Trilogía de ARISTARÁIN: tres guiones, tres historias...

El oficio
''En el oficio del cine lo que menos importa son las películas. Lo que realmente importa es ejercer la profesión que uno ha elegido, sentir placer por hacer lo que a uno le gustaría ver como espectador y hacerlo lo mejor posible. El mundo no ha cambiado ni cambiará por un puñado de películas. El mundo tiene otros motores que lo mueven, a veces para bien, casi siempre para mal. Aún las que se consideran obras maestras son fmalmente intrascendentes, prescindibles. Si no hubiesen existido nadie las hubiera echado en falta.
El cine es un espectáculo, un momento que se muestra, una historia que se cuenta y que crea un momento de distracción que puede divertir, emocionar, conmocionar y hacer pensar o reflexionar al público durante un par de horas o un par de días y que luego se convierte en un recuerdo agradable (en el mejor de los casos), en tema de una charla de café, o se pierde en el olvido. Su razón de ser es entretener.
Sucede algo similar con la literatura. Entretiene al lector vulgar, emociona al entendido. Deslumbra con su estilo y provoca admiración cuando la capacidad de observación y las reflexiones acertadas del autor coinciden con las de su lector apasionado.
Ninguna obra. tiene el poder de modificar la manera de vivir o de pensar de un lector si éste está convencido o adoctrinado para suponer que sólo su moral y su escala de valores son las que se deben respetar. Sólo sentirá rechazo o indiferencia por esas ideas disparatadas y revulsivas que por momentos parecen querer agredirlo personalmente. Hay gente que suele decir con vehemencia y honesta convicción que tal libro o tal película o tal poema le ha cambiado la vida. Es una exageración bienintencionada que el autor debe aceptar porque es la forma que esas personas han encontrado para manifestar su sincera admiración.
No está mal disfrutar de los elogios. Pero no hay que tomados al pie de la letra.
La persona que cambia su visión del mundo o su modo de vivir lo hace porque estaba de antemano infectado por el virus de la rebeldía y sufría la oculta convicción de estar viviendo equivocado. La ruptura hubiera llegado de cualquier manera. Lo que ha encontrado en esa película o en ese libro son sus propios pensamientos, tal vez mejor articulados y expuestos con una claridad que no suponía posible. No ha recibido un mensaje o una revelación, no ha escuchado nada que no. supiera. Tal vez se siente animado al comprobar que alguien más piensa como él. Le ha llegado el momento de intentar vivir de acuerdo con lo que siente y piensa. Aun sin ver esa película o leer ese libro lo hubiera hecho. O no. También es posible que no lo haga nunca.
Hay mucha gente haciendo cine por muchos motivos largos de enumerar. Algunos lo hacen bien, otros mal. La ignorancia del oficio se ampara en falsos dogmas, en la supuesta renovación del lenguaje, en el todo vale. El cine como narrativa no tiene nacionalidad: la pertenencia a un país sólo lo afecta en el aspecto económico pero no le otorga cualidades o defectos a la manera de contar.
Los actores repiten la misma toma hasta que el director siente que en los ojos Y en los gestos del actor se vio lo que estaba pensando, lo que estaba sintiendo. Vio algo que sintió que era verdad, y esa toma es la que elige, la que da por buena. No hay regla que a uno le indique cuál es la toma buena. Uno la elige porque siente que en ese momento apareció la verdad.
Pero la verdad supuesta de esa persona que revive en el actor, la reacción justa ante la situación que se está poniendo en escena, el saber que esa persona sólo puede tener esa mirada en ese momento, esa fracción de segundo en que apareció ese sentimiento preciso en ese rostro, es algo que sólo ve el director, es su visión y está determinada por lo que ha sido su propia vida, por lo que él es como ser humano, por su moral, su ética, por la observación de la vida cotidiana, por su bondad o su honestidad, por su maldad o su hipocresía.
Cada plano, cada ángulo de cámara, cada inflexión de voz, cada gesto, cada mirada, cada silencio: absolutamente todo, cada elección formal o argumental en una película refleja sin piedad lo que es el director como persona.
Algunos pocos contamos historias tratando de ser fieles a nosotros mismos, sabiendo que tal vez la única consecuencia de esa actitud será el respeto a sí mismo. Esto no es garantía de que uno haga buenas películas: algunas salen bien, otras mal.
El cine es un oficio despiadadamente traidor para quien lo ejerce.
