos individuos sea limitada sólo por consideraciones de conveniencia técnica (...)Así, en las competencias atléticas, cuando al deseo de la victoria se le despoja de sus arreos institucionales y se interpreta el triunfo como "ganar el juego" y no como "ganar de acuerdo con las reglas del juego", se premia en forma implícita el uso de medios ilegítimos pero eficaces desde el punto de vista técnico. La estrella del equipo enemigo de fútbol es aporreado. subrepticiamente; el luchador incapacita a su rival mediante técnicas ingeniosas pero ilícitas; los alumnos de la universidad subvencionan bajo cuerda a "estudiantes" cuyos talentos se limitan al campo del deporte (...) El leve sentimiento de arrepen­timiento en el último caso y el carácter subrepticio de los delitos público indican claramente que las reglas institucionales del juego son conocidas por quienes las infringen. Pero la exageración cultural (o idiosincrática) del éxito como meta induce a los individuos a retirar a las reglas apoyo emo­cional (...)
La cultura norteamericana contemporánea parece aproximarse al tipo ex­tremo en que se da gran importancia a ciertos éxitos-metas sin dar impor­tancia equivalente a los medios institucionales. Sería fantástico, natural­mente, afirmar que la riqueza acumulada es el único símbolo de éxito, lo mismo que sería fantástico negar que los norteamericanos le asignan un lugar elevado en su escala de valores. En una gran medida, el dinero ha sido consagrado como un valor en sí mismo, por encima de su inversión en artículos de consumo o de su empleo para reforzar el poder. El "dinero" está peculiar­mente bien adaptado para convertirse en símbolo de prestigio. Como subrayó Simmel, el dinero es muy abstracto e impersonal. Como quiera que se ad­quiera, fraudulenta o institucionalmente, puede usarse para comprar los mis­mos bienes y servicios. La anonimidad de una sociedad urbana, en conjunción con esas peculiaridades del dinero, permite a la riqueza -cuyos orígenes pue­den ser desconocidos para la comunidad en que vive el plutócrata, o, si son conocidos, purificarse con el transcurso del tiempo-, servir de símbolo de elevada posición social. Además, en el Sueño Norteamericano no hay punto final de destino. La medida del "éxito monetario" es convenientemente in­definida y relativa. Como halló H. F. Clark, en cada nivel de ingreso los norteamericanos quieren exactamente un veinticinco por ciento más (pero, desde luego, ese "sólo un poquito más" sigue operando una vez que ha sido conseguido). En ese flujo de normas cambiantes, no hay punto estable de reposo, o más bien, es el punto que resulta estar siempre "un poco más ade­lante" (...)Decir que la meta del éxito monetario está atrincherada en la cultura norteamericana no es sino decir que los norteamericanos están bombardeados por todas partes con preceptos que afirman el derecho o, con frecuencia, el deber de luchar por la meta aun en presencia de repetidas frustraciones (...) Fundamentales en este proceso de disciplinar a la gente para que mantenga sus aspiraciones insatisfechas son los prototipos culturales del éxito, documentos vivos que atestiguan que el Sueño Norteamericano puede realizarse sólo con que uno tenga los talentos requeridos. Examínense en este respecto los siguientes párra­fos tomados de la revista de negocios Nation's Business, entresacados de una gran cantidad de materiales análogos que se encuentran en las comunicaciones de masas que exponen los valores de la cultura de la clase negociante (...)

Elmer R. Jones, presidente de Wells­ Fargo and Co., que empezó la vida como niño pobre y dejó la escuela en el quinto grado para empezar a tra­bajar.
Prototipo 1 del éxito: Todos pueden tener propiamente las mismas altas ambiciones, porque, por bajo que sea el punto de partida, el verdadero ta­lento puede llegar a las mismas alturas. Hay que conservar intactas las aspiraciones.

Frank C. Ball, el albañil rey de los tarros de fruta de los Estados Unidos, viajó en un furgón con el caballo de su hermano George, para abrir en Muncie un pequeño negocio que llegó a ser el mayor en su clase.
Prototipo 2 del éxito: Cualesquiera que sean los resultados presentes de los esfuerzos de uno, el futuro es rico en promesas, porque el hombre común aún puede llegar a ser rey. Las satisfacciones pueden parecer diferidas para siempre, pero al fin se realizarán cuan. do la empresa de uno llegue a ser "la mayor en su clase".

J. L. Bevan, presidente del Illinois Central Railroad, quien a los doce años era recadero en la oficina de fletes de Nueva Orleáns.
Prototipo 3 de éxito: Si las ten­dencias seculares de nuestra economía parecen dejar poco campo para los pequeños negocios, uno puede medrar dentro de las burocracias gigantes de la empresa privada. Si uno ya no puede ser rey en una esfera de su pro­pia creación. por lo menos puede llegar a ser presidente de una de las demo­cracias económicas. Cualquiera que sea nuestro estado actual, recadero o escribiente, debe poner la mira en la cima.

