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14 marzo 2009

HAWKING - HISTORIA DEL TIEMPO


ESPACIO Y TIEMPO.

Nuestras ideas actuales acerca del movimiento de los cuerpos se remontan a Galileo y Newton. Antes de ellos, se creía en las ideas de Aristóteles, quien decía que el estado natural de un cuerpo era estar en reposo y que éste sólo se movía si era empujado por una fuerza o un impulso. De ello se deducía que un cuerpo pesado debía caer más rápido que uno ligero, porque sufría una atracción mayor hacia la tierra. La tradición aristotélica también mantenía que se podrían deducir todas las leyes que gobiernan el universo por medio del pensamiento puro: no era necesario
comprobarlas por medio de la observación. Así, nadie antes de Galileo se preocupó de ver si los cuerpos con pesos diferentes caían con velocidades diferentes (…) Las mediciones de Galileo sirvieron de base a Newton para la obtención de sus leyes del movimiento. Además de las leyes del movimiento, Newton descubrió una ley que describía la fuerza de la gravedad (…)

De las leyes de Newton se desprende que no existe un único estándar de reposo. Por ejemplo, si uno se olvida de momento de la rotación de la Tierra y de su órbita alrededor del Sol, se puede decir que la Tierra está en reposo y que un tren sobre ella está viajando hacia el norte a ciento cuarenta kilómetros por hora, o se puede decir igualmente que el tren está en reposo y que la Tierra se mueve hacia el sur a ciento cuarenta kilómetros por hora. Si se realizaran experimentos en el tren con objetos que se movieran, comprobaríamos que todas las leyes de Newton seguirían siendo válidas. Por ejemplo, al jugar al ping-pong en el tren, uno encontraría que la pelota obedece las leyes de Newton exactamente igual a como lo haría en una mesa situada junto a la vía. Por lo tanto, no hay forma de distinguir si es el tren o es la Tierra lo que se mueve.

La no existencia de un reposo absoluto significa que no se puede asociar una posición absoluta en el espacio con un suceso, como Aristóteles había creído. Las posiciones de los sucesos y la distancia entre ellos serán diferentes para una persona en el tren y para otra que esté al lado de la vía, y no existe razón para preferir el punto de vista de una de las personas frente al de la otra.

Newton estuvo muy preocupado por esta falta de una posición absoluta, o espacio absoluto, como se le llamaba, porque no concordaba con su idea de un Dios absoluto. De hecho, rehusó aceptar la no existencia de un espacio absoluto, a pesar incluso de que estaba implicada por sus propias leyes. Fue duramente criticado por mucha gente debido a esta creencia irracional, destacando sobre todo la crítica del obispo Berkeley, un filósofo que creía que todos los objetos materiales, junto con el espacio y el tiempo, eran una ilusión. Cuando el famoso Dr. Johnson se enteró de la opinión de Berkeley gritó «¡Lo rebato así!» y golpeó con la punta del pie una gran piedra.

Aunque nuestras nociones de lo que parece ser el sentido común funcionan bien cuando se usan en el estudio del movimiento de las cosas, tales como manzanas o planetas, que viajan relativamente lentas, no funcionan, en absoluto, cuando se aplican a cosas que se mueven con o cerca de la velocidad de la luz.

La teoría de Newton se había desprendido, sin embargo, de un sistema de referencia absoluto, de tal forma que si se suponía que la luz viajaba a una cierta velocidad fija, había que especificar con respecto a qué sistema de referencia se medía dicha velocidad. Para que esto tuviera sentido, se sugirió la existencia de una sustancia llamada «éter»que estaba presente en todas partes, incluso en el espacio «vacío». Las ondas de luz debían viajar a través del éter al igual que las ondas de sonido lo hacen a través del aire, y sus velocidades deberían ser, por lo tanto, relativas al éter.

En 1905, en un famoso artículo, Albert Einstein, hasta entonces un desconocido empleado de la oficina de patentes de Suiza, señaló que la idea del éter era totalmente innecesaria, con tal que se estuviera dispuesto a abandonar la idea de un tiempo absoluto.

E=mc2 (en donde E es la energía, m, la masa y c, la velocidad de la luz),

Cuando la velocidad de un objeto se aproxima a la velocidad de la luz, su masa aumenta cada vez más rápidamente, de forma que cuesta cada vez más y más energía acelerar el objeto un poco más. De hecho no puede alcanzar nunca la velocidad de la luz, porque entonces su masa habría llegado a ser infinita, y por la equivalencia entre masa y energía, habría costado una cantidad infinita de energía el poner al objeto en ese estado. Por esta razón, cualquier objeto normal está confinado por la relatividad a moverse siempre a velocidades menores que la de la luz. Sólo la luz, u otras ondas que no posean masa intrínseca, puede moverse a a velocidad de la luz.

En relatividad, por el contrario, todos los observadores deben estar de acuerdo en lo rápido que viaja la luz. Ellos continuarán, no obstante, sin estar de acuerdo en la distancia recorrida por la luz, por lo que ahora ellos también deberán discrepar en el tiempo empleado. (El tiempo empleado es, después de todo, igual al espacio recorrido, sobre el que los observadores no están de acuerdo, dividido por la velocidad de la luz, sobre la que los observadores sí están de acuerdo.) En otras palabras, ¡la teoría de la relatividad acabó con la idea de un tiempo absoluto! Cada observador debe tener su propia medida del tiempo, que es la que registraría un reloj que se mueve junto a él, y
relojes idénticos moviéndose con observadores diferentes no tendrían por qué coincidir.

En la teoría de la relatividad, se definen hoy en día las distancias en función de tiempos y de la velocidad de la luz, de manera que se desprende que cualquier observador medirá la misma velocidad de la luz (por definición, 1 metro por 0,000000003335640952 segundos). No hay necesidad de introducir la idea de un éter (….).La teoría de la relatividad nos fuerza, por el contrario, a cambiar nuestros conceptos de espacio y tiempo.Debemos aceptar que el tiempo no está completamente separado e independiente del espacio, sino que por el contrario se combina con él para formar un objeto llamado espaciotiempo.

Las leyes de Newton del movimiento acabaron con la idea de una posición absoluta en el espacio. La teoría de la relatividad elimina el concepto de un tiempo absoluto. Consideremos un par de gemelos. Supongamos que uno de ellos se va a vivir a la cima de una montaña, mientras que el otro permanece al nivel del mar. El primer gemelo envejecerá más rápidamente que el segundo. Así, si volvieran a encontrarse, uno sería más viejo que el otro. En este caso, la diferencia de edad seria muy pequeña, pero sería mucho mayor si uno de los gemelos se fuera de viaje
en una nave espacial a una velocidad cercana a la de la luz. Cuando volviera, sería mucho más joven que el que se quedó en la Tierra. Esto se conoce como la paradoja de los gemelos, pero es sólo una paradoja si uno tiene siempre metida en la cabeza la idea de un tiempo absoluto. En la teoría de la relatividad no existe un tiempo absoluto único, sino quecada individuo posee su propia medida personal del tiempo, medida que depende de dónde está y de cómo se mueve.

En las décadas siguientes al descubrimiento de la relatividad general, estos nuevos conceptos de espacio y tiempo iban a revolucionar nuestra imagen del universo. La vieja idea de un universo esencialmente inalterable que podría haber existido, y que podría continuar existiendo por siempre, fue reemplazada por el concepto de un universo dinámico, en expansión, que parecía haber comenzado hace cierto tiempo finito, y que podría acabar en un tiempo finito en el futuro. Esa revolución es el objeto del siguiente capítulo.

Roger Penrose y yo mostramos cómo la teoría de la relatividad general de Einstein implicaba que el universo debíatener un principio y, posiblemente, un final.

La creencia en un universo estático era tan fuerte que persistió hasta principios del siglo xx (…).Así, mientras Einstein y otros físicos buscaban modos de evitar las predicciones de la relatividad general de un universo no estático, el físico y matemático ruso Alexander Friedmann se dispuso, por el contrario, a explicarlas.

En 1965, dos físicos norteamericanos de los laboratorios de la Bell Telephone en Nueva Jersey, Arno Penzias y Robert Wilson, estaban probando un detector de microondas extremadamente sensible, (Las microondas son iguales a las ondas luminosas, pero con una frecuencia del orden de sólo diez mil millones de ondas por
segundo.) Penzias y Wilson se sorprendieron al encontrar que su detector captaba más ruido del que esperaban. Ellos sabían que cualquier ruido proveniente de dentro de la atmósfera sería menos intenso cuando el detector estuviera dirigido hacia arriba que cuando no lo estuviera, ya que los rayos luminosos atraerían mucha más atmósfera cuando se recibieran desde cerca del horizonte que cuando se recibieran directamente desde arriba. El ruido extra era el mismo para cualquier dirección desde la que se observara, de forma que debía provenir de fuera de la atmósfera. El ruido era también el mismo durante el día, y durante la noche, y a lo largo de todo el año, a
pesar de que la Tierra girara sobre su eje y alrededor del Sol. Esto demostró que la radiación debía provenir de más allá del sistema solar, e incluso desde más allá de nuestra galaxia (…).Así, Penzias y Wilson tropezaron inconscientemente con una confirmación extraordinariamente precisa de la primera suposición de Friedmann.

Aproximadamente al mismo tiempo, dos físicos norteamericanos de la cercana Universidad de Princeton, Bob Dicke y Jim Peebles, también estaban interesados en las microondas. Estudiaban una sugerencia hecha por George Gamow (que había sido alumno de Alexander Friedmann) relativa a que el universo en sus primeros instantes debería haber sido muy caliente y denso, para acabar blanco incandescente.

(…) Toda esta evidencia de que el universo parece el mismo en cualquier dirección desde la que miremos sugeriría que hay algo especial en cuanto a nuestra posición en el universo. En particular, podría pensarse que, si observamos a todas las otras galaxias alejarse de nosotros, es porque estamos en el centro del universo. Hay, sin embargo, una explicación alternativa: el universo podría ser también igual en todas las direcciones si lo observáramos desde cualquier otra galaxia. Esto, como hemos visto, fue la segunda suposición de Friedmann (…) Una característica notable del primer tipo de modelo de Friedmann es que, en él, el universo no es infinito en el espacio, aunque tampoco tiene ningún límite.

En el primer tipo de modelo de Friedmann, el que se expande primero y luego se colapsa, el espacio está curvado sobre sí mismo, al igual que la superficie de la Tierra. Es, por lo tanto, finito en extensión. En el segundo tipo de modelo, el que se expande por siempre, el espacio está curvado al contrario, es decir, como la superficie de una silla de montar. Así, en este caso el espacio es infinito. Finalmente, en el tercer tipo, el que posee la velocidad crítica de expansión, el espacio no está curvado (y, por lo tanto, también es infinito).

La evidencia presente sugiere, por lo tanto, que el universo se expandirá probablemente por siempre, pero que de lo único que podemos estar verdaderamente seguros es de que si el universo se fuera a colapsar, no lo haría como mínimo en otros diez mil millones de años, ya que se ha estado expandiendo por lo menos esa cantidad de tiempo. Esto no nos debería preocupar indebidamente: para entonces, al menos que hayamos colonizado más
allá del sistema solar, ¡la humanidad hará tiempo que habrá desaparecido, extinguida junto con nuestro Sol!

Todas las soluciones de Friedmann comparten el hecho de que en algún tiempo pasado (entre diez y veinte mil millones de años) la distancia entre galaxias vecinas debe haber sido cero. En aquel instante, que llamamos big bang, la densidad del universo y la curvatura del espacio-tiempo habrían sido infinitas. Dado que las
matemáticas no pueden manejar realmente números infinitos, esto significa que la teoría de la relatividad general (en la que se basan las soluciones de Friedmann) predice que hay un punto en el universo en donde la teoría en sí colapsa. Tal punto es un ejemplo de lo que los matemáticos llaman una singularidad. En realidad, todas nuestras teorías científicas están formuladas bajo la suposición de que el espaciotiempo es uniforme y casi plano, de manera que ellas dejan de ser aplicables en la singularidad del big bang, en donde la curvatura del espacio-tiempo es infinita. Ello significa que aunque hubiera acontecimientos anteriores al big bang, no se podrían utilizar para determinar lo que sucedería después, ya que toda capacidad de predicción fallaría en el big bang. Igualmente, si, como es el caso, sólo sabemos lo que ha sucedido después del big bang, no podremos determinar lo que sucedió antes. Desde nuestro punto de vista, los sucesos anteriores al big bang no pueden tener consecuencias, por lo que no deberían formar parte de los modelos científicos del universo. Así pues, deberíamos extraerlos de cualquier modelo y decir que el tiempo tiene su principio en el big bang. A mucha gente no le gusta la idea de que el tiempo tenga un principio, probablemente porque suena a intervención divina. (La Iglesia católica, por el contrario, se apropió del modelo del big bang y en 1951 proclamó oficialmente que estaba de acuerdo con la Biblia.)

El trabajo de Lifshitz y Khalatnikov fue muy valioso porque demostró que el universo podría haber tenido una singularidad, un big bang, si la teoría de la relatividad general era correcta. Sin embargo, no resolvió la cuestión fundamental: ¿predice la teoría de la relatividad general que nuestro universo debería haber tenido un big bang, un principio del tiempo? La respuesta llegó a través de una aproximación completamente diferente, comenzada por un físico y matemático británico, Roger Penrose, en 1965. Usando el modo en que los conos de luz se comportan en la relatividad general, junto con el hecho de que la gravedad es siempre atractiva, demostró que una estrella que se colapsa bajo su propia gravedad está atrapada en una región cuya superficie se reduce con el tiempo a tamaño cero. Y, si la superficie de la región se reduce a cero, lo mismo debe ocurrir con su volumen. Toda la materia de la estrella estará comprimida en una región de volumen nulo, de tal forma que la densidad de materia y la curvatura del espacio-tiempo se harán infinitas. En otras palabras, se obtiene una singularidad contenida dentro de una región del espacio-tiempo llamada agujero negro.

A primera vista, el resultado de Penrose sólo se aplica a estrellas. No tiene nada que ver con la cuestión de si el universo entero tuvo, en el pasado, una singularidad del tipo del big bang. No obstante, cuando Penrose presentó su teorema, yo era un estudiante de investigación que buscaba desesperadamente un problema con el que completar la tesis doctoral. Dos años antes, se me había diagnosticado la enfermedad ALS, comúnmente conocida como enfermedad de Lou Gehrig o de las neuronas motoras, y se me había dado a entender que sólo me quedaban uno o dos años de vida. En estas circunstancias no parecía tener demasiado sentido trabajar en la tesis doctoral, pues no esperaba sobrevivir tanto tiempo. A pesar de eso, habían transcurrido dos años y no me encontraba mucho peor. De hecho, las cosas me iban bastante bien y me había prometido con una chica encantadora, Jane Wilde.
Pero para poderme casar, necesitaba un trabajo, y para poderlo obtener, necesitaba el doctorado.

El resultado final fue un artículo conjunto entre Penrose y yo, en 1970, que al final probó que debe haber habido una singularidad como la del big bang, con la única condición de que la relativida general sea correcta y que el universo contenga tanta materia como observamos.

Hubo una fuerte oposición a nuestro trabajo, por parte de los rusos, debido a su creencia marxista en el determinismo científico, y por parte de la gente que creía que la idea en sí de las singularidades era repugnante y estropeaba la belleza de la teoría de Einstein. No obstante, uno no puede discutir en contra de un teorema
matemático. Así, al final, nuestro trabajo llegó a ser generalmente aceptado y, hoy en día, casi todo el mundosupone que el universo comenzó con una singularidad como la del big bang. Resulta por eso irónico que, al haber cambiado mis ideas, esté tratando ahora de convencer a los otros físicos de que no hubo en realidad singularidad al principiodel universo. Como veremos más adelante, ésta puede desaparecer una vez que los efectos cuánticos se tienen en cuenta. Hemos visto en este capítulo cómo, en menos de medio siglo, nuestra visión del
universo, formada durante milenios, se ha transformado. El descubrimiento de
Hubble de que el universo se está expandiendo, y el darnos cuenta de la insignificancia de nuestro planeta en la inmensidad del universo, fueron sólo el punto de partida. Conforme la evidencia experimental y teórica se iba acumulando, se clarificaba cada vez más que el universo debe haber tenido un principio en el tiempo, hasta que en 1970 esto fue finalmente probado por Penrose y por mí, sobre la base de la teoría de la relatividad general de Einstein. Esa prueba demostró que la relatividad general es sólo una teoría incompleta: no puede decirnos cómo empezó el universo, porque predice que todas las teorías físicas, incluida ella misma, fallan al principio del universo. No obstante, la relatividad general sólo pretende ser una teoría parcial, de forma que lo que el teorema de la singularidad realmente muestra es que debió haber habido un tiempo, muy al principio del universo, en que éste era tan pequeño que ya no se pueden ignorar los efectos de pequeña escala de la otra gran teoría parcial del siglo xx,la mecánica cuántica. Al principio de los años setenta, nos vimos forzados a girar nuestra búsqueda de unentendimiento del universo, desde nuestra teoría de lo extraordinariamente inmenso, hasta nuestra teoría de lo extraordinariamente diminuto. Esta teoría, la mecánica cuántica, se describirá a continuación, antes de volver a explicar los esfuerzos realizados para combinar las dos teorías parciales en una única teoría cuántica de la gravedad.