Aunque uno intente esconder lo que uno es, aunque se mienta bien, tarde o temprano el director se muestra tal cual es. El público se deja engañar por un tiempo, pero finalmente sabe o sospecha la verdad. En determinado momento, el director desnuda su alma sin quererlo, en primer plano, sin posibilidad de disimular o de excusarse.
El cine que uno hace es lo que uno es. Lo mismo dicen los músicos de jazz: uno toca lo que uno es. Ahí reside la originalidad, el estilo que no se busca: se tiene o no se tiene.
El cine tiene unas reglas, una gramática compleja pero elemental. Más allá de eso, está la cuerda floja, la incertidumbre total.John Ford dijo que las historias se cuentan con la cara de los actores''.
La persona que cambia su visión del mundo o su modo de vivir lo hace porque estaba de antemano infectado por el virus de la rebeldía y sufría la oculta convicción de estar viviendo equivocado. La ruptura hubiera llegado de cualquier manera. Lo que ha encontrado en esa película o en ese libro son sus propios pensamientos, tal vez mejor articulados y expuestos con una claridad que no suponía posible. No ha recibido un mensaje o una revelación, no ha escuchado nada que no. supiera. Tal vez se siente animado al comprobar que alguien más piensa como él. Le ha llegado el momento de intentar vivir de acuerdo con lo que siente y piensa. Aun sin ver esa película o leer ese libro lo hubiera hecho. O no. También es posible que no lo haga nunca.
Hay mucha gente haciendo cine por muchos motivos largos de enumerar. Algunos lo hacen bien, otros mal. La ignorancia del oficio se ampara en falsos dogmas, en la supuesta renovación del lenguaje, en el todo vale. El cine como narrativa no tiene nacionalidad: la pertenencia a un país sólo lo afecta en el aspecto económico pero no le otorga cualidades o defectos a la manera de contar.
Los actores repiten la misma toma hasta que el director siente que en los ojos Y en los gestos del actor se vio lo que estaba pensando, lo que estaba sintiendo. Vio algo que sintió que era verdad, y esa toma es la que elige, la que da por buena. No hay regla que a uno le indique cuál es la toma buena. Uno la elige porque siente que en ese momento apareció la verdad.
Pero la verdad supuesta de esa persona que revive en el actor, la reacción justa ante la situación que se está poniendo en escena, el saber que esa persona sólo puede tener esa mirada en ese momento, esa fracción de segundo en que apareció ese sentimiento preciso en ese rostro, es algo que sólo ve el director, es su visión y está determinada por lo que ha sido su propia vida, por lo que él es como ser humano, por su moral, su ética, por la observación de la vida cotidiana, por su bondad o su honestidad, por su maldad o su hipocresía.
Cada plano, cada ángulo de cámara, cada inflexión de voz, cada gesto, cada mirada, cada silencio: absolutamente todo, cada elección formal o argumental en una película refleja sin piedad lo que es el director como persona.
Algunos pocos contamos historias tratando de ser fieles a nosotros mismos, sabiendo que tal vez la única consecuencia de esa actitud será el respeto a sí mismo. Esto no es garantía de que uno haga buenas películas: algunas salen bien, otras mal.
El cine es un oficio despiadadamente traidor para quien lo ejerce.
Aunque uno intente esconder lo que uno es, aunque se mienta bien, tarde o temprano el director se muestra tal cual es. El público se deja engañar por un tiempo, pero finalmente sabe o sospecha la verdad. En determinado momento, el director desnuda su alma sin quererlo, en primer plano, sin posibilidad de disimular o de excusarse.
El cine que uno hace es lo que uno es. Lo mismo dicen los músicos de jazz: uno toca lo que uno es. Ahí reside la originalidad, el estilo que no se busca: se tiene o no se tiene.
El cine tiene unas reglas, una gramática compleja pero elemental. Más allá de eso, está la cuerda floja, la incertidumbre total.John Ford dijo que las historias se cuentan con la cara de los actores''.
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Extraído de:
Aristaráin, A.: Martín Hache, Lugares Comunes y Roma. Tres películas de Adolfo Aristaráin. Colección Espiral. Editorial Ocho y Medio libros de cine. Página 19.
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COMENTARIO:
Esta es la primera entrega, a modo de introducción, de otras entradas que incorporaré en próximos días. Aristaráin advierte que se trata de una obra que en conjunto no pretende mostrar más de lo que cuenta, sin caer en reduccionismos centrados en la identidad argentina o la proyección de esa identidad en aquellos que emigraron obligados por las circunstancias macroeconómicas de la crisis del país. A pesar de ello, los argumentos de esta problemática me parecen bastante clarividentes y solo me centraré en este aspecto de la obra.