Fluye desde manantiales diferentes una presión constante para conservar altas ambiciones. La literatura exhortativa es inmensa, y uno puede escoger sólo a riesgo de parecer injusto. Piénsese sólo en éstos: El reverendo Russell H. Conwell, con sus sermones de Acres of Diamonds, escuchados y leídos por centenares de miles de individuos, y su siguiente libro, The New Day, o Fresh Opportunities: A Book for Young Men; Herbert Hubbard, que pronunció el famoso Mensaje a García en las plazas de Chautauqua para todo el país; Orison Swett Marden, quien, en un montón de libros, expuso primero El secreto del éxito, alabado por presidentes de colegios universitarios, después explicó el proceso de Empujar hacia adelante, alabado por el presidente McKinley, y finalmente, a pesar de esos testimonios democráticos, señaló el camino para hacer de Cada hombre un rey. El simbolismo del hombre común que sube al estado de realeza económica está profundamente entretejido en la textura del tipo de cultura norteamericano, y halló quizás su expresión definitiva en las palabras de quien sabía de qué hablaba, Andrew Carnegie: "Sé un rey en tus sueños. Dite a ti mismo: 'Mi lugar está en la cumbre'.
A esta importancia positiva dada a la obligación de mantener metas ele­vadas la acompaña una importancia correlativa dada al castigo de quienes cejan en sus ambiciones. A los norteamericanos se les amonesta para que "no sean desertores", porque en el diccionario de la cultura norteamericana, como en el léxico de la juventud, "no existe la palabra 'fracaso"'. El mani­fiesto cultural es claro; no hay que cejar, no hay que dejar de esforzarse, no hay que reducir las metas, porque "el delito no es el fracaso, sino las aspiraciones bajas".
Así, la cultura impone la aceptación de tres axiomas culturales: primero, todos deben esforzarse hacia las mismas metas elevadas, ya que están a dis­posición de todos; segundo, el aparente fracaso del momento no es más que una estación de espera hacia el éxito definitivo; y tercero, el verdadero fra­caso está en reducir la ambición o renunciar a ella.
En tosca paráfrasis psicológica, estos axiomas representan, primero, un re­fuerzo secundario simbólico del incentivo; segundo, refrenar la amenaza de extinción de la reacción mediante un estímulo asociado; y tercero, aumen­tar la fuerza impulsora para responder constantemente al estímulo, a pesar de la falta continuada de recompensa.
En una paráfrasis sociológica, estos axiomas representan, primero, la des­viación de la crítica desde la estructura social hacia uno mismo, entre los situados en la sociedad de manera que no tienen acceso pleno e igual a las oportunidades; segundo, la conservación de una estructura de poder social mediante la existencia en los estratos sociales más bajos de individuos que se identifican, no con sus iguales, sino con los individuos de la cumbre (a quie­nes acabarán uniéndose); y tercero, la actuación de presiones favorables a la conformidad con los dictados culturales de ambiciones irreprimibles me­diante la amenaza para quienes no se acomoden a dichos dictados de no ser considerados plenamente pertenecientes a la sociedad.
Es en estos términos y a través de estos procesos como la cultura norte­americana contemporánea sigue caracterizándose por la importancia de la riqueza como símbolo fundamental de éxito, sin una importancia proporcio­nada de las vías legítimas por las cuales avanza hacia esa meta. ¿Cómo res­ponden los individuos que viven en ese ambiente cultural? ¿Y qué relación tienen nuestras observaciones con la teoría de que la conducta divergente nace típicamente de impulsos biológicos que se abren camino a través de las restricciones impuestas por la cultura? ¿Cuáles son, en suma, las consecuen­cias de la conducta de individuos situados en puestos diversos en la estructura social de una cultura en que la importancia de las metas-éxito predominantes se ha alejado cada vez más de una importancia equivalente de los procedi­mientos institucionalizados para alcanzar aquellas metas?

TIPOS DE ADAPTACIÓN INDIVIDUAL

Dejando esas normas de la cultura, examinaremos ahora tipos de adaptación de los individuos dentro de una sociedad portadora de cultura. Aunque el foco de nuestro interés sigue siendo la génesis cultural y social de las diferentes proporciones y los diferentes tipos de conducta divergente, nuestra perspec­tiva pasa del plano de las normas de los valores culturales al plano de los tipos de adaptación a esos valores entre los que ocupan posiciones diferentes en la estructura social (...). Consideramos aquí cinco tipos de adaptación (...).

1. CONFORMIDAD

En la medida en que es estable una sociedad, la adaptación tipo 1 -confor­midad con las metas culturales y los medios institucionalizados- es la más común y la más ampliamente difundida. Si no fuese así, no podría conser­varse la estabilidad y continuidad de la sociedad.