El PRINCIPIO DE INCERTIDUMBRE.


Werner Heisenberg, formuló su famoso principio de incertidumbre. Para poder predecir la posición y la velocidad futuras de una partícula, hay que ser capaz de medir con precisión su posición y velocidad actuales. El modo obvio de hacerlo es iluminando con luz la partícula. Heisenberg demostró que la incertidumbre en la posición de la partícula, multiplicada por la incertidumbre en su velocidad y por la masa de la partícula, nunca puede ser más pequeña que una cierta cantidad, que se conoce como constante de Planck.

El principio de incertidumbre (de HEISENBERG) tiene profundas aplicaciones sobre el modo que tenemos de ver el mundo (…)
El principio de incertidumbre marcó el final del sueño de Laplace de una teoría de la ciencia, un modelo del universo que sería totalmente determinista: ciertamente, ¡no se pueden predecir los acontecimientos futuros con exactitud si ni siquiera se puede medir el estado presente del universo de forma precisa! Aún podríamos suponer que existe un conjunto de leyes que determina completamente los acontecimientos para algún ser sobrenatural, que podría observar el estado presente del universo sin perturbarle. Sin embargo, tales modelos del universo no son de demasiado interés para nosotros, ordinarios mortales. Parece mejor emplear el principio de economía conocido como «cuchilla de Occam» y eliminar todos los elementos de la teoría que no puedan ser observados. Esta aproximación llevó en 1920 a Heisenberg, Erwin Schrijdinger y Paul Dirae a reformular la mecánica con una nueva teoría llamada mecánica cuántica, basada en el principio de incertidumbre. En esta teoría las partículas ya no poseen posiciones y velocidades definidas por separado, pues éstas no podrían ser observadas. En vez de ello, las partículas tienen un estado cuántico, que es una combinación de posición y velocidad.

En general, la mecánica cuántica no predice un único resultado de cada observación. En su lugar, predice un cierto número de resultados posibles y nos da las probabilidades de cada uno de ellos.
La mecánica cuántica introduce un elemento inevitable de incapacidad de predicción, una aleatoriedad en la ciencia. Einstein se opuso fuertemente a ello, a pesar del importante papel que él mismo había jugado en el desarrollo de estas ideas. Einstein recibió el premio Nobel por su contribución a la teoría cuántica. No obstante, Einstein nunca aceptó que el universo estuviera gobernado por el azar. Sus ideas al respecto están resumidas en su famosa frase «Dios no juega a los dados» (…)

La mecánica cuántica (…) gobierna elcomportamiento de los transistores y de los circuitos integrados (...)y tambiénes la base de la química y de la biología modernas. Las únicas áreas de las ciencias físicas en las que la mecánica cuántica aún no ha sido adecuadamente incorporada son las de la gravedad y la estructura a gran escala del universo.

Ya que la estructura de las moléculas, junto con las reacciones entre ellas, son el fundamento de toda la química y la biología, la mecánica cuántica nos permite, en principio, predecir casi todos los fenómenos a nuestro alrededor, dentro de los límites impuestos por el principio de incertidumbre. (En la práctica, sin embargo, los cálculos que se requieren para sistemas que contengan a más de unos pocos electrones son tan complicados que no pueden realizarse.) La teoría de la relatividad general de Einstein parece gobernar la estructura a gran escala del universo. Es lo que se llama una teoría clásica, es decir, no tiene en cuenta el principio de incertidumbre de la mecánica cuántica, como debería hacer para ser consistente con otras teorías. La razón por la que esto no conduce a ninguna discrepancia con la observación es que todos los campos gravitatorios, que normalmente experimentamos, son muy débiles. Sin embargo, los teoremas sobre las singularidades, discutidos anteriormente, indican que el campo gravitatorio deberá ser muy intenso en, como mínimo, dos situaciones: los agujeros negros y el big bang. En campos así de intensos, los efectos de la mecánica cuántica tendrán que ser importantes. Así, en cierto sentido, la relatividad general clásica, al predecir puntos de densidad infinita, predice su propia caída, igual que la mecánica clásica (es decir, no cuántica) predijo su caída, al sugerir que los átomos deberían colapsarse hasta alcanzar una densidad infinita.

LOS AGUJEROS NEGROS.

De acuerdo con la teoría de la relatividad, nada puede viajar más rápido que la luz. Así si la luz no puede escapar, tampoco lo puede hacer ningún otro objeto-, todo es arrastrado por el campo gravitatorio. Por lo tanto, se tiene un conjunto de sucesos, una región del espacio-tiempo, desde donde no se puede escapar y alcanzar a un observador
lejano. Esta región es lo que hoy en día llamamos un agujero negro. Su frontera se denomina el horizonte de sucesos y coincide con los caminos de los rayos luminosos que están justo a punto de escapar del agujero negro, pero no lo consiguen.

Para entender lo que se vería si uno observara cómo se colapsa una estrella para
formar un agujero negro, hay que recordar que en la teoría de la relatividad no existe un tiempo absoluto. Cada observador tiene su propia medida del tiempo. El tiempo para alguien que esté en una estrella será diferente al de otra persona lejana, debido al campo gravitatorio de esa estrella. Supongamos que un intrépido astronauta, que
estuviera situado en la superficie de una estrella que se colapsa, y se colapsara hacia dentro con ella, enviase una señal cada segundo, de acuerdo con su reloj, a su nave espacial que gira en órbita alrededor de la estrella. A cierta hora según su reloj, digamos que a las 11:00, la estrella se reduciría por debajo de su radio crítico, entonces el campo gravitatorio se haría tan intenso que nada podría escapar y las señales del astronauta ya no alcanzarían a la nave. Conforme se acercaran las 11:00, sus compañeros, que observaran desde la nave,encontrarían los intervalos entre señales sucesivas cada vez más largos, aunque dicho efecto sería muy pequeñoantes de las 10:59:59. Sólo tendrían que esperar poco más de un segundo entre la señal del astronauta de las 10:59:58 y la que envió cuando en su reloj eran las 10:59:59; pero tendrían que esperar eternamente la señal de las 11:00. Las ondas luminosas emitidas desde la superficie de la estrella entre las 10:59:59 y las 11:00, según el reloj del astronauta, estaríanextendidas a lo largo de un período infinito de tiempo, visto desde la nave. El intervalo de tiempo entre la llegada de ondas sucesivas a la nave se haría cada vez más largo, por eso la luz de la estrella llegaría cada vez más roja y más débil. Al final, la estrella sería tan oscura que ya no podría verse desde la nave: todo lo que quedaría sería un agujero negro en el espacio. La estrella continuaría, no obstante, ejerciendo la misma fuerza gravitatoria sobre la nave, que seguiría en órbita alrededor del agujero negro.

El horizonte de sucesos, la frontera de la región del espaciotiempo desde la que no es posible escapar, actúa como una membrana unidireccional alrededor del agujero negro: los objetos, tales como astronautas imprudentes, pueden caer en el agujero negro a través del horizonte de sucesos, pero nada puede escapar del agujero negro a través delhorizonte de sucesos. (Recordemos que el horizonte de sucesos es el camino en el espacio-tiempo de la luz que está tratando de escapar del agujero negro, y nada puede viajar más rápido que la luz.) Uno podría decir del horizonte de sucesos lo que el poeta Dante dijo a la entrada del infierno: «Perded toda esperanza al traspasarme». Cualquiercosa o persona que cae a través del horizonte de sucesos pronto alcanzará la región de densidad infinita y el final del tiempo.

EL ORIGEN Y EL DESTINO DEL UNIVERSO.

La ciencia parece haber descubierto un conjunto de leyes que, dentro de los límites establecidos por el principio de incertidumbre, nos dicen cómo evolucionará el universo en el tiempo si conocemos su estado en un momento cualquiera. Estas leyes pueden haber sido dictadas originalmente por Dios, pero parece que él ha dejado evolucionar al universo desde entonces de acuerdo con ellas, y que él ya no interviene. Pero, ¿cómo eligió Dios el estado o la configuración inicial del universo? ¿Cuáles fueron las «condiciones de contorno» en el principio del tiempo? Una posible respuesta consiste en decir que Dios eligió la configuración inicial del
universo por razones que nosotros no podemos esperar comprender. Esto habría estado ciertamente dentro de las posibilidades de un ser omnipotente, pero si lo había iniciado de una forma incomprensible, ¿por qué eligió dejarloevolucionar de acuerdo con leyes que nosotros podíamos entender? Toda la historia de la ciencia ha consistido en una comprensión gradual de que los hechos no ocurren de una forma arbitraria, sino que reflejan un cierto orden subyacente, el cual puede estar o no divinamente inspirado. Sería sencillamente natural suponer que este orden debería aplicarse no sólo a las leyes, sino también a las condiciones en la frontera
del espacio-tiempo que especificarían el estado inicial del universo. Puede haber un gran número de modelos deluniverso con diferentes condiciones iniciales, todos los cuales obedecen las leyes. Debería haber algún principio que escogiera un estado inicial, y por lo tanto un modelo, para representar nuestro universo. Una posibilidad es lo que se conoce como condiciones de contorno caóticas. Éstas suponen implícitamente o bien que el universo es espacialmente infinito o bien que hay infinitos universos. Bajo condiciones de contorno caóticas, la probabilidad de
encontrar una región particular cualquiera del espacio en una configuración dada cualquiera, justo después del big bang, es la misma, en cierto sentido, que la probabilidad de encontrarla en cualquier otra configuración.- el estado inicial del universo se elige puramente al azar. Esto significaría que el universo primitivo habría sido probablemente muy caótico-e irregular, debido a que hay muchas más configuraciones del universo caóticas y desordenadas que uniformes y ordenadas. (Si cada configuración es igualmente probable, es verosímil que el universo comenzase en un estado caótico y desordenado, simplemente porque abundan mucho más estos estados.) Es difícil entender cómo tales condiciones caóticas iniciales podrían haber dado lugar a un universo que es tan uniforme y regular a gran escala, como lo es actualmenteel nuestro. Se esperaría, también, que las fluctuaciones de densidad en un modelo de este tipo hubiesen conducido a la formación de muchos másagujerosnegros primitivos que el límite superior, que ha sido establecido mediante las observaciones de la radiación de fondo de rayos
gamma.


Si el universo fuese verdaderamente infinito espacialmente, o si hubiese infinitos universos, habría probablemente en alguna parte algunas grandes regiones que habrían comenzado de una manera suave y uniforme. Es algo parecido al bien conocido ejemplo de la horda de monos martilleando sobre máquinas de escribir; la mayor parte de lo que escriben será desperdicio, pero muy ocasionalmente, por puro azar, imprimirán uno de los sonetos de Shakespeare.
De forma análoga, en el caso del universo, ¿podría ocurrir que nosotros estuviésemos viviendo en una región que simplemente, por casualidad, es suave y uniforme? A primera vista esto podría parecer muy improbable, porque tales regiones suaves serían superadas en gran número por las regiones caóticas e irregulares. Sin embargo, supongamos que sólo en las regiones lisas se hubiesen formado galaxias y estrellas, y hubiese las condiciones apropiadas para el desarrollo de complicados organismos autorreproductores, como nosotros mismos, que fuesen capaces de hacerse la pregunta: ¿por qué es el universo tan liso? Esto constituye un ejemplo de aplicación de lo que se conoce como el principio antrópico, que puede parafrasearse en la forma «vemos el universo en la forma que es porque nosotros existimos».
Hay dos versiones del principio antrópico, la débil y la fuerte. El principio antrópico débil dice que en un universo que es grande o infinito en el espacio y/o en el tiempo, las condiciones necesarias para el desarrollo de vida inteligente se darán solamente en ciertas regiones que están limitadas en el tiempo y en el espacio. Los seres inteligentes de estas regiones no deben, por lo tanto, sorprenderse si observan que su localización en el universo satisface las condiciones necesarias para su existencia. Es algo parecido a una persona rica que vive en un entorno acaudalado sin ver ninguna pobreza.

Un ejemplo del uso del principio antrópico débil consiste en «explicar» por qué el big bang ocurrió hace unos diez mil millones de años: se necesita aproximadamente ese tiempo para que se desarrollen seres inteligentes. Como se explicó anteriormente, para llegar a donde estamos tuvo que formarse primero una generación previa de estrellas. Estas estrellas convirtieron una parte del hidrógeno y del helio originales en elementos como carbono y oxígeno, a partir de los cuales estamos hechos nosotros. Lasestrellas explotaron luego como supernovas, y sus despojos formaron otras estrellas y planetas, entre ellos los de nuestro sistema solar, que tiene alrededor de cinco mil millones de años. Los primeros mil o dos mil millones de años de la existencia de la Tierra fueron demasiado calientes para el desarrollo de cualquier estructura complicada. Los aproximadamente tres mil millones de años restantes han estado dedicados al lento proceso de la evolución biológica, que ha conducido desde los organismos más simples hasta seres que son capaces de medir el tiempo transcurrido desde el big bang. Poca gente protestaría de la validez o utilidad del principio antrópico débil. Algunos, sin embargo, van mucho másallá y proponen una versión fuerte del principio. De acuerdo con esta nueva teoría, o hay muchos universos diferentes, o muchas regiones diferentes de un único universo, cada uno/a con su propia configuración inicial y, tal vez, con su propio conjunto de leyes de la ciencia. En la mayoría de estos universos, las condiciones no serían apropiadas para el desarrollo de organismos complicados; solamente en los pocos universos que son como el nuestro se desarrollarían seres inteligentes que se harían la siguiente pregunta: ¿por qué es el universo como lo vemos? La respuesta, entonces, es simple: si hubiese sido diferente, ¡nosotros no estaríamos aquí!

Para poder predecir cómo debió haber empezado el universo, se necesitan leyes que sean válidas en el principio del tiempo. Si la teoría clásica de la relatividad general fuese correcta, los teoremas de la singularidad, que Roger Penrose y yo demostramos, probarían que el principio del tiempo habría sido un punto de densidad infinita y de curvatura del espacio-tiempo infinita. Todas las leyes conocidas de la ciencia fallarían en un punto como ése. Podría suponerse que hubiera nuevas leyes que fueran válidas en las singularidades, pero sería muy difícil incluso formulartales leyes en puntos con tan mal comportamiento, y no tendríamos ninguna guía a partir de las observaciones sobre cuáles podrían ser esas leyes. Sin embargo, lo que los teoremas de singularidad realmente indican es que el campo gravitatorio se hace tan fuerte que los efectos gravitatorios cuánticos se hacen importantes: la teoría clásica no constituye ya una buena descripción del universo.
Por lo tanto, es necesario utilizar una teoría cuántica de la gravedad para discutir las etapas muy tempranas del universo. Como veremos, en la teoría cuántica es posible que las leyes ordinarias de la ciencia sean válidas en todas partes, incluyendo el principio del tiempo: no es necesario postular nuevas leyes para las singularidades, porque no tiene por qué haber ninguna singularidad en la teoría cuántica. No poseemos todavíauna teoría completa y consistente que combine la mecánica cuántica y la gravedad. Sin embargo, estamos bastante seguros de algunas de las características que una teoría unificada de ese tipo debería tener. Una es que debe incorporar la idea de Feynman de formular la teoría cuántica en términos de una suma sobre historias. Dentro de este enfoque, unapartícula no tiene simplemente una historia única, como la tendría en una teoría clásica. En lugar de eso se supone que sigue todos los caminos posibles en el espacio-tiempo, y que con cada una de esas historias está asociada una pareja de números, uno que representa el tamaño de una onda y el otro que representa su posición en el ciclo (su fase).
La probabilidad de que la partícula pase a través de algún punto particular, por ejemplo, se halla sumando las ondas asociadas con cada camino posible que pase por ese punto. Cuando uno trata realmente de calcular esas sumas, sin embargo, tropieza con problemas técnicos importantes. La única forma de sortearlos consiste en la siguiente receta peculiar: hay que sumar las ondas correspondientes a historias de la partícula que no están en el tiempo «real» que usted y yo experimentamos, sino que tienen lugar en lo que se llama tiempo imaginario. Un
tiempo imaginario puede sonar a ciencia ficción, pero se trata, de hecho, de un concepto matemático bien definido. Sitomamos cualquier número ordinario (o «real») y lo multiplicamos por sí mismo, el resultado es un número positivo. (Por ejemplo, 2 por 2 es 4, pero también lo es -2 por -2.) Hay, no obstante, números especiales (llamados imaginarios) que dan números negativos cuando se multiplican por sí mismos. (El llamado i, cuando se multiplica por sí mismo, da -1, 2i multiplicado por sí mismo da -4, y así sucesivamente.) Para evitar las dificultades técnicas en la suma de Feynman sobre historias, hay que usar un tiempo imaginario. Es decir, para los propósitos del cálculo hay que medir el tiempo utilizando números imaginarios en vez de reales.
Esto tiene un efecto interesante sobre el espacio-tiempo: la distinción entre tiempo y espacio desaparece completamente. Dado un espacio-tiempo en el que los sucesos tienen valores imaginarios de la coordenada temporal, se dice de él que es euclídeo, en memoria del antiguo griego Euclides, quien fund,ó el estudio de la geometría de superficies bidimensionales. Lo que nosotros llamamos ahora espacio-tiempo euclídeo es muy similar, excepto que tiene cuatro dimensiones en vez de dos. En el espacio-tiempo euclídeo no hay ninguna diferencia entre la dirección temporal y las direcciones espaciales.