2. INNOVACIÓN

Una gran importancia cultural concedida a la meta-éxito invita a este modo de adaptación mediante el uso de medios institucionalmente proscritos, pero con frecuencia eficaces, de alcanzar por lo menos el simulacro del éxito: riqueza y poder. Tiene lugar esta reacción cuando el individuo asimiló la importancia cultural de la meta sin interiorizar igualmente las normas insti­tucionales que gobiernan los modos y los medios para alcanzarla (...) Como observó Veblen, "no es fácil en ningún caso dado -en realidad, es imposible a veces hasta que no han hablado los tribunales- decir si es un caso encomiable del arte de vender o si es un delito punible". La historia de las grandes fortunas norteamericanas está llena de tendencia hacia innova­ciones institucionalmente dudosa_, como lo atestiguan los numerosos tributos pagados a los Magnates del Robo. La repugnante admiración expresada con frecuencia en privado, y no rara vez en público, a esos "sagaces, vivos y prós­peros" individuos, es producto de una estructura cultural en la que el fin sacrosanto justifica de hecho los medios. No es éste un fenómeno nuevo. Sin suponer que Charles Dickens haya sido un observador completamente exacto de la escena norteamericana, y con pleno conocimiento de que fuera cual­quier cosa menos imparcial, cito estas penetrantes observaciones sobre la afición norteamericana:

(...) amor al negocio "listo": lo cual da falso brillo a estafas y groseras violaciones de la verdad; a desfalcos, públicos y privados; y permite a muchos bellacos, que muy bien merecen un dogal, levantar la cabeza como el que más... Los méritos de una especulación irregular, o de una quiebra, o de un bribón con suerte, no se miden por su observancia de la regla áurea: "Haz a los demás lo que quieres que los demás te hagan a ti", sino que se aprecian por referencia a su astucia. " Tuve el siguiente
diálogo centenares de veces: '-"¿No es una verdadera desdicha que un individuo como Fulano esté adquiriendo tanta riqueza por los medios más infames y odiosos, y que, no obstante todos los delitos de que es culpable, sea tolerado y estimulado por vuestros conciudadanos? Es un mal público, ¿no es cierto?" -"Sí, señor." -"Un embustero." -"Sí, señor." -"¿No fue tratado a puntapiés, abofeteado y apaleado?" -"Sí, señor." -"¿Y no está deshonrado, envilecido, no es un libertino?" -"Sí, señor."
-"En nombre de todos los prodigios, ¿cuál es, entonces su mérito?" -"Bueno, señor, es un individuo listo."

(...) Después de este preludio [Bierce], describe las maneras como el golfo con suerte logra la legitimidad social, y analiza las discrepancias entre valores culturales y relaciones sociales.

El buen norteamericano es, por regla general, bastante duro con la bellaquería, pero compensa su severidad con una amable tolerancia para los bellacos. La única exigencia es que debe conocer personalmente a los bellacos. Todos nosotros "denun­ciamos" a los ladrones en voz bastante alta si no tenemos el honor de conocerlos. Si lo tenemos, eso ya es otra cosa, a menos que verdaderamente huelan a barrio bajo o a cárcel. Podemos saber que son delincuentes, pero nos reunimos con ellos, les estrechamos la mano, bebemos con ellos y, si da la casualidad de que son ricos, o grandes de otra manera, los invitamos a nuestras casas, y consideramos un honor fre­cuentar la suya. No "aprobamos sus métodos", entiéndase esto bien; y con ello están suficientemente castigados. La idea de que a un granuja le importa algo lo que piense de sus mañas un individuo que es cortés y amistoso con él, parece haber sido inven­tada por un humorista. En el teatro de vaudeville de Mars probablemente habría' hecho su fortuna.
Y además: Si se negase toda consideración social a los bellacos habría muchos. menos. Algunos ocultarían con gran diligencia su rastro en las sendas desviadas de la iniquidad, pero otros violentarían sus conciencias lo bastante para renunciar a las desventajas de la bellaquería en favor de las de una vida honrada. Una persona in digna no teme nada tanto como la negativa de una mano honrada, el golpe lento pero inevitable de una mirada despectiva.
Tenemos granujas ricos porque tenemos personas "respetables" que no se aver­güenzan de darIes la mano, de que les vean con ellos, de decir que los conocen. En los tales es deslealtad censurarIos; gritar cuando los roban sería confesar su delito y declarar contra sus cómplices.
Uno puede sonreír a un granuja (la mayor parte de nosotros lo hacemos muchas veces al día) si no sabe que es un granuja; pero sabiendo que lo es, o habiendo dicho que lo es, sonreírIe es ser un hipócrita, un simple hipócrita o un sicofante de la hipocresía, según la situación en la vida del granuja a quien se sonríe. Hay más hipó­critas simples que sicofánticos, porque hay más granujas sin importancia que granujas ricos y distinguidos, aunque cada uno de ellos recibe menos sonrisas. El pueblo norte­americano será saqueado mientras el carácter norteamericano sea como es: mientras sea tolerante con los bellacos afortunados; mientras el ingenio norteamericano haga una distinción imaginaria entre el carácter público de un individuo y su carácter privado, entre su carácter comercial y su carácter personal. En suma, el pueblo norteamericano será saqueado mientras merezca serio. Ninguna ley humana puede impedirIo, porque eso derogaría una ley más elevada y más saludable: "Recogerás lo que siembras." .(14)