En cualquier caso, en lo que a la mecánica cuántica corriente concierne, podemos considerar nuestro empleo de un tiempo imaginario y de un espacio-tiempo euclídeo meramente como un montaje (o un truco) matemático para obtener respuestas acerca del espaciotiempo real.

Una segunda característica que creemos que tiene que formar parte de cualquier teoría definitiva es la idea de Einstein de que el campo gravitatorio se representa mediante un espacio-tiempo curvo: las partículas tratan de seguir el camino más parecido posible a una línea recta en un espacio curvo, pero debido a que el espacio-tiempo no es plano, sus caminos parecen doblarse, como si fuera por efecto de un campo gravitatorio. Cuando aplicamos la suma de Feynman sobre historias a la visión de Einstein de la gravedad, lo análogo a la historia de una partícula es ahora un espacio-tiempo curvo completo, que representa la historia de todo el universo. Para evitar las dificultades técnicas al calcular realmente la suma sobre historias, estos espacio-tiempos curvos deben ser euclídeos. Esto es, el tiempo es imaginario e indistinguible de las direcciones espaciales.

En la teoría clásica de la relatividad general hay muchos espacio-tiempos curvos posibles diferentes, cada uno de los cuales corresponde a un estado inicial diferente del universo. Si conociésemos el estado inicial de nuestro universo, conoceríamos su historia completa. De forma similar, en la teoría cuántica de la gravedad hay muchos estados cuánticos diferentes posibles para el universo. De nuevo, si supiésemos cómo se comportaron en los momentos iniciales los espacio-tiempos curvos que intervienen en la suma sobre historias, conoceríamos el estado cuántico del universo.

Cada historia de las que intervienen en la suma sobre historias describirá no sólo el espacio-tiempo, sino también todo lo que hay en él, incluido cualquier organismo complicado, como seres humanos que pueden observar la historia del universo. Esto puede proporcionar otra justificación del principio antrópico, pues si todas las historias son posibles, entonces, en la medida en que nosotros existimos en una de las historias, podemos emplear el principio antrópico para explicar por qué el universo se encuentra en la forma en que está. Qué significado puede ser atribuido exactamente a las otras historias, en las que nosotros no existimos, no está claro.
Este enfoque de una teoría cuántica de la gravedad sería mucho más satisfactorio, sin embargo, si se pudiese demostrar que, empleando la suma sobre historias, nuestro universo no es simplemente una de las posibles historias sino una de las más probables. Para hacerlo, tenemos que realizar la suma sobre historias para todos los espaciotiempos euclídeos posibles que no tengan ninguna frontera.

En el tiempo real, el universo tiene un principio y un final en singularidades que forman una frontera para el espacio tiempo y en las que las leyes de la ciencia fallan. Pero en el tiempo imaginario no hay singularidades o fronteras. Así que, tal vez, lo que llamamos tiempo imaginario es realmente más básico, y lo que llamamos real es simplemente una idea que inventamos para ayudarnos a describir cómo pensamos que es el universo. Pero, de acuerdo con el punto de vista que expuse en el capítulo 1, una teoría científica es justamente un modelo matemático que construimos para describir nuestras observaciones: existe únicamente en nuestras mentes. Por lo tanto no tiene sentido preguntar: ¿qué es lo real, el tiempo «real» o el «imaginario»? Dependerá simplemente de cuál sea la descripción más útil.

El principio de incertidumbre implica que el universo primitivo no pudo haber sido completamente uniforme, debido a que tuvieron que existir algunas incertidumbres o fluctuaciones en las posiciones y velocidades de las partículas. Si utilizamos la condición de que no haya ninguna frontera, encontramos que el universo tuvo, de hecho, que haber comenzado justamente con la mínima no uniformidad posible, permitida por el princípio de incertidumbre. El universohabría sufrido entonces un período de rápida expansión, como en los modelos inflacionarios. Durante ese período, las no uniformidades iniciales se habrían amplificado hasta hacerse lo suficientemente grandes como para explicar el origen de lasestructuras que observamos a nuestro alrededor. En un universo en expansión en el cual la densidad de materia variase ligeramente de un lugar a otro, la gravedad habría provocado que las regiones más densas frenasen su expansión y comenzasen a contraerse. Ello conduciría a la formación de galaxias, de estrellas, y, finalmente, incluso de insignificantes criaturas como nosotros mismos. De este modo, todas las complicadas estructuras que vemos en el universo podrían ser explicadas mediante la condición de ausencia de frontera para el universo, junto con el principio de incertidumbre de la mecánica cuántica.

La idea de que espacio y tiempo puedan formar una superficie cerrada sin frontera tiene también profundas ¡aplicaciones sobre el papel de Dios en los asuntos del universo. Con el éxito de las teorías científicas para describir acontecimientos, la mayoría de la gente ha llegado a creer que Dios permite que el universo evolucione de acuerdo con un conjunto de leyes, en las que él no interviene para infringirlas. Sin embargo, las leyes no nos dicen qué aspecto debió tener el universo cuando comenzó; todavía dependería de Dios dar cuerda al reloj y elegir la forma de ponerlo en marcha. En tanto en cuanto el universo tuviera un principio, podríamos suponer que tuvo un creador. Pero si el universo es realmente autocontenido, si no tiene ninguna frontera o borde, no tendría ni principio ni final: simplemente sería. ¿Qué lugar queda, entonces, para un creador?

LA FLECHA DEL TIEMPO

En los capítulos anteriores hemos visto cómo nuestras concepciones sobre la naturaleza del tiempo han cambiado con los años. Hasta comienzos de este siglo la gente creía en el tiempo absoluto. Es decir, en que cada suceso podría ser etiquetado con un número llamado«tiempo» de una forma única, y todos los buenos relojes estarían de acuerdo en el intervalo de tiempo transcurrido entre dos sucesos. Sin embargo, el descubrimiento de que la velocidad de la luz resultaba ser la misma para todo observador, sin importar cómo se estuviese moviendo éste, condujo a la teoría de la relatividad, y en ésta tenía que abandonarse la idea de que había un tiempo absoluto único. En lugar de ello, cada observador tendría su propia medida del tiempo, que sería la registrada por un reloj que él llevase consigo: relojes correspondientes a diferentes observadores no coincidirían necesariamente. De este modo, el tiempo se convirtió en un concepto más personal, relativo al observador que lo medía.
Cuando se intentaba unificar la gravedad con la mecánica cuántica se tuvo que introducir la idea de tiempo «imaginario». El tiempo imaginario es indistinguible de las direcciones espaciales. Si uno puede ir hacia el norte, también puede dar la vuelta y dirigirse hacia el sur; de la misma forma, si uno puede ir hacia adelante en el tiempo imaginario, debería poder también dar la vuelta e ir hacia atrás. Esto significa que no puede haber ninguna diferencia importante entre las direcciones hacia adelante y hacia atrás del tiempo imaginario. Por el contrario, en el tiempo «real», hay una diferencia muy grande entre las direcciones hacia adelante y hacia atrás, como todos sabemos. ¿De dónde proviene esta diferencia entre el pasado y el futuro? ¿Por qué recordamos el pasado pero no el futuro?

(…) Hay una gran diferencia entre las direcciones hacia adelante y hacia atrás del tiempo real en la vida ordinaria. Imagine un vaso de agua cayéndose de una mesa y rompiéndose en pedazos en el suelo. Si usted lo filma en película, puede decir fácilmente si está siendo proyectada hacia adelante o hacia atrás. Si la proyecta hacia atrás verá los pedazos repentinamente reunirse del suelo y saltar hacia atrás para formar un vaso entero sobre la mesa. Usted puede decir que la película está siendo proyectada hacia atrás porque este tipo de comportamiento nunca se observa en la vida ordinaria. Si se observase, los fabricantes de vajillas perderían el negocio.
La explicación que se da usualmente de por qué no vemos vasos rotos recomponiéndose ellos solos en el suelo y saltando hacia atrás sobre la mesa, es que lo prohibe la segunda ley de la termodinámica. Esta ley dice que en cualquier sistema cerrado el desorden, o la entropía, siempre aumenta con el tiempo. En otras palabras, se trata de una forma de la ley de Murphy: ¡las cosas siempre tienden a ir mal! Un vaso intacto encima de una mesa es un estado de orden elevado, pero un vaso roto en el suelo es un estado desordenado. Se puede ir desde el vaso que está sobre la mesa en el pasado hasta el vaso roto en el suelo en el futuro, pero no así al revés.

El que con el tiempo aumente el desorden o la entropía es un ejemplo de lo que se llama una flecha del tiempo, algo que distingue el pasado del futuro dando una dirección al tiempo. Hay al menos tres flechas del tiempo diferentes. Primeramente, está la flecha termodinámica, que es la dirección del tiempo en la que el desorden o la entropía aumentan. Luego está la flecha psicológica. Esta es la dirección en la que nosotros sentimos que pasa el tiempo, la dirección en la que recordamos el pasado pero no el futuro. Finalmente, está la flecha cosmológica. Esta es la dirección del tiempo en la que eluniverso está expandiéndose en vez de contrayéndose.

En este capítulo discutiré cómo la condición de que no haya frontera para el universo, junto con el principio antrópico débil, puede explicar por qué las tres flechas apuntarán en la misma dirección y, además, por qué debe existir una flecha del tiempo bien definida. Argumentaré que la flecha psicológica está determinada por la flecha termodinámica, y que ambas flechas apuntan siempre necesariamente en la misma dirección.
Si se admite la condición de que no haya frontera para el universo, veremos que tienen que existir flechas termodinámica y cosmológica del tiempo bien definidas, pero que no apuntarán en la misma dirección durante toda la historia del universo. No obstante razonaré que únicamente cuando apuntan en la misma dirección es cuando las condiciones son adecuadas para el desarrollo de seres inteligentes que puedan hacerse la pregunta: ¿por qué aumenta el desorden en la misma dirección del tiempo en la que el universo se expande?
Me referiré primero a la flecha termodinámica del tiempo. La segunda ley de la termodinámica resulta del hecho de que hay siempre muchos más estados desordenados que ordenados. Por ejemplo, consideremos las piezas de un rompecabezas en una caja. Hay un orden, y sólo uno, en el cual las piezas forman una imagen completa. Por otra parte, hay un número muy grande de disposiciones en las que las piezas están desordenadas y no forman una imagen. Supongamos que un sistema comienza en uno de entre el pequeño número de estados ordenados. A medida que el tiempo pasa el sistema evolucionará de acuerdo con las leyes de la ciencia y su estado cambiará. En un tiempo posterior es más probable que el sistema esté en un estado desordenado que en uno ordenado, debido a que hay muchos más estados desordenados. De este modo, el desorden tenderá a aumentar con el tiempo si el sistema estaba sujeto a una condición inicial de orden elevado.

Nuestro sentido subjetivo de la dirección del tiempo, la flecha psicológica del tiempo, está determinado por tanto dentro de nuestro cerebro por la flecha termodinámica del tiempo. Exactamente igual que un ordenador, debemos recordar las cosas en el orden en que la entropía aumenta. Esto hace que la segunda ley de la termodinámica sea, casi trivial. El desorden aumenta con el tiempo porque nosotros medimos el tiempo en la dirección en la que el desorden crece. ¡No se puede hacer una apuesta más segura que ésta!
En una teoría cuántica de la gravedad, como vimos en el capítulo anterior, para especificar el estado del universo habría que decir aún cómo se comportarían las historias posibles del universo en el pasado en la frontera del espacio-tiempo. Esta dificultad de tener que describir lo que no se sabe, ni se puede saber, podría evitarse únicamente si las historias satisficieran la condición de que no haya frontera: son finitas en extensión pero no tienen fronteras, bordes o singularidades.

AGUJEROS DE GUSANO Y VIAJES EN EL TIEMPO.

En el capítulo anterior discutimos por que vemos que el tiempo va hacia adelante: por que el desorden aumenta y por que recordamos el pasado pero no el futuro. Tratábamos el tiempo como si fuera una línea de tren recta por la que solo se puede ir en una dirección o en la opuesta.

La primera indicación de que las leyes de la física podrían permitir realmente los viajes en el tiempo se produjo en 1949 cuando Kurt Gödel descubrió un nuevo espacio-tiempo permitido por la teoría de la relatividad. Gödel fue un matemático que se hizo famoso al demostrar que es imposible probar todas las afirmaciones verdaderas, incluso si nos limitáramos a tratar de probar las de una materia tan aparentemente segura como la aritmética. Al igual que el principio de incertidumbre, el teorema de incompletitud de Gödel puede ser una limitación fundamental en nuestra capacidad de entender y predecir el universo, pero al menos hasta ahora no parece haber sido un obstáculo en nuestra búsqueda de una teoría unificada completa.

LA UNIFICACIÓN DE LA FÍSICA

Debido a que las teorías están siendo modificadas continuamente para explicar nuevas observaciones, nunca son digeridas debidamente o simplificadas de manera que la gente común pueda entenderlas. Es necesario ser un especialista, e incluso entonces sólo se puede tener la esperanza de dominar correctamente una pequeña parte de las teorías científicas. Además, el ritmo de progreso es tan rápido que lo que se aprende en la escuela o en la universidad está siempre algo desfasado. Sólo unas pocas personas pueden ir al paso del rápido avance de la frontera del conocimiento, y tienen que dedicar todo su tiempo a ello y especializarse e un área reducida. El resto de la población tiene poca idea de los adelantos que se están haciendo o de la expectación que están generando. Hace setenta años, si teníamos que creer a Eddington, sólo dos personas entendían la teoría general de la relatividad.
Hoy en día decenas de miles de graduados universitarios la entienden y a muchos millones de personas les es al menos familiar la idea. Si se descubriese una teoría unificada completa, sería sólo una cuestión de tiempo el que fuese digerida y simplificada del mismo modo y enseñada en las escuelas, al menos en términos generales. Todos seríamos capaces, entonces, de poseer alguna comprensión de las leyes que gobiernan el universo y son responsables de nuestra existencia. Incluso si descubriésemos una teoría unificada completa, ello no significaría que fuésemos capaces de predecir acontecimientos en general, por dos razones. La primera es la limitación que el principio de incertidumbre de la mecánica cuántica establece sobre nuestra capacidad de predicción. No hay nada que podamos hacer para darle la vuelta a esto. En la-práctica, sin embargo, esta primera limitación es menos restrictiva que la segunda. Ésta surge del hecho de que no podríamos resolver exactamente las ecuaciones de la teoría, excepto en situaciones muy sencillas. (Incluso no podemos resolver exactamente el movimiento de tres cuerpos en la teoría de la gravedad de Newton, y la dificultad aumenta con el número de cuerpos y la complejidad de la teoría.)
Conocemos ya las leyes que gobiernan el comportamiento de la materia en todas las condiciones excepto en las más extremas. En particular, conocemos las leyes básicas que subyacen bajo toda la química y la biología. Ciertamente, aún no hemos reducido estas disciplinas al estado de problemas resueltos; ¡hemos tenido, hasta ahora, poco éxito prediciendo el comportamiento humano a partir de ecuaciones matemáticas!. Por lo tanto, incluso si encontramos un conjunto completo de leyes básicas, quedará todavía para los años venideros la tarea intelectualmente retadora de desarrollar mejores métodos de aproximación, de modo que podamos hacer predicciones útiles sobre los resultados probables en situaciones complicadas y realistas. Una teoría unificada completa, consistente, es sólo el primer paso: nuestra meta es una completa comprensión de lo que sucede a nuestro alrededor y de nuestra propia existencia.