(14) Las observaciones de Dickens proceden de sus American Notes (por ejen;¡plo, en la edición publicada en Boston, Books, Inc., 1940), 218.

Como vivió en la época en que florecieron los magnates norteamericanos del robo, no era fácil que Bierce dejara de observar lo que después se llamó "delito de cuello blanco". No obstante, sabía que no todas las grandes y dra­máticas desviaciones de las normas institucionales en los estratos económicos superiores son conocidos, y que posiblemente salen a la luz menos desviacio­nes entre las pequeñas clases medias. Sutherland ha documentado repetidas veces la frecuencia de la "delincuencia de cuello blanco" entre los hombres de negocios. Advierte, además, que muchos de los delitos no fueron perse­guidos porque no fueron descubiertos, o, si fueron descubiertos, a causa de "la posición del hombre de negocios, la tendencia contraria al castigo, y el resentimiento relativamente desorganizado del público contra los delincuen­tes de cuello blanco" (...) Los autores concluyen con tono conser­vador que "el número de actos que legalmente constituyen delitos excede con mucho al de los oficialmente registrados. La conducta ilegal, lejos de ser una manifestación social o psicológica anormal, es en realidad un fenó­meno muy común".
Pero cualesquiera que sean las diferencias en la proporción de conductas divergentes en los distintos estratos sociales, y sabemos por muchas fuentes que las estadísticas oficiales de delitos que muestran uniformemente propor­ciones más altas en los estratos inferiores andan lejos de s_ completas y fide­dignas, parece por nuestro análisis que sobre los estratos inferiores sen ejercen, las presiones más fuertes hacia la desviación, Casos oportunos nos permiten descubrir los mecanismos sociológicos que intervienen en la producción de esas presiones. Diferentes investigaciones han demostrado que las zonas especializadas del vicio y la delincuencia constituyen una reacción "normal" a una situación en la que fue absorbida la importancia cultural dada al éxito pecuniario, pero donde hay poco acceso a los medios tradicionales y legítimos para ser hombre de éxito. Las oportunidades ocupacionales de la gente de esas zonas se limitan en gran parte a trabajo manua y las tareas más modestas de cuello blanco. Dada la estigmatización norteamericana del trabajo ma­nual, que se ha visto que prevalece con bastante uniformidad en todas las clases sociales y la ausencia de oportunidades realistas para el mejoramiento por encima de ese nivel, el resultado es una marcada tendencia hacia la con­ducta divergente. La situación del trabajo no especializado y el bajo ingreso consiguiente no pueden competir fácilmente según las normas consagradas de dignidad con las promesas de poder y de alto ingreso del vicio, los rackets y la delincuencia organizados.
Para nuestro propósito, esas situaciones presentan dos características salien­tes. Primero, los incentivos para el éxito loS proporcionan los valores con­sagrados de la cultura, y segundo, las vías disponibles para avanzar hacia esa meta están limitadas en gran medida por la estructura de clase para los que siguen una conducta desviada. Es la combinación de la importancia cultural y de la estructura social la que produce una presión intensa para la desviación de la conducta. El recurrir a canales legítimos para "hacerse de dinero" está limitado por una estructura de clases que no está plenamente abierta en todos los niveles para los individuos capaces. A pesar de nuestra persistente ideología de clases abiertas, el avance hacia la meta-éxito es hasta cierto punto raro y en especial difícil para quienes tienen poca instrucción formal y pocos recursos económicos. La presión dominante empuja hacia la atenuación gra­dual de los esfuerzos legítimos, pero en general ineficaces, y el uso creciente de expedientes ilegítimos pero más o menos eficaces.
La cultura tiene exigencias incompatibles para los' situados en los niveles más bajos de la estructura social. Por una parte, se les pide que orienten su conducta hacia la perspectiva de la 'gran riqueza -"cada individuo un rey' dijeron Marden, y Carnegie, y Long-; y por otra!, se les niegan en gran me­dida oportunidades efectivas para hacerlo de acuerdo con las instituciones. La consecuencia de esa incongruencia estructural es una elevada proporción de conducta desviada. El equilibrio entre los fines culturalmente señalados. y los medios se hace muy inestable con la importancia cada vez mayor de alcanzar los fines cargados de prestigio por cualquier medio. En ese am­biente, Al Capone representa el triunfo de la inteligencia amoral sobre el "fracaso" moralmente prescrito, cuando se cierran o angostan los canales de la movilidad vertical en una sociedad que tiene en mucho, a la opulencia econó­mica y al encumbramiento social para todos sus individuos (...).
La falta de oportunidades o la exagerada importancia pecuniaria no bastan para producir una elevada frecuencia de conducta divergente. Una estructura de clases relativamente rígida, un sis­tema de castas, pueden limitar las oportunidades mucho más allá del punto que prevalece hoy en la sociedad norteamericana. Sólo cuando un sistema de valores culturales exalta, virtualmente por encima de todo lo demás, ciertas metas-éxito comunes para la población en general, mientras que la estructura social restringe rigurosamente o cierra por completo el acceso a los modos aprobados de alcanzar esas metas a una. parte considerable de la misma pobla­ción, se produce la conducta desviada en gran escala. Dicho de otro modo, nuestra ideología igualitaria niega por inferencia la existencia de individuos. y grupos no competidores en la persecución del éxito pecuniario. Por el con­trario, se considera aplicable a todos el mismo conjunto de símbolos del éxito. Se sostiene que las metas trascienden las fronteras de clase, que no deben limitarlas, pero la organización social real es de tal suerte, que existen dife­rencias de clase en cuanto al acceso a esas metas. En este ambiente, una virtud cardinal norteamericana, la "ambición", fomenta' un vicio cardinal norteamericano, la "conducta desviada".
Este análisis teórico puede ayudar a explicar las correlaciones variables entre delincuencia y pobreza. La "pobreza" no es una variable aislada: que opere exactamente de la misma manera en todas partes; no es más que una variable de un complejo de variables sociales y culturales reconocidamente interdependientes. La pobreza como tal y la consiguiente limitación de opor­tunidades no bastan para producir una proporción muy alta de conducta delictiva. Aun la notoria "pobreza en medio de la abundancia" no conduce de manera inevitable a ese resultado. Pero cuando la pobreza y las desven­tajas que la acompañan para competir por los valores culturales aprobados para todos los individuos de la sociedad, se enlazan con la importancia cul­tural del éxito pecuniario como meta predominante, el resultado normal son altas proporciones de conducta delictuosa (...)
Pero cuando tenemos en cuenta la configuración total -pobreza, oportunidades limitadas y la asig­nación de metas culturales-, se deja ver alguna base para explicar la corre­lación más alta entre pobreza y delincuencia en nuestra sociedad que en otras donde la estructura rígida de clases va acompañada de símbolos del éxito dife­rentes para las diferentes clases.
Las víctimas de esta contradicción entre la importancia cultural dada a la ambición pecuniaria y los obstáculos sociales para la plena oportunidad, no siempre tienen conocimiento de las fuentes estructurales de la frustración de sus aspiraciones. Indudablemente, muchas veces conocen la discrepancia entre el valor del individuo y las recompensas sociales, pero no ven necesariamen­te cómo tiene lugar eso. Los que descubren la fuente en la estructura social pueden sentirse extrañados * de esa estructura y convertirse. _n candidatos a la Adaptación V (...)
En realidad, tanto el eminentemente "triunfante" como el eminentemente "fracasado" de nuestra sociedad atribuyen no pocas veces el resultado a la "suerte" (...).el trabajador explica con frecuencia la situación económica por la suerte. "El obrero ve en torno suyo hombres experimentados y diestros sin trabajo. Si él tiene trabajo, se siente afortunado. Si carece de trabajo, es víctima de la mala suerte (...). Pero las referencias a las obras de la casualidad y de la suerte sirven fun­ciones distintas según las hagan individuos que llegaron o individuos que no llegaron a las metas culturalmente destacadas. Para el triunfante es, en términos psicológicos, una expresión de modestia. Está muy lejos de toda apariencia de presunción decir, realmente, que uno tuvo suerte, y no que merece por completo su buena fortuna. En términos sociológicos, la teoría de la suerte expuesta por los triunfantes sirve la función dual de explicar la discrepancia frecuente entre el mérito y la recompensa, a la vez que se man­tiene inmune de toda crítica una estructura social que permite que esa dis­crepancia sea frecuente. Porque si el éxito es primordialmente cuestión de suerte, está totalmente en la naturaleza ciega de las cosas que sople donde­quiera y no pueda preverse cuándo viene o a dónde va, y entonces indudable­mente está fuera de todo control y ocurrirá en la misma medida cualquiera que sea la estrucctura social.
Para los fracasados, y en particular para los fracasados que encuentran mal recompensado su mérito y su esfuerzo, la teoría de la suerte sirve la fun­ción psicológica de permitirles conservar la estimación de sí mismos ante el fracaso. También puede implicar la disfunción de reprimir la motivación para un esfuerzo continuado. Sociológicamente, como está implícito en Bakke, la teoría puede reflejar falta de comprensión del funcionamiento del sistema social y económico, y puede ser disfuncional en la medida en que elimine la explicación racional de trabajar en favor de cambios estructurales conducentes a una igualdad mayor de oportunidades y recompensas.
Esta orientación hacia la suerte y el riesgo, acentuada por la tensión de las aspiraciones frustradas, puede ayudamos a explicar el marcado interés por el juego -actividad institucionalmente proscrita o cuando más tolerada y no preferida ni prescrita- en ciertos estratos sociales (...)