Extraído de: Hawking, S.: HISTORIA DEL TIEMPO. Del Big Bang a los Agujeros Negros. Editorial Alianza. Libros de Bolsillo.


Comentarios:

Excepcional obra de un teórico mermado por su valor mediático. Leí el libro a ratos. Es cierto que contiene pasajes de difícil comprensión, pero en líneas generales, abordarlo desde la ignorancia descubre probablemente un universo de nuevos conocimientos, nuevas categorías, vocabularios fascinantes y, como no podía ser de otra manera, conocimientos generales sobre la importancia de la ciencia y la física como motor de explicación de sucesos desde la más simple y llana racionalidad. Para el público generalista, Hawking brilla cuando explica las trivialidades de su trabajo. En su empeño descriptivo, encontramos tintes irónicos, pero también cruda realidad. Muy interesantes también son los prólogos. En el apartado AGRADECIMIENTOS nos dice:

"Decidí escribir una obra de divulgación sobre el espacio y el tiempo después de
impartir en Harvard las conferencias Loeb de 1982. Ya existía una considerable bibliografía acerca del universo primitivo y de los agujeros negros, en la que figuraban desde libros muy buenos,como el de Steven Weinberg, Los tres primeros minutos del universo, hasta otros muy malos, que no nombraré. Sin embargo, sentía que ninguno de ellos se dirigía realmente a las cuestiones que me habían llevado a investigar en cosmología y en la teoría cuántica: ¿de dónde viene el universo? ¿Cómo y por qué empezó? ¿Tendrá un final, y, en caso afirmativo, cómo será? Estas son cuestiones de interés para todos los hombres. Pero la ciencia moderna se ha hecho tan técnica que sólo un pequeño número de especialistas son capaces de dominar las matemáticas utilizadas en su descripción. A pesar de ello, las ideas básicas acerca del origen y del destino del universo pueden ser enunciadas sin matemáticas, de tal manera que las personas sin una educación científica las puedan entender. Esto es lo que he intentado hacer en este libro. El lector debe juzgar si lo he conseguido. Alguien me dijo que cada ecuación que incluyera en el libro reduciría las ventas a la mitad. Por consiguiente, decidí no poner ninguna en absoluto. Al final, sin embargo, sí que incluí una ecuación, la famosa ecuación de Einstein, E=mc2. Espero que esto no asuste a la mitad de mis potenciales lectores. Aparte de haber sido lo suficientemente desafortunado como para contraer el ALS, o enfermedad de las neuronas motoras, he tenido suerte en casi todos los demás aspectos. La ayuda y apoyo que he recibido de mi esposa, Jane, y de mis hijos, Robert, Lucy y Timmy, me han hecho posible llevar una vida bastante normal y tener éxito en mi carrera. Fui de nuevo afortunado al elegir la física teórica, porque todo está en la mente. Así, mi enfermedad no ha constituido una seria desventaja. Mis colegas científicos han sido, sin excepción, una gran ayuda para mí (...)"


La introducción de CARL SAGAN no tiene desperdicio (realmente es un privilegio tener un prologista de este calado, entenderéis por qué):

"INTRODUCCIÓN(2)
Nos movemos en nuestro ambiente diario sin entender casi nada acerca del mundo. Dedicamos poco tiempo a pensar en el mecanismo que genera la luz solar que hace posible la vida, en la gravedad que nos ata a la Tierra y que de otra forma nos lanzaría al espacio, o en los átomos de los que estamos constituidos y de cuya
estabilidad dependemos de manera fundamental. Excepto los niños (que no saben lo suficiente como para no preguntar las cuestiones importantes), pocos de nosotros dedicamos tiempo a preguntarnos por qué la naturaleza es de la forma que es, de dónde surgió el cosmos, o si siempre estuvo aquí, si el tiempo correrá en sentido contrario algún día y los efectos precederán a las causas, o si existen límites fundamentales acerca de lo que loshumanos pueden saber. Hay incluso niños, y yo he conocido alguno, que quieren saber a qué se parece un agujeronegro, o cuál es el trozo más pequeño de la materia, o por qué recordamos el pasado y no el futuro, o cómo es que, si hubo caos antes, existe, aparentemente, orden hoy, y, en definitiva, por qué hay un universo. En nuestra sociedad aún sigue siendo normal para los padres y los maestros responder a estas cuestiones con un encogimiento de hombros, o con una referencia a creencias religiosas vagamente recordadas. Algunos se sienten incómodos con cuestiones de este tipo, porque nos muestran vívidamente las limitaciones del entendimiento humano. Pero gran parte de la filosofía y de la ciencia han estado guiadas por tales preguntas. Un número creciente de adultos desean preguntar este tipo de cuestiones, y, ocasionalmente, reciben algunas respuestas asombrosas. Equidistantes de los átomos y de las estrellas, estamos extendiendo nuestros horizontes exploratorios para abarcar tanto lo muy pequeño como lo muy grande. En la primavera de 1974, unos dos años antes de que la nave espacial Viking aterrizara en Marte, estuve en una reunión en Inglaterra, financiada por la Royal Society de Londres, para examinar la cuestión de cómo buscar vida extraterrestre. Durante un descanso noté que se estaba celebrando una reunión mucho mayor en un salón adyacente, en el cual entré movido por la curiosidad. Pronto me di cuenta de que estaba siendo testigo de un rito antiquísimo, la investidura de nuevos miembros de la Royal Society, una de lasmás antiguas organizaciones académicas del planeta. En la primera fila, un joven en una silla de ruedas estabaponiendo, muy lentamente, su nombre en un libro que lleva en sus primeras páginas la firma de Isaac Newton. Cuando al final acabó, hubo una conmovedora ovación. Stephen Hawking era ya una leyenda. Hawking ocupa ahora la cátedra Lucasian de matemáticas de la Universidad de Cambridge, un puesto que fue ocupado en otro tiempo por Newton y después por P.A.M. Dirac, dos célebres exploradores de lo muy grande y lo muy pequeño. Él es su valioso sucesor. Este, el primer libro de Hawking para el no especialista, es una fuente de satisfacciones para la audiencia profana. Tan interesante como los contenidos de gran alcance del libro es la visión que proporciona de los mecanismos de la mente de su autor. En este libro hay revelaciones lúcidas sobre las fronteras de la física, la astronomía, la cosmología, y el valor. También se trata de un libro acerca de Dios... o quizás acerca de la ausencia de Dios. La palabra Dios llena estas páginas. Hawking se embarca en una búsqueda de la respuesta a la famosa pregunta de Einstein sobre si Dios tuvo alguna posibilidad de elegir al crear el universo. Hawking intenta, como él mismo señala, comprender el pensamiento de Dios. Y esto hace que sea totalmente inesperada la conclusión de su esfuerzo, al menos hasta ahora: un universo sin un borde espacial, sin principio ni final en el tiempo, y sin lugar para un Creador.
Carl Sagan
Universidad de Cornell,
lthaca, Nueva York




13 enero 2008

CASCIARI. ESPAÑA PERDISTE.

Los quiénes y los porqué.


Los argentinos y los españoles habitamos en las dos puntas más extremas de la cuerda psicoanalítica. Nosotros vamos al psicólogo sin prejuicios y en masa, como quien concurre a la matiné de los domingos; ellos lo hacen con gafas de sol y a escondidas del barrio, como quien decide ir por primera vez a un cine porno para ver una cinta chancha. Y ni siquiera. En realidad no conozco a ningún español que vaya al psicólogo por propia voluntad. Suelen llevarlos los parientes cercanos cuando huelen el suicidio o la debacle.
Esto ocurre porque el español contemporáneo todavía no sabe exactamente en qué consiste estar deprimido. Muchos lo confunden con la jaqueca, otros con el dolor de espalda y la mayoría supone que la depresión es un deseo irrefrenable de pasar por el bar de camino a casa. Quizás por eso hay tantos bares.
Si bien la diferencia frívola entre nuestras dos culturas tiene que ver con la incompatibilidad gastronómica y otras idioteces a las que suelo referirme siempre aquí en Orsai, el gran desencuentro —la diferencia profunda entre españoles y argentinos— reside en que, por culpa del mucho psicoanálisis o su ausencia, somos incapaces de comunicarnos en la misma frecuencia emocional.
Un español y un argentino pueden hablar de fútbol, de trabajo, de amor, de política y de casi cualquier cosa; pero no les está permitido conversar sobre nada. Hablar de o hablar sobre, ahí está la cuestión. La diferencia entre estas preposiciones parece mínima a simple vista, pero no lo es.
Para hablar de amor, por ejemplo, sólo es necesario saber a quién le ha ocurrido qué. Para hablar sobre el amor, en cambio, es obligatorio analizar por qué ocurren ciertas cosas en el alma humana. Nosotros nos comunicamos a través de ideas abstractas, muchas veces densas y enroscadas, mientras que ellos lo hacen desde la circunstancia y la anécdota.

—A ver, tío, vé al grano o ponme un ejemplo —dirá en este momento el lector español, si es que queda alguno.

—Lo siento en el alma, querido amigo, pero los argentinos no sabemos ir al grano. Ése es el mejor ejemplo.

Hemos nacido y crecido, a veces sin desearlo, en una sociedad psicoanalizada. No todos somos moradores habituales del diván, es cierto, pero cada uno de nosotros tenemos una madre, un hermano, un jefe o una secretaria tetona que todos los martes y jueves hacen terapia y regresan con los ojos en compota. Estamos habituados al discurso, al recurso y al método analítico.
No; no podemos ir al grano.
En nuestro lenguaje coloquial utilizamos los neologismos depre, neura, masoca y persecuta como quien dice agüita fresca, y también hemos creado los verbos histeriquear, paranoiquear y sicopatear (tuvimos que inventarlos porque no podríamos armar una frase sin conjugar alguna de esas acciones). El argentino medio conoce las diferencias básicas entre la terapia freudiana y la gestáltica. El español medio, a fuerza de ir siempre al grano, todavía sigue confundiendo psicología con psiquiatría.
En realidad, nos resulta imposible profundizar con los nativos porque en España existe el culto del quién. En las conversaciones privadas, en los debates públicos, en los enfrentamientos políticos, en los titulares del periódico, en las charlas de sobremesa y en el cotidiano discurrir de cualquier diálogo español es necesario, es urgente y fundamental, saber a quién le ha ocurrido o de quién se está hablando.
—No estoy de acuerdo, argentino. Yo no soy así. Estarás refiriéndote a los madrileños, a los andaluces o a los gallegos. No a mí. ¿De quién estás hablando exactamente?
Quién. Necesitan saber el quién. Difícilmente les interesa el por qué.
Aquí sólo se habla de arte, de literatura, de política, de humor o de sexo cuando hay un cotilleo de por medio. Al no ser éste un país con costumbre de psicoanálisis, ni de sobremesa filosófica, es muy difícil que alguien quiera preguntarse, alguna vez, el por qué de las cosas que ocurren. Por qué no podemos reírnos de nosotros mismos. Por qué todos los días un marido sexagenario mata a su mujer a hachazos y después se tira del balcón. Por qué nuestros hijos intimidan a sus profesores. Por qué tenemos una derecha tan caricaturesca que da risa y una izquierda tan hipersensible que nunca entiende el chiste. Por qué aunque ahora tengamos el dinero seguimos sin tener la felicidad. Etcétera.
El largo tentáculo de la prensa rosa ha invadido todos los campos de la comunicación española, y sus ideas. Ya nadie se pregunta por qué, o peor: nunca se lo han preguntado. Nadie se recuesta en el diván, nadie cierra los ojos y mira serenamente su pasado o su interior. Todo el mundo está ansioso por saber a quién, y después cuándo, y después, si queda tiempo, dónde. A quién se refiere este cómico cuando dice la puta españa. De cuántos hachazos mató este señor sexagenario a su mujer. En qué comunidad autónoma los hijos de quién intimidan a sus maestros (porque en la mía no). Qué ha dicho esta mañana el periodista facha que siempre dice cosas fachas. Quién le ha respondido desde el otro lado y cuál fue el insulto progre que usó esta vez. Cuántos euros me han subido el salario y dónde coño está mi hijo que nunca me da un abrazo.
Nunca por qué.
A nosotros nos ocurre lo contrario, y también es un desastre, el gran desastre nacional. A cada charla, por más estúpida o superficial, la seccionamos con bisturí y la teorizamos, la recurrimos, la impugnamos y la cortamos en pedacitos. Conversamos sobre nuestras cosas y nuestras acciones hasta quitarles el sentido. Cada sobremesa entre amigos se convierte en terapia de grupo. Histeriqueamos, psicopateamos, somatizamos y sublimamos hasta volvernos psicóticos. Siempre alguno de nosotros acaba llorando, otro pegando el último portazo de su vida y un tercero descubriendo su homosexualidad. O su desesperación. O su destino de exiliado quejumbroso, y se va a vivir a España.
Los argentinos y los españoles somos dos familias destrozadas. Estamos hechos mierda por motivos tan diferentes, tan extremos y extrañamente tan idénticos, que parecemos rostros calcados en el dorso y el anverso de la misma hoja. Una de estas familias, de tanto gritarse las verdades a la cara, de tanto sacar la mierda a la luz del día, de tanto hacerle la autopsia al desencanto, se ha quedado desnuda y mutilada, sin saber quién es el asesino. La otra familia no habla sobre el tema de su dolor, no sabe no contesta, no encuentra los por qué de su desdicha y, por no poder, no puede ni mirarse en los ojos de su hermano. (Cuando España hace un gol, medio país no está saltando.)
Le hizo muy bien a la Argentina, hace setenta años, recibir en su pampa a los gallegos laburadores que después fueron nuestros abuelos. Y le hace bien a España, en estos tiempos, mezclarse con tanto charlatán de feria, cancherito y bocasuelta. El vecino que llega desde afuera, desde el mundo contrario, nunca trae las respuestas exactas que calman nuestro dolor, pero muchas veces, a fuerza de ser extraño o extranjero, nos acerca las preguntas adecuadas.
Quién y por qué.
Nosotros, los argentinos, deberíamos aprender a bajar dos cambios en la retórica del por qué y preguntarnos, de verdad, quién carajo nos ha hecho tanto daño. (Cuando Argentina hace un gol, los diputados se suben el sueldo porque todo el mundo está saltando.) Deberíamos matar de una vez al padre de todas nuestras miserias. Aprender de los españoles, al menos, esa mínima enseñanza.
Y ellos, está claro, deberían saber que ya es hora de sentarse en el diván, entrecerrar los ojos, y empezar a preguntar por qué.




También se puede leer en Casciari, H: 'España Perdiste'. Ed. Mondadori. Barcelona 2007.


COMENTARIO:


Como podréis comprobar, la cita corresponde a un relato preparado para un blog personal. Sin conocer previamente este BLOG decidí comprar el libro tras escuchar la entrevista de HERNAN CASCIARI - el autor- en un programa de RADIO 3. Me pareció suficientemente interesante como para comprar el libro y, de ahí, pasé a leer los textos de su blog. El libro constituye pues una selección de textos de este BLOG -a mi modo de entender, también son los mejores que se pueden encontrar en orsai-. Entre mis textos favoritos se encuentra 'Un asadito por el amor de dios', relato con el que me identifico desde mi estancia argentina (será posible que todavía mantenga una guerra con mi madre cuando trato de explicarle la filosofía del asado.... con otros ha sido directamente imposible plantear un argumento sobre la idea de cocinar la carne lentamente y disfrutar todo el proceso). Tampoco tienen desperdicio comentarios como estos:


''La hembra-española, por ende, tampoco nace entre algodones. Lo hace esquivando las patadas de padres, hermanos y novios quienes, al creer que el toro es la exégesis de su masculinidad, tratan a sus hembras como si fuesen vacas. Cansadas de no recibir piropos, agasajos y mimos, la hembra-española (al menos la que no muere por los golpes) se toma un taxi y se va a los aeropuertos, a esperar hombres de otras latitudes, a ver si hay suerte.
Y justamente desde los aeropuertos arriban, cansados de las exigencias femeninas de su especie, los argentinos-macho, con los puños llenos de verdades y la cavidad bucal explotando con piropos y lisonjas. El argentino-macho llega a España buscando una mujer serena que no esté acostumbrada a la caricia, y la hembra-española busca un hombre que sepa conversar de algo interesante durante más de dos minutos. ¡Feliz coincidencia!''
http://orsai.es/2004/09/pequea_teora_de_las_especies.php


O este:



Mi esposa es europea, y a todas las cosas raras que yo le cuento sobre mi juventud en Argentina las resuelve de dos maneras: o me dice ‘eres un mentiroso’, o me dice ‘eso es realismo mágico’. Odio ese prejuicio. ¿Por qué si un asiático levita es yoga, pero si levita un colombiano es un cuento de García Márquez? ¿Por qué si un hindú prescinde de los ahorros de toda su vida es ascetismo, y si lo hace un argentino es corralito? Hay mucho racismo'' intelectual en Europa. http://orsai.es/2007/12/la_madre_de_todas_las_desgracias.php

22 junio 2007

HENRY MILLER - TRÓPICO DE CAPRICORNIO


Una vez que has entregado el alma, lo demás sigue con absoluta certeza,
incluso en pleno caos.Desde el principio nunca hubo otra cosa que el caos: era un fluido que me envolvía, que aspiraba por las branquias. En el substrato, donde brillaba la luna, inmutable y opaca, todo era suave y fecundante; por encima, no había sino disputa y discordia. En todo veía en seguida el extremo opuesto, la contradicción, y entre lo real y lo irreal la ironía, la paradoja.

Era el peor enemigo de mí mismo. No había nada que deseara hacer que no pudiese igualmente dejar de hacer. Incluso de niño, cuando no me faltaba nada, deseaba morir: quería rendirme porque luchar carecía de sentido para mí. Consideraba que la continuación de una existencia que no había pedido no iba a probar, verificar, añadir ni sustraer nada. Todos los que me rodeaban eran unos fracasados, o, si no, ridículos. Sobre todo, los que habían tenido éxito. Estos me aburrían hasta hacerme llorar. Era compasivo para con las faltas, pero no por compasión. Era una cualidad puramente negativa, una debilidad que brotaba ante el simple espectáculo de la miseria humana. Nunca ayudé a nadie con la esperanza de que sirviera de algo; ayudaba porque no podía dejar de hacerlo. Me parecía inútil cambiar el estado de cosas; estaba convencido de que nada cambiaría, sin un cambio del corazón, ¿y quién podía cambiar el corazón de los hombres? De vez en cuando un amigo se convertía; era algo que me hacía vomitar. Tenía tan poca necesidad de Dios como El de mí, y con frecuencia me decía que, si Dios existiera, iría a su encuentro tranquilamente y le escupiría en la cara.
Lo más irritante era que, a primera vista, la gente solía considerarme bueno, amable, generoso, leal, etc., porque estaba exento de envidia. La envidia es la única cosa de la que nunca he sido víctima. Nunca he envidiado a nadie ni nada. Al contrario, lo único que he sentido ha sido compasión hacia todo el mundo y por todo.
Desde el principio mismo debí de haberme ejercitado en no desear nada demasiado ardientemente. Desde el principio mis­mo, fui independiente, pero de forma falsa. No necesitaba a nadie porque quería ser libre, libre para hacer y dar sólo lo que dictaran mis caprichos. En cuanto esperaban algo de mí o me lo pedían, me plantaba. Esa fue la forma que adoptó mi independencia. En otras palabras, estaba corrompido, corrompido desde el princi­pio. Como si mi madre me hubiera amamantado con veneno, y, aunque me destetó pronto, el veneno permaneció en mi organis­mo. Parece ser que, incluso cuando me destetó, me mostré completamente indiferente; la mayoría de los niños se rebelan, o fingen rebelarse, pero a mí me importaba un comino. Era un filósofo, siendo todavía un niño de mantillas. Estaba contra la vida, por principio. ¿Qué principio? El principio de la futilidad. Todos los que me rodeaban luchaban sin cesar. Por mi parte, nunca hice un esfuerzo. Si parecía que hacía un esfuerzo, era sólo para agradar a alguien; en el fondo, me importaba un bledo. Y si pudierais decirme por qué había de ser así, lo negaría, porque nací con una vena de maldad y nada puede suprimirla. Más adelante, cuando ya había crecido, me enteré de que les costó un trabajo de mil demonios sacarme de la matriz. Lo entiendo perfectamente. ¿A santo de qué moverse? ¿A son de qué salir de un lugar agradable y cálido, un refugio acogedor donde te ofrecen todo gratis? El recuerdo más temprano que tengo es el del frío, la nieve y el hielo en el arroyo, de la escarcha en los cristales de las ventanas, del helor de las verdes paredes maderosas de la cocina. ¿Por qué vive la gente en los rudos climas de las zonas templadas, como las llaman impropiamente? Porque la gente es idiota por naturaleza, perezosa por naturaleza, cobarde por naturaleza. Hasta que no cumplí diez años, nunca me di cuenta de que existían países «cálidos», lugares donde no tenías que ganarte la vida con el sudor de la frente ni tintar y fingir que era tónico y estimulante. En todos los sitios donde hace frío hay gente que se mata a trabajar y, cuando tienen hijos, les predican el evangelio del trabajo, que, en el fondo, no es sino la doctrina de la inercia. Mi familia estaba formada por nórdicos puros, es decir, idiotas. Suyas eran todas las ideas equivocadas que se hayan podido exponer en este mundo. Una de ellas era la doctrina de la limpieza, por no hablar de la de la probidad. Eran penosamente limpios. Pero por dentro apestaban. Ni una sola vez habían abierto la puerta que conduce hasta el alma; ni una sola vez se les ocurrió dar un salto a ciegas en la oscuridad. Después de comer, se lavaban los platos con presteza y se colocaban en la alacena; después de haber leído el periódico, se plegaba cuidadosamente y se guardaba en un estante; después de lavar la ropa, se planchaba y doblaba y luego se guardaba en los cajones. Todo se hacía pensando en el mañana, pero el mañana nunca llegaba. El presente sólo era un puente, y en él siguen gimiendo, como el mundo, y ni a un solo idiota se le ocurre volar el puente.
Mi amargura me impulsa con frecuencia a buscar razones para condenarlos, para mejor condenarme a mí mismo. Pues soy como ellos también, en muchos sentidos. Durante mucho tiem­po creía que había escapado, pero con el paso del tiempo veo que no soy mejor, que soy un poco peor incluso, porque yo vi siempre las cosas con mayor claridad que ellos y, sin embargo, seguí siendo incapaz de cambiar mi vida. Cuando rememoro mi vida, me parece que nunca he hecho nada por mi propia voluntad, sino siempre apremiado por otros. A menudo la gente me toma por un aventurero; nada podría estar más alejado de la verdad. Mis aventuras han sido siempre casuales, siempre im­puestas, siempre sufridas en lugar de emprendidas. Pertenezco por esencia a ese pueblo nórdico, altivo y jactancioso que nunca ha tenido el menor sentido de la aventura, a pesar de lo cual ha recorrido la Tierra y la ha vuelto del revés, esparciendo vestigios y ruinas por todas partes. Espíritus inquietos, pero no aventure­ros. Espíritus agonizantes, incapaces de vivir en el presente. Vergonzosos cobardes, todos ellos, yo incluido. Pues sólo existe una gran aventura y es hacia dentro, hacia uno mismo, y para ésa ni el tiempo ni el espacio ni los actos, siquiera, importan.
Cada ciertos años estuve a punto de hacer ese descubrimiento, pero fue muy propio de mí que siempre consiguiera escurrir el bulto. Si intento pensar en una buena excusa, la única que se me ocurre es el ambiente, las calles que conocí y la gente que vivía en ellas. No puedo pensar en calle alguna de América, ni en persona alguna que viva en ella, capaces de enseñarle a uno el camino que conduce al descubrimiento de sí mismo. He recorrido las calles de muchos países del mundo, pero en ninguna parte me he sentido tan degradado y humillado como en América. Pienso en todas las calles de América combinadas y como formando una enorme letrina, una letrina del espíritu en que todo se ve aspirado hacia abajo, drenado y convertido en mierda eterna. Sobre esa letrina el espíritu del trabajo agita una varita mágica; palacios y fábricas surgen juntos, y fábricas de municiones y de productos químicos y acerías y sanatorios y prisiones y manicomios. El continente entero es una pesadilla que produce la mayor miseria para el mayor número. Yo era uno solo, una sola entidad en medio de la mayor francachela de riqueza y felicidad (riqueza estadística, felicidad estadística), pero nunca conocí a un hombre que fuera verdaderamente rico ni verdaderamente feliz. Yo por lo menos sabía que era desgraciado, que era pobre, que estaba desarraigado, que desentonaba. Ese era mi único consuelo, mi única alegría. Pero no bastaban. Habría sido mejor para mi paz espiritual, para mi alma, que hubiera expresado mi rebelión a las claras, que hubiese ido a la cárcel, que me hubiese podrido y hubiese muerto en ella. Habría sido mejor que, como el loco Czolgosz, hubiera matado a tiros a algún honrado presidente McKinley, a algún alma apacible e insignificante como ésa que nunca hubiese hecho el menor daño a nadie. Porque en el fondo de mi corazón anidaba un asesino: quería ver a América destrui­da, arrasada de arriba abajo. Quería verlo suceder por pura venganza, como expiación por los crímenes que cometían contra mí y contra otros como yo que nunca han sido capaces de alzar la voz y expresar su odio, su rebelión, su legítima sed de sangre.
Yo era el producto maligno de un suelo maligno. Si no fuera imperecedero, el «yo» de que escribo habría quedado destruido hace mucho tiempo. A algunos esto puede parecerles una invención, pero lo que quiera que imagine haber ocurrido sucedió efectivamente, por lo menos para mí. La Historia puede negarlo, ya que no he participado en la historia de mi pueblo, pero aun cuando todo lo que digo sea falso, parcial, rencoroso, malévolo, aun cuando sea yo un mentiroso y un envenenador, aun así es la verdad y tendrán que tragarla.
En cuanto a lo que sucedió...


Todo lo que ocurre, cuando tiene importancia, es contra­dictorio por naturaleza. Hasta que no apareció aquella para la que escribo esto, pensaba que las soluciones para todas las cosas se encontraban en algún lugar exterior, en la vida, como se suele decir. Cuando la conocí, pensé que estaba aprehendiendo la vida, aprehendiendo algo en que podría hincar el diente. En lugar de eso, la vida se me escapó de las manos completamente. Extendí los brazos en busca de algo a que apegarme... y no encontré nada. Pero, al hacerlo, con el esfuerzo por aterrarme, por apegarme, a pesar de haber quedado desamparado, descubrí algo que no había buscado: a mí mismo. Descubrí que lo que había deseado toda mi vida no era vivir —si se llama vida a lo que otros hacen—, sino expresarme. Comprendí que nunca había sentido el menor interés por vivir, sino sólo por lo que ahora estoy haciendo, algo que es paralelo a la vida, pertenece a ella al mismo tiempo, y la sobrepasa. Lo verdadero me interesa poco o nada, y tampoco lo real, siquiera; sólo me interesa lo que imagino ser, lo que había asfixiado día a día para vivir. Que muera hoy o mañana carece de importancia para mí, nunca la ha tenido, pero que ni siquiera hoy, tras años de esfuerzo, pueda decir lo que pienso y siento... eso sí que me preocupa, me irrita. Desde la infancia me veo tras la pista de ese espectro, sin disfrutar de nada, sin desear otra cosa que ese poder, esa capacidad. Todo lo demás es mentira: todo lo que haya hecho o dicho en cualquier época que no tuviera relación con eso. Y ésa es, en gran medida, la mayor parte de mi vida.


Yo era una contradicción en esencia, como se suele decir. La gente me consideraba serio y de altas miras, o alegre e imprudente, o sincero y formal, o descuidado y despreocupa­do. Era todo eso a la vez... y algo más, algo que nadie sospechaba, yo menos que nadie. Cuando era un niño de seis o siete años, solía sentarme en la mesa de trabajo de mi abuelo y leer para él, mientras cosía. Lo recuerdo vivamente en los momentos en que, apretando la plancha caliente contra la costura de una chaqueta, se quedaba con una mano sobre la otra y miraba soñador por la ventana. Recuerdo la expresión de su cara, cuando se quedaba soñando así, mejor que el contenido de los libros que leía, mejor que las conversaciones que sosteníamos o que los juegos en que participaba en la calle. Solía preguntarme con qué estaría soñan­do, qué era lo que le hacía quedarse así ensimismado. Todavía no había yo aprendido a soñar despierto. Siempre estaba lúcido, en el presente, y entero. Su ensueño me fascinaba. Sabía que no tenía relación con lo que estaba haciendo, que no pensaba lo más mínimo en ninguno de nosotros, que estaba solo y estando solo se sentía libre. Yo nunca me sentía solo, y menos que nunca cuando estaba solo. Me parecía que siempre estaba acompañado; era como una migaja de un gran queso, que era el mundo, supongo, aunque nunca me detuve a pensarlo. Pero sé que nunca existí separado, nunca pensé que fuera yo el gran queso, por decirlo así. De modo que, incluso cuando tenía razones para sentirme desdichado, para quejarme, para llorar, tenía la ilusión de participar en una desdicha común, universal. Cuando lloraba, el mundo entero lloraba: y así lo imaginaba. Muy raras veces lloraba. La mayoría de las veces estaba contento, me divertía. Me divertía porque, como he dicho antes, en realidad todo me importaba tres cojones. Estaba convencido de que, si las cosas me salían mal, le salían mal a todo el mundo. Y generalmente las cosas sólo salían mal cuando uno se preocupaba demasiado. Eso se me quedó grabado desde muy niño. Por ejemplo, recuerdo el caso de mi amigo de la infancia Jack Lawson. Durante todo un año estuvo en cama víctima de los peores sufrimientos. Era mi mejor amigo, o por lo menos eso decía la gente. Bueno, pues, al principio probablemente lo compadecía y quizá de vez en cuando pasaba por su casa para preguntar por él, pero al cabo de un mes o dos me volví completamente insensible a su sufrimien­to. Me decía que tenía que morir y que cuanto antes mejor, y, después de haber pensado eso, actué en consecuencia, es decir, que muy pronto lo olvidé, lo abandoné a su suerte. Por aquel entonces sólo contaba doce años y recuerdo que me sentí orgulloso de mi decisión. También recuerdo el entierro... lo vergonzoso que fue. Allí estaban, amigos y parientes, todos congregados en torno al féretro y todos ellos llorando a gritos como monos enfermos. La madre, sobre todo, me daba cien patadas. Era una persona rara, espiritual, adepta de la Christian Science, creo, y, aunque no creía en la enfermedad ni en la muerte tampoco, armó tal escándalo, que era como para que el propio Cristo se hubiera alzado de la tumba. Pero, ¡su amado Jack, no! No, Jack yacía allí frío como el hielo y rígido y sordo a sus llamadas. Estaba muerto y la cosa no tenía vuelta de hoja. Yo lo sabía y me alegraba. No desperdicié lágrimas en relación con ello. No podía decir que había pasado a mejor vida porque, al fin y al cabo, su «él» había desaparecido. El se había ido y con él los sufrimientos que había soportado y el dolor que involuntaria­mente había causado a otros. «¡Amén!», dije para mis adentros, y acto seguido, como estaba ligeramente emocionado, me tiré un sonoro pedo... justo al lado del ataúd.
Eso de tomar las cosas en serio... recuerdo que no me apareció hasta la época en que me enamoré por primera vez. Y ni siquiera entonces me las tomaba demasiado en serio. Si lo hubiera hecho verdaderamente, no estaría ahora aquí escribiendo sobre eso: habría muerto de pena, o me habría ahorcado. Fue una mala experiencia porque me enseñó a vivir una mentira. Me enseñó a sonreír cuando no lo deseaba, a trabajar cuando no creía en el trabajo, a vivir cuando carecía de razón para seguir viviendo. Incluso cuando la hube olvidado, conservé la costumbre de hacer aquello en lo que no creía.
Desde el principio todo era caos, como he dicho. Pero a veces llegué a estar tan cerca del centro, del núcleo de la confusión, que me asombra que no explotara todo a mi alrededor.


Extraído de: Miller, Henry: Trópico de Capricornio. Ediciones Alfaguara, S.A. 1978


COMENTARIO:


Cuando leí Trópico de Capricornio quedé absolutamente impactado. Después seguí otras obras de Miller, su escritura densa, el erotismo absorbente de sus palabras, su espíritu crítico y contradictorio... Me parece un escritor ideal para leer en verano. Si queréis saber más de Miller, tenéis un sinfín de páginas web con anécdotas, extractos de escritos suyos, etc.



08 abril 2007

GROUCHO MARX: LOS CUATRO COCOS.