3. RITUALlSMO

El tipo ritualista de adaptación puede reconocerse fácilmente. Implica el abandono o la reducción de los altos objetivos culturales del gran éxito pecu­niario y de la rápida movilidad social en la medida en que pueda uno satisfacer sus aspiraciones. Pero aunque uno rechace la obligación cultural de procurar "salir adelante en el mundo", aunque reduzca sus horizontes, sigue respetando de manera casi compulsiva las normas institucionales (...) Esperaríamos que este tipo de adaptación fuese bastante frecuente en una sociedad que hace que la posición social dependa en gran parte de los logros del individuo. Porque, como se ha observado con frecuencia, esta lucha competidora incesante produce una aguda ansiedad por la posición social. Un recurso para mitigar esas ansiedades es rebajar en forma perma­nente el nivel de las aspiraciones. El miedo produce inacción, o con más exactitud, acción rutinizada (...)
El síndrome del ritualista social es tan familiar como instructivo. Su filo­sofía implícita de la vida encuentra expresión en una serie de clichés cultu­rales: "No me afano por nada,", "juego sobre seguro", "estoy contento con lo que tengo", "no aspires a demasiado y no tendrás desengaños". El tema entretejido en esas actitudes .es que las ambiciones grandes exponen a uno al desengaño y al peligro, mientras que las aspiraciones modestas dan satis­facción y seguridad. Es una reacción a una situación que parece amenazadora y suscita desconfianza. Es la actitud implícita entre los trabajadores que regulan cuidadosamente su producción por una cuota constante en una orga­nización industrial donde tienen ocasión para temer que "serán señalados" por el personal de la gerencia y que "sucederá algo" si su producción sube o baja. Es la perspectiva del empleado amedrentado, del burócrata celosa­mente conformista en la ventanilla del pagador de una empresa bancaria privada o en la oficina de una empresa de obras públicas. Es, en resumen, el modo de adaptación para buscar en forma individual un escape privado de los peligros y las frustraciones que les parecen inherentes a la competencia para alcanzar metas culturales importantes, abandonando esas metas y afe­rrándose lo más estrechamente posible a las seguras rutinas de las normas institucionales (...)
La fuerte disciplina para la conformidad con las costumbres reduce las probabilidades de la Adaptación 2 y en cambio aumenta las probabilidades de la Adaptación 3.
La severa preparación hace que muchos individuos soporten una pesada carga de ansiedad. Las normas de socialización de la clase media baja pro­mueven, pues, la estructura de carácter más predispuesta al ritualismo, y es en este estrato, por consiguiente, donde el tipo 3 de adaptación debe presentarse con mayor frecuencia (...)
4. RETRAIMIENTO

Así como la Adaptación 1 (conformidad) sigue siendo la más frecuente, la Adaptación 4 (rechazo de las metas culturales y de los medios institucio­nales) es tal vez la menos común. Los individuos que se adaptan (o se maladaptan) de esta manera, estrictamente hablando, están en la sociedad pero no son de ella. Para ia sociología, éstos son los verdaderos extraños. Como no comparten la tabla común de valores, pueden contarse entre los miembros de la sociedad (a diferencia de la población) sólo en un sentido ficticio. A esta categoría pertenecen algunas actividades adaptativas de los psicóticos, los egotistas, los parias, los proscritos, los errabundos, los vagabun­dos, los vagos, los borrachos crónicos y los drogadictos. Renunciaron a las metas culturalmente prescritas y su conducta no se ajusta a las normas insti­tucionales. No quiere esto decir que en algunos' casos la fuente de su modo de adaptación no sea la misma estructura social que en realidad rechazaron, ni que su existencia dentro de una zona no constituya un problema social.
Desde el punto de vista de sus fuentes en la estructura social, es muy pro­bable que este modo de adaptación tenga lugar cuando tanto las metas cultu­rales como las prácticas institucionales han sido completamente asimiladas por el individuo e impregnadas de afecto y de altos valores, pero las vías institucionales accesibles no conducen al éxito. De esto resulta un doble conflicto: la obligación moral interiorizada de adoptar los medios institucio­nales entra en conflicto con las presiones para recurrir a medios ilícitos (que
, pueden alcanzar la meta) y el individuo no puede acudir a medios que sean a la vez legítimos y eficaces. Se mantiene el sistema competitivo, pero los individuos frustrados u obstaculizados que no pueden luchar con dicho sis­tema se retraen. El derrotismo, el quietismo y la resignación se manifiestan en mecanismos de escape que en última instancia los llevan a "escapar" de las exigencias de la sociedad. Esto es, pues, un expediente que nace del fra­caso continuado para acercarse a la meta por procedimientos legítimos, y de la incapacidad para usar el camino ilegítimo a causa de las prohibiciones interiorizadas; y este proceso tiene lugar mientras no se renuncia al valor supremo de la meta-éxito. El conflicto se resuelve abandonando ambos ele­mentos precipitantes: metas y medios. El escape es completo, se elimina el conflicto y el individuo queda asocializado.
En la vida pública y ceremonial, este tipo de conducta desviada es con­denada más de corazón por los representantes tradicionales de la sociedad. En contraste con el conformista, que mantiene en funcionamiento las ruedas sociales, este desviado es un riesgo improductivo; en contraste con el innova­dor, que por lo menos es "listo" y se esfuerza activamente, no ve valor en la meta-éxito que la cultura tanto estima; en contraste con el ritualista, que por lo menos se ajusta a las costumbres, da poca atención a las prácticas institucionales (...)
Este cuarto modo de adaptación es, pues, el del socialmente desheredado, quien, si no recibe ninguna de las recompensas que la sociedad ofrece, tam­bién sufre pocas de las frustraciones que acompañan a la busca constante de esas recompensas. Es, además, un modo privado y no colectivo de adapta­ción. Aunque los individuos que presentan esta conducta divergente pueden gravitar hacia centros en los que entran en contacto con otros desviados, y aunque pueden llegar a participar en la subcultura de los grupos divergentes, sus adaptaciones son en gran parte privadas y aisladas, y no están unificadas bajo la égida de un código cultural nuevo. Queda por estudiar el tipo de adaptación colectiva.

V. REBELIÓN

Esta adaptación lleva a los individuos que están fuera de la estructura social ambiente a pensar y tratar de poner en existencia una estructura social nueva, es decir, muy modificada. Supone el extrañamiento de las metas y las normas existentes, que son consideradas como puramente arbitrarias (...). En nuestra sociedad, es manifiesto que los movimientos organizados de rebelión tratan de introducir una [nueva] estruc­tura social en la que las normas culturales de éxito serían radicalmente modi­ficadas y se adoptarían provisiones para una correspondencia más estrecha entre el mérito, el esfuerzo y la recompensa.
Pero antes de examinar la "rebelión" como un modo de adaptación, debe­mos distinguirla de un tipo superficialmente análogo pero diferente en esencia: el resentimiento. Usado en un sentido técnico especial por Nietzsche, el concepto de resentimiento fue adoptado y desarrollado sociológicamente por Max Scheler. En este sentimiento complejo se engranan tres elementos. Primero, sentimientos difusos de odio, envidia y hostilidad; segundo, la sensación de impotencia para expresar esos sentimientos activamente contra la ­persona o estrato social que los suscita; y tercero, el sentimiento constante de esa hostilidad impotente. El punto esencial que distingue el resentimiento de la rebelión es que aquél no implica un verdadero cambio de valores. El resentimiento comprende siempre un tipo de "uvas verdes", que afirma mera­mente que los objetivos deseados pero inaccesibles en realidad no encarnan los valores estimados. Después de todo, la zorra de la fábula no dice que renuncie por su propio gusto a las uvas maduras; dice sólo que aquellas uvas precisamente no están maduras. La rebelión, por otra parte, implica una verdadera transvaloración, en la que la experiencia directa o vicaria de la frustración lleva a la acusación plena contra los valores anteriormente estimados. La zorra rebelde se limita a renunciar al gusto general por las uvas maduras. En el resentimiento condena uno lo que anhela en secreto; en la rebelión, condena el anhelo mismo. Pero aunque son dos cosas diferentes, la rebelión organizada puede aprovechar un vasto depósito de resentidos y descontentos a medida que se agudizan las dislocaciones institucionales.
Cuando se considera el sistema institucional como la barrera para la satis­facción de objetivos legitimados, está montada la escena para la rebelión como reacción adaptativa. Para pasar a la acción política organizada, no sólo hay que negar la fidelidad a la estructura social vigente, sino que hay que trasladarla a grupos nuevos poseídos por un mito nuevo (...).
Los mitos de la rebelión y del conservadurismo trabajan ambos en favor de un "monopolio de la imaginación" que trata de definir la situación en tales términos que muevan al frustrado hacia la Adaptación V o a apartarse de ella. Es sobre todo el renegado quien, aunque tenga éxito, renuncia a los valores vigentes, que se convierten en el blanco de la mayor hostilidad por parte de quienes están en rebelión. Porque no sólo pone en duda los valores en cuestión, como hace el extraño al grupo, sino que él mismo significa que se ha roto la unidad del grupo. Pero, como se ha señalado con tanta frecuencia, son típicamente individuos de una clase en ascenso, y no los estra­tos más deprimidos, quienes organizan al resentido y al rebelde en un grupo revolucionario.