LA ESCENA DE LA SUBASTA

Groucho se encuentra sentado tras el escritorio.

GROUCHO




Acérquese, quiero verle de cerca. Ahora escúcheme bien, no quiero a ese mamarracho pelirrojo corriendo por el vestí­bulo de un lado para otro. Si espera que se quede en la habi­tación va a tener que amordazarlo.

CHICO Primero habría que atrapado.

GROUCHO

¿Quién es?

CHICO
Es mi socio, el mudo. Viene de la capital.

GROUCHO
Ah, su socio capitalista. Si no recuerdo mal, usted m_ ha­bía telegrafiado preguntándome por unos terrenos. He esta­do pensando en ello. Puedo dejade tres que le hacen frente al agua u otros tres con vistas a un aguacate. Bien, los tres sola­res me costaron nueve mil dólares, pero usted me cae bien y se los voy a dejar en quince mil.

CHICO
Yo no puedo comprar nada. No tengo dinero.

GROUCHO

¿No tiene dinero?

CHICO

Ni un centavo.

GROUCHO ¿Y cómo piensa pagar la habitación?

CHICO Depende de cómo se mire.

GROUCHO
Ya. Por lo que veo usted no parece tener ningún mira­miento.



CHICO
Vinimos aquí a ganar dinero. Un día leí en el periódico: «Próxima explosión inmobiliaria en Florida». Y nos vinimos, nos gusta explotar al prójimo.

GROUCHO
Pues yo le voy a enseñar a ganar dinero a montones. Pron­to voy a subastar unos terrenos en Cocoanut Manor, los com­pradores pujarán por ellos. Sabe lo que es pujar, ¿no es cierto?

CHICO
Sí, vine de Italia en un barco lleno y en todo el viaje no de­
jaron de pujarme.

GROUCHO
Hagamos ver que no le he oído. Como le decía, la subasta tendrá lugar en Cocoanut Manor. Y cuando los compradores se apiñen quiero que usted se mezcle entre ellos. Pero no les robe las carteras, sólo simule ser un comprador más...

CHICO Puedo hacer ambas cosas.

GROUCHO
¿Qué opina usted? Quizá lo que esté de más sea la subas­ta. Mire, lo que quiero decir es que si alguien dice «cien dóla­res», usted dice doscientos; si alguien dice doscientos, usted dice trescientos...

CHICO

Tengo que gritar.

GROUCHO
Efectivamente. Y si nadie dice nada el que comienza es usted.

CHICO
¿ y cómo voy a saber cuándo nadie dice nada?

GROUCHO
Tal vez se lo notifiquen. ¿Es usted tonto? ¿Qué cree que
pasará? Si nadie dice nada, lo oirá.

CHICO

Quizá no oiga nada.

GROUCHO
Vale, pero no se lo explique. Bien, si tenemos éxito y nos deshacemos de estos tres terrenos, haré que tenga una buena comisión.

CHICO



Preferiría que fuera dinero.

GROUCHO
Lo que usted quiera. Bien, para disponer de los solares
necesitamos planos de catastro. ¿Sabe lo que es el catastro?

CHICO Es como una pulmonía.

GROUCHO
¿Y cómo es que nunca cogió una pulmonía doble?

CHICO Es que suelo estar solo.

GROUCHO
Pero entiende lo que es un solar, ¿no es cierto? Un solar no tiene nada que ver con elsol. Un solar es un montón de tierra sin nada.

CHICO
Cuando uno tiene mucha tierra, tiene un solar. Déjeme que se lo explique; a veces uno no tiene mucha tierra, entonces uno no tiene un solar, tiene un terreno. A alguien le puede parecer que es un montón de tierra, pero un montón de tierra también es un solar. Ahora bien, si un solar es un montón, demasiado también es un solar, pero más grande. O sea, lo mismo.

GROUCHO
Lo felicito, Sócrates. Ahora le voy a explicar lo que vamos a hacer. Esto que ve es un mapa de toda el área de Cocoanut. Todos estos terrenos se encuentran dentro de un radio apro­ximado de dos kilómetros. ¿Existe la remota posibilidad de que sepa lo que es un radio?

CHICO

Una cosa con música.

GROUCHO
Pues esa sí que se la puse en bandeja. Ya veo que explicar­
le esto va a ser pan comido.

CHICO

Aprendo rápido.

GROUCHO
No, eso es una frase de una película. Mire, Einstein, aquí está Cocoanut Manor. (Ambos miran el plano.) Y diga lo que diga, esto es Cocoanut Manor, o sea Propiedades Residencia­les Los Cocos. Aquí está Cocoanut Manor y, aquí, Cocoanut Heights; o sea, Cerros de Los Cocos. Yeso que ve aquí es una marisma, y aquí, donde la carretera se bifurca, está Cocoanut Junction, o sea el Cruce de Los Cocos.

CHICO ¿Qué es una bifurcación?

GROUCHO
Es cuando de una carretera salen tres, como un tenedor.

CHICO
¿Y con tanto coco no tienen también natillas de coco?

GROUCHO
No, pero no se preocupe ni por las natillas ni por el tene­dor. Seguramente usted come con cuchillo. Pero, sigamos con lo nuestro. Aquí está la carretera principal, la de salida de Cocoanut Manor. Por esa carretera desearía que usted se fuera y no volviera más. Y aquí, en este preciso lugar, vamos a construir un hospital oftalmológico. Nos va a costar un ojo de la cara. ¿Entiende? Muy bien. Y ésta de aquí es la zona re­sidencial.

CHICO ¿Así que allí vive gente?

GROUCHO
No, son todos corrales. Y más allá, bordeando la costa,
están los atracaderos.

CHICO
Ah, el barrio bajo donde viven los malandras...

GROUCHO
Mire, haré como que no lo he oído. Qué gran suerte tra­bajar juntos. Lo que se ve aquí es una pequeña península y ese es el puente que la conecta con tierra firme.

CHICO

¿Que firme qué?

GROUCHO
Oiga, no estamos jugando al juego del teléfono averiado.
Dije «tierra firme».

CHICO
Vale, ¿pero que firme qué? ¿Por qué tierra tengo que fir­
mar?

GROUCHO
Mire, yo tampoco nací en Florida. Pero lo que sí sé es que
ese puente es indispensable para cruzar a tierra firme.

CHICO ¿Y por eso hay que firmar?

GROUCHO
Imagínese que usted viene montado a caballo, llega a este
arroyo y quiere salvado.

CHICO
¿Por qué vaya querer salvar el arroyo? Antes salvaría el
caballo.

GROUCHO
Vale. Siento mucho que haya surgido ese otro asunto. To­do lo que puedo decide es que es un puente que conecta la península con tierra firme.

CHICO
Espere un momento. Entiendo lo del solar, lo del caballo, esto y lo otro. Pero lo que no entiendo es por qué tengo que sacrificar a mi caballo y además firmar.

GROUCHO
Olvídelo, sólo era una broma. Una broma, ¿entiende? Mañana por la mañana construirán un túnel. ¿Le queda cla­ro? Ahora, ¿sería tan amable de dejarme continuar? Le dirélo que haré; lo acompañaré y le mostraré nuestro cemente­rio. Tengo cincuenta compradores que se mueren de ganas por invertir. Pero usted me cae bien...

CHICO

Usted es mi amigo.

GROUCHO
... me cae bien, por eso lo vaya empujar a una fosa antes que a cualquiera de ellos. Me aseguraré de que le toque un buen lugar, y de que nadie se lo quite.

CHICO

Qué bien.

GROUCHO
y me aseguraré también de que sea horizontal.

CHICO

Ya.



GROUCHO
De acuerdo, pero no se olvide de que cuando comience la
subasta si alguien dice cien dólares...

CHICO ... Yo digo «doscientos».

GROUCHO ¡Estupendo! Y si alguien dice doscientos...

CHICO oo. Yo digo «trescientos».

GROUCHO ¡Magnífico! ¿Y sabe cómo llegar hasta allí?

CHICO

No, no entiendo.

GROUCHO
Escúcheme con atención. (Ambos miran el plano.) Baja por aquí, por el sendero estrecho, hasta llegar a esta pequeña jungla que ve aquí. ¿La ve? Aquí, donde están estas casas con tejados de hoja de palmera. Y un poco más adelante hay un pequeño claro con una cerca de alambre. ¿Ve la cerca?

CHICO Sí, pero no está tan cerca.

GROUCHO
Ah, no. No vamos a pasar por todo eso otra vez. Venga
conmigo, lo voy a poner muy guapo.

Groucho convence a Chico para que actúe como su secuaz, para subir el precio de unos terrenos pantanosos e inútiles. ¡Pero la que se le viene encima! Al aprendiz de timador se le dan muy mal las matemáticas, y mucho peor cumplir las órdenes de su jefe.

GROUCHO
¡Esto es Florida, amigos! Sol, un, sol perpetuo, un sol que brilla todo el año. Pero acabemos con esto antes de que se desate un tornado. Por aquí... Un poco más al frente... Acér­quense un poco más, señoras y señores. Queridos amigos, en este momento se encuentran en Cocoanut Manor, una de las ciudades más elegantes de Florida. Naturalmente aún nos quedan por mejorar una o dos cosas, pero ¿a quién no? Éste es el corazón del barrio residencial. Todos los terrenos están a un tiro de piedra de la estación, y no habrán tirado apenas algunas piedras cuando ya esté construida. En este preciso lugar alzaremos ochocientas elegantísimas viviendas. ¡Pero si es como si ya hubiesen sido construidas! Y lo que es más, ustedes podrán elegir el tipo de casa que deseen. Hasta po­drán hacerse un típico chalet californiano. Hasta llegaría a recomendarles que mejor lo compraran allí. Éste es el mo­mento de invertir, mientras dure este «boom» junto al mar. Y olviden el dicho aquel de los pelillos... Pero, eso sí, recuerden que les doy mi palabra: si estos terrenos no duplican su valor en dos años, no sé qué van a hacer para remediarlo. Estudie­mos ahora el solar número veinte, justo en la intersección de la avenida De Sota. Naturalmente ustedes saben quién era De Sota. Aquel explorador que descubrió un gran espejo de agua. y también conocen el agua burbujeante que bautiza­ron en su honor como «agua De Sota». Pues el terreno en cuestión tiene, de frente, veinte pies; de fondo, catorce pies, y además un felpudo para dos pies. Y bien, comencemos la su­basta. ¿Qué me ofrecen por el solar número veinte? ¿Alguien desea comenzar la puja? Cualquier cifra basta.

CHICO

Doscientos dólares.

GROUCHO
El caballero ofrece doscientos dólares. ¿Alguien ofrece
más?

CHICO

Trescientos dólares.



GROUCHO
Pues eso casi acaba con la subasta. Y luego me aseguraré
de acabar con usted.

CHICO ¡Cuatrocientos dólares! ¡Quinientos dólares!

GROUCHO ¿Alguién ha dicho seiscientos?

CHICO

¡Seiscientos dólares!

GROUCHO
Vendido al caballero por seiscientos dólares. Cerremos el trato y encerrémoslo a él. Pues sí que he recuperado los gas­tos con esa venta. Un éxito, un gran éxito. Otro éxito como ése y tendré que venderle mi cuerpo a la facultad de medici­na. Bien, veamos ahora el solar número veintiuno. Ahí lo po­déis ver, ahí dónde se encuentra el cocotero. Bien, damas y caballeros, ¿qué me ofrecen por el solar número veintiuno?


CHICO

Doscientos dólares.

GROUCHO
Pero, querido amigo, la leche de esos cocos vale más de doscientos dólares. y qué leche, leche de felices y satisfechos cocoteros de Florida. ¿Quién ofrece trescientos?

CHICO
¡Cuatrocientos dólares! ¡Quinientos dólares! ¡Seiscientos dólares! ¡Setecientos dólares! ¡Ochocientos dólares! Venga, a mí me da igual...

GROUCHO
¿Le da igual? ¿Y yo qué? Vendido a Me-da-igual por ochocientos dólares. Espero que todos sus dientes tengan ca­ries, caballero. Y no se olvide que «los abscesos siempre son malos». Debí haberme dado cuenta de que era un profesio­nal cuando me preguntó acerca de la firma. Debí haberme percatado. Lo presentí, pero no supe que era un profesional de la bancarrota... Damas y caballeros, ¿quién se hará con el número veintidós? ¿Qué me ofrecen por el solar número veintidós?

CABALLERO

Cien dólares.

CHICO

Doscientos dólares.

GROUCHO
¡Vendido al caballero por cien dólares! Hágame caso (aChico), no por mucho amanecer se madruga más temprano.

Extraído de: Kanfer, S: El ABC de Groucho Marx. RBA editores. 2006.


COMENTARIO:

Aunque Groucho Marx destacó más por su trabajo cinematográfico, su biografo Stefan Kanfen nos muestra también la cara literaria de un Groucho insomne obligado a paliar sus tiempos nocturnos con un sinfin de lecturas. Se puede creer que los argumentos de las películas de los Hermanos Marx nacen de la pluma de un Groucho insipirado; incluso, puede llegar a pensarse que son fruto de la inventiva en momentos brillantes de improvisación. Sin desmerecer la propia obra de GROUCHO, su genialidad sin duda se concentra en la interpretación y siempre con la ayuda de sus hermanos. Grocuho destacó después por sus alocadas locuciones radiofónicas, por sus neuróticas columnas periodísticas y en las réplicas brillantes a los concursantes de su programa televisivo.
Como bien comenta Kanfer, detrás de cada diálogo en sus películas se encuentra la autoría de narradores desconocidos que merecen parte de la aclamada crítica popular. En palabras de Kanfer:

Los cuatro cocos (The Cocoanuts), escrita por George S. Kaufman, atribuida también a Morrie Ryskind, fue el primer largometraje musical propiamente dicho. Incluía las novedo­sas tomas cenitales de las coristas, que fueron luego utiliza­das, con excelentes resultados, por Busby Berkeley. La pelícu­la, más bien copia que adaptación de la obra teatral, trataba sobre los destinos de un empobrecido hostelero de Florida (Groucho) que intenta resarcirse de anteriores fracasos mer­cantiles. Utiliza dos ardides; por un lado, vende terrenos que carecen de valor alguno y, por el otro, intenta seducir a una millonaria (Margaret Dumont, en su primera aparición junto a los hermanos). Sienta, además, las bases para todas las pelí­culas futuras. Zeppo es un factótum anodino; Harpo, un ma­niático seguidor de mujeres; Chico, un papanatas que parece no dar jamás pie con bola, tal y como sucede en la escena de la subasta inmobiliaria donde éste enreda a Groucho con su valiosa «ayuda». La obra teatral incluía cantidades indus­triales de material infalible, que había sido concienzudamen­te probado en el circuito de pequeñas ciudades e incluso en Broadway. Pese a todo, a Kaufman no dejaba de espantarle que Groucho improvisara continuamente, incluso mientras rodaban la película. Además de llevar a los Marx a toda una nación, Los cuatro cocos es importante por otra razón: Irving Rerlin compuso los números musicales, aunque es el único largometraje que no le dio una canción de gran éxito. Al co­menzar la producción, el compositor le había propuesto a Kaufman el tema Always (Siempre), pero Kaufman se oponía a la primera estrofa, «Te amaré, por siempre». Quizá por re­memorar sus propios interludios amorosos, el dramaturgo su­girió una letra más apropiada: «Te amaré, el jueves». Rerlin optó por retirar la canción.