LA TENDENCIA A LA ANOMIA

La estructura social que hemos examinado produce una tendencia hacia la anomia y la conducta divergente. La presión de semejante orden social se dirige a vencer a los competidores. Mientras los sentimientos que dan apoyo a este sistema competitivo estén distribuidos por todo el campo de activi­dades y no se limiten al resultado final del "éxito", la elección de medios permanecerá en gran parte dentro del ámbito del control institucional. Pero cuando la importancia cultural pasa de las satisfacciones derivadas de la competencia misma a un interés casi exclusivo por el resultado, la tendencia resultante favorece la destrucción de la estructura reguladora. Con esta ate­nuación de los controles institucionales, tiene lugar una aproximación a la situación que los filósofos utilitarios consideran erróneamente típica de la so­ciedad, situación en la que cálculos de la ventaja personal y el miedo al castigo san las únicas agencias reguladoras (...)

EL PAPEL DE LA FAMILIA

Hay que decir unas palabras finales para agrupar las implicacianes esparcidas por todo el discurso que precede relativas al papel que representan la familia en los tipos de conducta divergente. .
La familia es, desde luego, la principal cadena de trasmisión para la di­fusión de las normas culturales a las generaciones nuevas. Pero lo que pasó inadvertido hasta muy recientemente es que la familia trasmite en gran parte aquella parte de la cultura que es accesible al estrato social y a los grupos en que se encuentran las padres. Es, por lo tanto, un mecanismo para disciplinar al niño en relación con las metas culturales y las costumbres caracterís­ticas de este estrecho margen de grupos. Y la socialización no se constriñe a la preparación y la disciplina directas. El proceso es, por lo menos en parte, inadvertido. Completamente aparte de las admoniciones, los premios y las castigos directos, el niño está expuesto a la influencia de prototipos sociales en la conducta diariamente observada y en las conversaciones casuales de los padres. No pocas veces, los niños descubren y asimilan uniformidades cultu­rales aun cuando estén implícitas y no hayan sido reducidas a reglas (...).
Puede inferirse a modo de ensayo que el niño está también laboriosamente ocupado en descubrir y actuar de acuerdo con ellos los paradigmas implícitos de valoración cultural, de jerarquización de las personas y las cosas y de concepción de objetivos estimables así como en asimilar la orientación cul­tural explícita manifiesta en una corriente sin fin de órdenes, explicaciones y exhortaciones de los padres. Parece que, además de las importantes investi­gaciones de las psicologías profundas en el proceso de socialización, se nece­sitan tipos suplementarios de observación directa de la difusión cultural dentro de la familia. Muy bien puede ocurrir que el niño retenga el paradigma implí­cito de valores culturales descubierto en la conducta diaria de sus padres, aun cuando esa conducta discrepe de sus consejos y exhortaciones explícitos.
La proyección de las ambiciones paternas en el niño tiene también fun­damental importancia para el asunto de que tratamos. Como es bien sabido, muchos padres enfrentados con el "fracaso" personal o con un "éxito" limi­tado, pueden negar importancia a su objetivo originario y concederla a otro, y quizás aplazar los esfuerzos nuevos para conseguirlo, tratando de alcanzarlo vicariamente mediante sus hijos. Es frecuente el caso del padre o la madre que espera que su hijo llegue a alturas a donde él o ella no pudo llegar (...). Si se generaliza la proyección compensatoria de la ambición paterna en los hijos, serán precisamente los padres menos capaces de proporcional:. a sus hijos acceso libre a las oportunidades -los "fracasados" y los "frus­trados"- los que ejercerán mayor presión sobre 'sus hijos para que lleguen a experimentar triunfos importantes. - Y este síndrome de aspiraciones ele­vadas y de limitadas oportunidades reales es, como hemos visto, lo que incita a la conducta divergente.


Extraído de: Merton, Robert K.: Teoría y estructura sociales. Capítulo VI, parte 2: Estructura social y Anomia. Páginas 209 a 239. Fondo de Cultura Económica. 3ª ed. México. 1992.