09 diciembre 2006

HANS MAGNUS ENZENSBERGER: Conjeturas sobre la turbulencia



El pluralismo no respeta nada. Tampoco el futuro está a salvo de él. Como si ello resultara evidente sin más, en todas las lenguas naturales es uno de esos singularia tantum de los que, al igual que el pasado y el presente, pensamos que ocurren una vez. Cuando, por el contrario, pensamos en lo que nos espera, la cabeza nos da vueltas. Hemos perdido la capacidad de subsumir bajo el singular lo que todavía no existe. En este sentido no es que tengamos demasiado poco futuro ante nosotros, o ninguno en absoluto, como el polvoriento lema No future pretende hacernos creer, sino demasiado, vale decir demasiados. El futuro en tanto que representación homogénea se ha vuelto impensable. Cada reflexión que se le dedica se escinde según el esquema de decisiones indefinidamente bifurcadas y origina una diversidad que no podemos dominar, pero que tampoco podemos evitar.
Todos estos futuros compiten entre sí y acaban con heridas cuando se abren paso a codazos, lo que disminuye a cada uno de ellos y lesiona a todos en su dignidad. Presumiblemente la tan lamentada desaparición de la utopía tiene su causa en esa autorrelativización de lo posible. No porque ya no se nos ocurra nada, sino porque la oferta de fantasmas sobrepasa nuestra capacidad mental, los proyectos disponibles, con independencia de que se llaman utopía o metopía, nos parecen carentes de valor vinculante, por no decir banales.
La futurología es la ciencia de los posos de café. Los esquemas y estructuras que quiere interpretar los atribuye a su material, para después leerlos a partir de éste; de este modo salieron los canales de Marte y el rostro de la luna. Este proceder psicológico puede apoyarse en un acuerdo tácito con nuestras proyecciones diarias. Es divertido ver cómo se cruza el término matemático con el psicológico, sin que por ello ninguna de las disciplinas implicadas vea más claro el asunto.
El pluralismo del futuro es entre tanto parte del decorado interior de la normalidad. Cualquiera que «piense más allá del día de hoy» -¿y quién puede escaparse de ello?- desarrolla inevitablemente series enteras de escenarios que no sólo son inconsistentes entre sí, sino que se excluyen mutuamente. La misma persona que está convencida de que una catástrofe de escala mundial es inminente, suscribe sin pestañear un seguro de vida a 30 años. La oscilación entre época de Acuario y apocalipsis, New Age y cálculo de la jubilación, nirvana y asesoramiento para la inversión hace tiempo que se ha convertido en un fenómeno de masas. Es fácil reírse de los escenarios más burdos en que anida la superstición, pero también entre personas que se consideran plenamente sensatas el futuro se cotiza, y sus alzas y bajas serían difíciles de explicar racionalmente. La guerra nuclear en Europa, todavía hace pocos años una pesadilla obsesiva, prácticamente ha desaparecido del todo de la fantasía colectiva. En su lugar se conjura el ocaso ecológico en innumerables versiones. Así, lo inimaginable se presenta como mera variante, la extinción de la especie como intercambiable material de juego.
También las «visiones» del ocaso son parte del ciclo de valorización de los medios. Su totalidad es aparente; el carácter definitivo que reclaman deja espacio para otros, que se presentan como igual de exclusivos; todo se vuelve por completo distinto porque la economía mundial está a punto de hundirse, porque la Inteligencia Artificial sustituye al sujeto, porque epidemias incurables hacen aparecer como superfluas a todas las restantes catástrofes, porque la técnica genética pone un término al hombre, y así sucesivamente.
Pero tampoco puede uno fiarse del pesimismo. No sólo los plazos mensuales de amortización de la casa propia le imponen restricciones tácitas, pero tenaces. El mismo ciudadano mayor de edad que está convencido del imparable envenenamiento de la Tierra, del derretimiento de los cascos polares, del agotamiento de todos los recursos, se aferra al propio tiempo a la ideología del technical fix y espera la invención salvadora, el truco imperceptible que resolverá todos los problemas energéticos.
La coexistencia de lo incompatible domina también en la esfera de los expertos. Los economistas pueden ser considerados los pioneros de la profecía moderna. Desde que hay memoria, del todo inmunes a las refutaciones por parte de la realidad y con semblante serio están haciendo el horóscopo a la economía. El marxista ortodoxo calcula la fecha en que se colapsará definitivamente el capitalismo, el asesor de inversiones fanfarrón predice en folletos de mucho brillo la próxima alza bursátil. Ambos se encuentran con un público crédulo.
El puesto en el columpio lo ocupa el destinatario de esos esfuerzos. Los medios lo exponen a un cambio continuo de consignas catastrofistas y tranquilizadoras, y apenas le queda otra posibilidad que acostumbrarse al hábil equilibrio de pánico y apatía. El common sense que cree en poder salir adelante improvisando se inmuniza a la larga contra las instrucciones de conductas ocultas tanto en las profecías positivas como en las negativas. El que eche una mirada a los escenarios de futuro de los años 50, 60, 70, tendrá que confesar que el buen sentido común con sus limitaciones no ha quedado peor que todos los think tanks de este mundo.
Son por consiguiente muy palpables las experiencias que han privado de terreno a la filosofía de la historia. La ingenuidad de todas las teorías, al fin y al cabo versiones secularizadas de la historia sagrada, se ha vuelto manifiesta también para quien no está muy acostumbrado al pensamiento especulativo. Con indiferencia de que se presenten con ropaje «progresista» o «conservador», su autoconfianza ha sufrido golpes, y se les nota que tan sólo administran su propio legado.
De modo sorprendente y memorable es precisamente una determinada fracción de las ciencias «duras» la que en esta situación tiene propuestas nuevas que hacer, y ello de modo tal que se despide de su propia tradición, la dogmática del cálculo exacto. De la terminodinámica, de la teoría de la evolución y de sistemas, pero también de la matemática y de la física teórica han surgido impulsos que acaso puedan contribuir a salir de los viejos callejones sin salida. Se trata ahora de nuevos paradigmas de la autoorganización, de estructuras disipativas y lógicas no lineales. Una cosa cuando menos ha quedado fuera de duda: que la evolución de sistemas complejos no puede ser predicha exactamente por principio; su curso es influido decisivamente por sucesos singulares, con frecuencia de elevada improbabilidad. Insumos diminutos pueden originar el «vuelco» de conjuntos muy amplios, en tanto que, por otra parte, enormes factores influyentes son integrados dinámicamente sin que se produzcan turbulencias incontrolables.
Más interesante es la pregunta de si esas nuevas formas de pensar se pueden aplicar asimismo a procesos sociales. Sus inventores actúan con moderación al respecto, probablemente no sólo porque no se sienten competentes, sino porque asimismo les asustan las implicaciones ideológicas de esa transferencia. No tienen ganas de ponerse al alcance del cuchillo de la política. Por el contrario, desde su triunfante polémica contra el darwinismo social, desde hace 100 años por tanto, los sociólogos y los críticos sociales consideran cosa probada que no se puede aprender nada de las ciencias naturales. Esta reserva se ha solidificado hace tiempo en la izquierda como prohibición de pensar. Sólo en los últimos tiempos se están dando movimientos de aproximación a la cuestión de si estaríamos o no autorizados a reflexionar sobre posibles homologías entre procesos físicos, biológicos y sociales.
Y, sin embargo, es precisamente la constitución de las sociedades más ricas la que sugieren tales exploraciones; se han despedido de la idea de la planificabilidad. Los poderosos y los impotentes, los individuos aislados y los grupos persiguen como siempre sus objetivos particulares, pero el movimiento del todo se escapa a sus intenciones, incluso a su imaginación. A nadie se le ocurriría proyectar un «plan quinquenal» para llevarlo a la práctica, no hablemos ya de objetivos que vayan más lejos. También se ha renunciado a proponer, y más aún a prescribir, estrategias de desarrollo a la Rostow a los otros, a terceros, por ejemplo al Tercer Mundo.Con ello han quedado liquidados también los en tiempos tan populares planes conspirativos, que veían el proceso histórico como gobernado por misteriosos y todopoderosos centros, y la búsqueda de un sujeto de la historia, revolucionario o evolucionista, ha demostrado ser estéril.
Una instancia que pudiera dirigirlos centralmente no se ve ya en absoluto en estos países «avanzados», y hasta se podría sostener que aquí nos encontramos ante sociedades acéfalas: sería la resurrección irónica de un estado que los etnólogos pretenden haber descubierto entre los pueblos prehistóricos. Por supuesto que esto no significa en lo más mínimo que en un conjunto así el poder, la riqueza o las oportunidades se vayan a distribuir con mayor justicia, o hasta con justicia sin más. Sólo quiere decir que, tras la disolución de las relaciones de estatuto y de clase rígida y jerárquicamente articuladas, se constituye un equilibrio fluido y dinámico que se reproduce y modifica de modo duradero sin plan alguno. Los gobiernos y los partidos hace ya mucho que en un sistema así han dejado de «determinar las directrices de la política» o hasta de, como en las viejas metáforas fisiológicas, funcionar como cabeza, cerebro, sistema nervioso central del todo; a lo más intentan, para seguir con la imagen, algún tipo de control hormonal para impedir que las turbulencias degeneren en catástrofe.Incluso esa tarea les resulta excesiva.
Pero no sólo el Estado ha perdido capacidad para imponerse, tampoco el poder económico, a pesar, o quizá incluso a causa de lo altamente concentrado que está, es ya, como antes, monolítico y duradero.Monumentos económicos como los Krupp, dinastías como la de los reyes del ferrocarril y de los capitanes de industria se han convertido en anacronismos. Las grandes compañías multinacionales de hoy están en peligro, hasta de quiebra, por causa de imprevisibles desequilibrios, crisis, infiltraciones, take overs, relaciones de propiedad fluidas o incursiones enemigas súbitas. De igual modo que el capital internacional se mueve incontrolablemente a diario alrededor del planeta en transacciones de billones y el valor de las divisas se establece estocásticamente en un experimento electrónico permanente, también el poder económico, corporeizado en medusas gigantescas, pero precarias, está sometido a una flotación no dominable, a una rápida sucesión de ascenso y descenso, de crecimiento y ruina.
En un régimen dinámico que se modifica sin cesar en hiperciclos autocatalíticos, hay sin embargo también zonas de inercia y de resistencia que los políticos y tecnócratas infravaloran por sistema. Hemos visto en Alemania Occidental y, lo que quizá es aún más desconcertante, en España, cómo se modifican las sociedades en brevísimos lapsos de tiempo hasta en sus rasgos aparentemente incorregibles, hasta en su inconsciente colectivo (caso de que exista algo así); por otra parte hemos podido ver cómo fracasaban todos los intentos de nivelar su multiplicidad. También el cambio conoce límites, que se escapan a lo calculable. Así, por ejemplo, proyectos como la supresión del pan o de la escritura chocan con una resistencia difícil de explicar, pero evidentemente tenaz; sistemas parciales como las llamadas familias reducidas han demostrado ser, contra todas las expectativas, extraordinariamente resistentes.
Esta amalgama de aceleración y apatía, fluidificación y fuerza de la inercia hace al todo todavía más impenetrable. Es imaginable que esas ambivalencias hagan al proceso aún más vulnerable ante factores de influencia que, cuantitativamente minúsculos, puedan presentarse sin embargo en el momento decisivo y en el lugar adecuado. El rebasar súbito de un umbral crítico juega un papel cada vez más importante no sólo en ecología, sino también en política. Con ello adquiere nueva luz un viejo y penoso tema al que los marxistas dieron por liquidado hace largo tiempo: el «papel del individuo en la historia». La irrupción de un Sadam Husein o de un Pol Pot puede costar la cabeza a millones de personas; cuando aparece un zar ilustrado las consecuencias son imprevisibles; si en la Casa Blanca entra un loco como inquilino, ya no necesitaremos rompernos la cabeza pensando en nuestro sistema de jubilaciones; y no nos atrevemos a imaginar lo que ocurriría si se apoderara de los medios de difusión el fundador genial de una religión.También quien no ha perdido el gusto de establecer hipótesis sobre el futuro tiene que tener claro que pueden ser derribadas, sin excepción y en cualquier momento, por un mínimo factor x que desencadene la fulguración.
La mayoría de nosotros seguramente podremos soportar con facilidad el final de la filosofía de la historia. Lo cual no significa que podamos pasarnos sin perspectivas de vida, estrategias, «planes».La consecuencia es que debe ser cada vez mayor el espacio de separación entre las dos hojas de la tijera que son la comprensión teórica y la práctica vital. Si en lo que he intentado sugerir aquí hay algo de correcto, entonces de ello se deriva una actitud que ya no puede reclamar la condición de vinculante en un sentido general: cada cual estará pendiente de prestar atención a sus conjeturas, e incluso éstas estarán sometidas a una restricción inexpresada: actúo como si entre los futuros continuamente oscilantes pudiera encontrar el mío propio.
A riesgo de que se confunda con una confesión, quisiera manifestar una de esas conjeturas. Considero que la flexibilidad, exigida y elogiada por todas partes, y poco a poco elevada al rango de virtud social cardinal, es una mala estrategia. El mero autómata social que reacciona sólo a estados presentes, no sólo pierde el último resto de control sobre su destino, también llegará siempre demasiado tarde. La liebre que va jadeando tras el erizo puede contar con seguridad con la burla de éste. Pero también la solución inversa sirve cada día de menos.
La cuestión de si hay que nadar con o en contra de la corriente, me parece obsoleta porque presupone una insoportable simplificación.Más eficaz me parece la forma de actuar del que lleva un velero, que navega tanto con el viento en contra como de bolina. Aplicado a la sociedad, un proceder así requiere atención extrema y un estoico escepticismo. El que quiera alcanzar el objetivo, aunque sea inmediato, habrá de contar sin interrupción con mil magnitudes imprevistas. Pero se necesita algo más que presencia de ánimo.Nadie que quiera escapar a la idiocia de lo contemporáneo puede permitirse tener miedo al anacronismo. Una cierta obstinación que renuncie a las últimas razones no es perjudicial en esto.


Hans Magnus Enzensberger, filósofo y ensayista alemán, recibe hoy en Oviedo el Premio Príncipe de Asturias de Humanidades.Este texto forma parte del libro Los elixires de la ciencia (Editorial Anagrama), que aparecerá el mes que viene.

Extraído de: Diario El Mundo, Viernes 25 de octubre de 2002. Año XIV. Número: 4.651. Sección Tribuna Libre/Opinión.

COMENTARIO:

He agregado este resumen de alguno de los capítulos más relevantes del libro que se publicó en 2002 bajo el título 'Los elixires de la ciencia'. Poco después de adquirir el libro, se lo presté a un gran amigo argentino sin plazo definido de recuperación. La obra es un compendio de capítulos muy interesantes que sintetiza los principales análisis del autor acerca de la situación mundial actual y de la importancia de la ciencia, tanto social como 'exacta'. Reflejo de la perfecta comunión entre ambos 'tipos de ciencias', recupera, desde mi punto de vista, la tradición humanística (y esa necesaria base del conocimiento científico y social), cuya visión del mundo se planteaba desde una perspectiva científica amplia. Tenemos pues interesantes planteamientos que parten desde las matemáticas o la física, o desde la revisión histórica, social y cultural de diversos acontecimientos sin que se advierta una clara disociación entre las materias. Imprescindible el libro y probablemente en mi punto de mira de próximas adquisiciones.

06 diciembre 2006

MARIO BENEDETTI: Poesías


LENTO PERO VIENE

Lento viene el futuro
lento
pero viene

ahora está más allá
de las nubes ramplonas
y de unas cimas ágiles
que aún no se distinguen
y mas allá del trueno
y de la araña

demorándose viene
como una flor porfiada
que vigilara al sol

a lo mejor es eso
la vida cotidiana
prepara bienvenidas
cierra caldos de usura
abre memorias vírgenes

pero él
no tiene prisa
lento
viene
por fin como su respuesta
su pan para la hambruna
sus magullados ángeles
sus fieles golondrinas

lento
pero no lánguido

ni ufano
ni aguafiestas
sencillamente
viene
con su afilada hoja
y su balanza
preguntando ante todo
por los sueños
y luego por las patrias
los recuerdos yacentes
y los recién nacidos

lento
viene el futuro
con sus lunes y sus marzos
con sus puños y ojeras y propuestas
lento y no obstante raudo
como estrella pobre
sin nombre todavía
convaleciente y lento
remordido
soberbio
modestísimo
ese experto futuro que nos inventamos
nosotros
y el azar
cada vez más nosotros
y menos el azar.

UN PADRE NUESTRO LATINOAMERICANO


Padre nuestro que estás en los cielos
con las golondrinas y los misiles
quiero que vuelvas antes de que olvides
cómo se llega al sur de Río Grande

Padre nuestro que estás en el exilio
casi nunca te acuerdas de los míos
de todos modos donde quieras que estés
santificado sea tu nombre
no quienes santifican en tu nombre
cerrando un ojo para no ver las uñas
sucias de la miseria

en agosto de mil novecientos sesenta
ya no sirve pedirte
venga a nos el tu reino
porque tu reino también está aquí abajo
metido en los rencores y en el miedo
en las vacilaciones y en la mugre
en la desilusión y en la modorra
en esta ansia de verte pese a todo

cuando hablaste del rico
la aguja y el camello
y te votamos todos
por unanimidad para la Gloria
también alzó su mano el indio silencioso
que te respetaba pero se resistía
a pensar hágase tu voluntad

sin embargo una vez cada tanto
tu voluntad se mezcla con la mía
la domina
la enciende
la duplica
más arduo es conocer cuál es mi voluntad
cuándo creo de veras lo que digo creer

así en tu omnipresencia como en mi soledad
así en la tierra como en el cielo
siempre
estaré más seguro de la tierra que piso
que del cielo intratable que me ignora

pero quién sabe
no voy a decidir
que tu poder se haga o se deshaga
tu voluntad igual se está haciendo en el viento
en el Ande de nieve
en el pájaro que fecunda a su pájara
en los cancilleres que murmuran yes sir
en cada mano que se convierte en
claro no estoy seguro si me gusta el estilo
que tu voluntad elige para hacerse
lo digo con irreverencia y gratitud
dos emblemas que pronto serán la misma cosa
lo digo sobre todo pensando en el pan nuestro
de cada día y de cada pedacito de día

ayer nos lo quitaste
dánosle hoy
o al menos el derecho de darnos nuestro pan
no sólo el que era símbolo de Algo
sino el de miga y cáscara
el pan nuestro
ya que nos quedan pocas esperanzas y deudas
perdónanos si puedes nuestras deudas
pero no nos perdones la esperanza
no nos perdones nunca nuestros créditos

a más tardar mañana
saldremos a cobrar a los fallutos
tangibles y sonrientes forajidos
a los que tienen garras para el arpa
y un panamericano temblor con que se enjugan
la última escupida que cuelga de su rostro

poco importa que nuestros acreedores perdonen
así como nosotros
una vez
por error
perdonamos a nuestros deudores

todavía
nos deben como un siglo
de insomnios y garrote
como tres mil kilómetros de injurias
como veinte medallas a Somoza
como una sola Guatemala muerta

no nos dejes caer en la tentación
de olvidar o vender este pasado
o arrendar una sola hectárea de su olvido
ahora que es la hora de saber quiénes somos
y han de cruzar el río
el dólar y su amor contrarrembolso
arráncanos del alma el último mendigo
y líbranos de todo mal de conciencia
amén.

PREGÓN

Señor que no me mira
mire un poco
yo tengo una pobreza para usté

limpia
nuevita
bien desinfectada
vale cuarenta
se la doy por diez

señor que no me encuentra
busque un poco
mueva la mano
desarrime el pie
buesuqe en su suerte
en todos los rincones
piense en las muchas cosas
que no fue

le vendo la pobreza
es una insignia
en la solapa puede convencer
qué cosas raras pasan en el mundo
usté tiene agua
yo no tengo sed

tiene su cáscara
su Dios
su diablo
su fe en los cielos
y su mala fe
lo tiene todo menos la pobreza
si no la compra
llorará después

va como propaganda
como muestra
quizá le guste y le coloque cien
pobreza sin los pobres
por supuesto
ya que los pobres
nunca huelen bien

pobreza abstracta
sin harapos
pulcra
noble al derecho
noble al revés
pobreza linda para ser contada
después del postre
y antes del café

señor que no me mira
mire un poco
yo tengo una pobreza para usté
mejor no se la vendo
le regalo
la pobreza por esta única vez.

DE LO PROHIBIDO

Prohibidos los silencios y los gritos unánimes
las minifaldas y los sindicatos
artigas y gardel
la oreja en radio habana
el pelo largo la condena corta
josé pedro varela y la vía láctea
la corrupción venial el pantalón vaquero
los perros vagos y los vagabundos
también los abogados defensores
que sobrevivan a sus defendidos
y los pocos fiscales con principio de angustia
prohibida sin perdón la ineficacia
todo ha de ser eficaz como un cepo
prohibida la lealtad y sobretodo la tristeza
esa que va de sol a sol
y claro la inquietante primavera
prohibidas las reuniones
de más de una persona
excepto las del lecho conyugal
siempre y cuando hayan sido
previa y debidamente autorizadas
prohibidos el murmullo de las tripas
el padrenuestro y la internacional
el bajo costo de la vida y la muerte
las palabritas y las palabrotas
los estruendos molestos el jilguero los zurdos
los anticonceptivos pero quién va a nacer.

NOCIÓN DE PATRIA

Cuando resido en este país que no sueña
cuando vivo en esta ciudad sin párpados
donde sin embargo mi mujer me entiende
y ha quedado mi infancia y envejecen mis padres
y llamo a mis amigos de vereda a vereda
y puedo ver los árboles desde mi ventana
olvidados y torpes a las tres de la tarde
siento que algo me cerca y me oprime
como si una sombra espesa y decisiva
descendiera sobre mí y sobre nosotros
para encubrir a ese alguien que siempre afloja
el viejo detonador de la esperanza.

Cuando vivo en esta ciudad sin lágrimas
que se ha vuelto egoísta de puro generosa
que ha perdido su ánimo sin haberlo gastado
pienso que al fin ha llegado el momento
de decir adiós a algunas presunciones
de alejarse tal vez y hablar otros idiomas
donde la indiferencia sea una palabra obsena.

Confieso que otras veces me he escapado.
Diré ante todo que me asomé al Arno
que hallé en las librerías de Charing Cross
cierto Byron firmado por el vicario Bull
en una navidad de hace setenta años.
Desfilé entre los borrachos de Bowery
y entre los Brueghel de la Pinacoteca
comprobé cómo puede trastornarse
el equipo sonoro del Chateau de Langeais
explicando medallas e incensarios
cuando en verdad había sólo armaduras.

Sudé en Dakar por solidaridad
vi turbas galopando hasta la Monna Lisa
y huyendo sin mirar a Botticelli
vi curas madrileños abordando a rameras
y en casa de Rembrandt turistas de Dallas
que preguntaban por el comedor
suecos amontonados en dos metros de sol
y en Copenhague la embajada rusa
y la embajada norteamericana
separadas por un lindo cementerio.

Vi el cadáver de Lídice cubierto por la nieve
y el carnaval de Río cubierto por la samba
y en Tuskegee el rabioso optimismo de los negros
probé en Santiago el caldillo de congrio
y recibí el Año Nuevo en Times Square
sacándome cornetas del oído.

Vi a Ingrid Bergman correr por la Rue Blanche
y salvando las obvias diferencias
vi a Adenauer entre débiles aplausos vieneses
vi a Kruschev saliendo de Pennsylvania Station
y salvando otra vez las diferencias
vi un toro de pacífico abolengo
que no quería matar a su torero.
Vi a Henry Miller lejos de sus trópicos
con una insolación mediterránea
y me saqué una foto en casa de Jan Neruda
dormí escuchando a Wagner en Florencia
y oyendo a un suizo entre Ginebra y Tarascón
vi a gordas y humildes artesanas de Pomaire
y a tres monjitas jóvenes en el Carnegie Hall
marcando el jazz con negros zapatones
vi a las mujeres más lindas del planeta
caminando sin mí por la Vía Nazionale.

Miré
admiré
traté de comprender
creo que en buena parte he comprendido
y es estupendo
todo es estupendo
sólo allá lejos puede uno saberlo
y es una linda vacación
es un rapto de imágenes
es un alegre diccionario
es una fácil recorrida
es un alivio.

Pero ahora no me quedan más excusas
porque se vuelve aquí
siempre se vuelve.
La nostalgia se escurre de los libros
se introduce debajo de la piel
y esta ciudad sin párpados
este país que nunca sueña
de pronto se convierte en el único sitio
donde el aire es mi aire
y la culpa es mi culpa
y en mi cama hay un pozo que es mi pozo
y cuando extiendo el brazo estoy seguro
de la pared que toco o del vacío
y cuando miro el cielo
veo acá mis nubes y allí mi Cruz del Sur
mi alrededor son los ojos de todos
y no me siento al margen
ahora ya sé que no me siento al margen.

Quizá mi única noción de patria
sea esta urgencia de decir Nosotros
quizá mi única noción de patria
sea este regreso al propio desconcierto.

USTEDES Y NOSOTROS

Ustedes cuando aman
exigen bienestar
una cama de cedro
y un colchón especial

nosotros cuando amamos
es fácil de arreglar
con sábanas qué bueno
sin sábanas da igual

ustedes cuando aman
calculan interés
y cuando se desaman
calculan otra vez

nosotros cuando amamos
es como renacer
y si nos desamamos
no la pasamos bien

ustedes cuando aman
son de otra magnitud
hay fotos chismes prensa
y el amor es un boom

nosotros cuando amamos
es un amor común
tan simple y tan sabroso
como tener salud

ustedes cuando aman
consultan el reloj
porque el tiempo que pierden
vale medio millón

nosotros cuando amamos
sin prisa y con fervor
gozamos y nos sale
barata la función

ustedes cuando aman
al analista van
él es quien dictamina
silo hacen bien o mal

nosotros cuando amamos
sin tanta cortedad
el subconsciente piola
se pone a disfrutar

ustedes cuando aman
exigen bienestar
una cama de cedro
y un colchón especial

nosotros cuando amamos
es fácil de arreglar
con sábanas qué bueno
sin sábanas da igual.

MEMORANDUM

Uno llegar e incorporarse el día
Dos respirar para subir la cuesta
Tres no jugarse en una sola apuesta
Cuatro escapar de la melancolía
Cinco aprender la nueva geografía
Seis no quedarse nunca sin la siesta
Siete el futuro no será una fiesta
Y ocho no amilanarse todavía
Nueve vaya a saber quién es el fuerte
Diez no dejar que la paciencia ceda
Once cuidarse de la buena suerte
Doce guardar la última moneda
Trece no tutearse con la muerte
Catorce disfrutar mientras se pueda

COTIDIANA 1

La vida cotidiana es un instante
de otro instante que es la vida total del hombre
pero a su vez cuántos instantes no ha de tener
ese instante del instante mayor

cada hoja verde se mueve en el sol
como si perdurar fuera su inefable destino
cada gorrión avanza a saltos no previstos
cómo burlándose del tiempo y del espacio
cada hombre se abraza a alguna mujer
como si así aferrara la eternidad

en realidad todas estas pertinacias
son modestos exorcismos contra la muerte
batallas perdidas con ritmo de victoria
reos obstinados que se niegan
a notificarse de su injusta condena
vivientes que se hacen los distraídos

la vida cotidiana es también una suma de instantes
algo así como partículas de polvo
que seguirán cayendo en un abismo
y sin embargo cada instante
o sea cada partícula de polvo
es también un copioso universo

con crepúsculos y catedrales y campos de cultivo
y multitudes y cópulas y desembarcos
y borrachos y mártires y colinas
y vale la pena cualquier sacrificio
para que ese abrir y cerrar de ojos
abarque por fin el instante universo
con una mirada que no se avergüence
de su reveladora
efímera
insustituible
luz

SOY UN CASO PERDIDO

Por fin un crítico sagaz reveló
(ya sabía yo que iban a descubrirlo)
que en mis cuentos soy parcial
y tangencialmente me exhorta
a que asuma la neutralidad
como cualquier intelectual que se respete

creo que tiene razón
soy parcial
de esto no cabe duda
más aún yo diría que un parcial irrescatable
caso perdido en fin
ya que por más esfuerzos que haga
nunca podré llegar a ser neutral

en varios países de este continente
especialistas destacados
han hecho lo posible y lo imposible
por curarme de la parcialidad
por ejemplo en la biblioteca nacional de mi país
ordenaron el expurgo parcial
de mis libros parciales
en argentina me dieron cuartenta y ocho horas
(y si no me mataban) para que me fuera
con mi parcialidad a cuestas
por último en perú incomunicaron mi parcialidad
y a mi me deportaron

de haber sido neutral
no habria necesitado
esas terapias intensivas
pero qué voy a hacerle
soy parcial
incurablemente parcial
y aunque pueda sonar un poco extraño
totalmente
parcial

ya sé
eso significa que no podré aspirar
a tantísimos honores y reputaciones
y preces y dignidades
que el mundo reserva para los intelectuales
que se respeten
es decir para los neutrales
con un agravante
como cada vez hay menos neutrales
las distinciones se reparten
entre poquísimos

después de todo y a partir
de mis confesadas limitaciones
debo reconocer que a esos pocos neutrales
les tengo cierta admiración
o mejor les reservo cierto asombro
ya que en realidad se precisa un temple de acero
para mantenerse neutral ante episodios como
girón
tlatelolco
trelew
pando
la moneda

es claro que uno
y quizá sea esto lo que quería decirme el crítico
podría ser parcial en la vida privada
y neutral en las bellas letras
digamos indignarse contra pinochet
durante el insomnio
y escribir cuentos diurnos
sobre la atlántida

no es mala idea
y claro
tiene la ventaja
de que por un lado
uno tiene conflictos de conciencia
y eso siempre representa
un buen nutrimeto para el arte
y por otro no deja flancos para que lo vapulee
la prensa burguesa y/o neutral

no es mala idea
pero
ya me veo descubriendo o imaginando
en el continente sumergido
la existencia de oprimidos y opresores
parciales y neutrales
torturados y verdugos
o sea la misma pelotera
cuba sí yanquis no
de los continentes no sumergidos

de manera que
como parece que no tengo remedio
y estoy definitivamente perdido
para la fructuosa neutralidad
lo más probable es que siga escribiendo
cuentos no neutrales
y poemas y ensayos y canciones y novelas
no neutrales
pero advierto que será así
aunque no traten de torturas y cárceles
u otros tópicos que al parecer
resultan insoportables a los neutros

será así aunque traten de mariposas y nubes
y duendes y pescaditos.


Extraído de: Inventario I, II y III. Colección Visor de Poesía. Madrid 2000, 2001 y 2003.
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COMENTARIO:
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Hace unos cuantos años tuve el privilegio de asistir a una de las conferencias que ofreció Benedetti durante los cursos de verano de la Universidad Complutense en El Escorial. Recuerdo la ponencia no solo porque cuando finalizó Benedetti me firmó uno de sus libros de poemas, sino porque realizó toda la disertación en verso. Allí daba igual cuál fuera el tema del encuentro: cuando Benedetti habla o escribe, toca todos los temas, sus palabras son universales, hable de lo que hable sirven para casi todo lo que a uno le preocupa. Revisando el libro, encontré varias anotaciones que tomé directamente de las palabras de Benedetti. Son las siguientes: 'Las utopías nacen del asco', 'La cultura es un blanco móvil', 'La vía intelectual es un enclave cultural del capitalismo'.
Extraígo algunos de sus poemas de los tres libros donde queda recogida casi la totalidad de sus poemas, a saber, INVENTARIO I, INVENTARIO II e INVENTARIO III. Para los que quieran iniciarse en su lectura, recomiedo encarecidamente su 'ANTOLOGÍA POÉTICA'. En este librito encontrará los 'imprescindibles' de Benedetti. Y si no quieres comprar, busca por Internet o bájate sus obras por otras vías conocidas.


29 octubre 2006

ARISTARÁIN y V: El futuro.

(Película: Los lunes al sol)



PEDRO : Gracias. Escuchame, viejo: Te hago una propuesta, vénganse a Madrid. A vivir. Yo los banco, no tengo problemas. Les puedo alquilar un apartamento en Madrid o aquí, en la urbanización, donde más les guste. Aquí el dinero rinde tres veces más que allá. Entre lo que vos cobres y lo que yo les dé van a estar bien, pueden hacer lo que les dé la gana sin preocuparse por nada.
FERNANDO: Te deben de pagar bien.
PEDRO:Más que bien. Me quiero dar el gusto de ayudarles. No por eso me voy a privar de nada. Esto es otro mundo, es un país en serio: tengo una casa, dos coches, sé que los chicos van a poder estudiar lo que quieran y donde quieran. No puedo pedir más. ¿Qué me decís? Hablalo con mamá, a ver qué le parece.
FERNANDO: Se dice que en Atenas había una ley muy particular que eximía a los hijos de tener que mantener a sus padres. Les quitaba toda obligación de mantenerlos cuando los padres no hubiesen sido capaces de adoctrinarlos, de enseñarles alguna ciencia o arte. Vos estás eximido. No puedo aceptar que me ayudes: Vos elegiste como ideales y como objetivo de tu vida todo lo que nosotros te enseñamos a despreciar. Dejaste de hacer lo que te gustaba, lo que hacías muy bien para dedicarte a la mierda esa de las computadoras, y los programas y ganar dinero y tener status y vivir como un burgués. Pero no es culpa tuya, se nos dio mal lo de la doctrina, en algo fallamos.
PEDRO:
Según vos, ¿qué tenía que haber hecho? ¿Seguir manejando un taxi, cagarme de hambre, cagarle, el futuro a mi mujer y a los chicos pero seguir escribiendo?
FERNANDO: No traicionarte. Seguir haciendo lo que es tu vocación, lo que te gusta, lo que te conmueve. ¿Te apasiona tu trabajo o es u trabajo y punto?
PEDRO:Me divierte. Y lo hago bien.
FERNANDO:¿Te divierte? Qué bárbaro. Cómo puede ser que me hables del futuro, de asegurarle un futuro a los tuyos cuando sabés muy bien que el futuro es ilusorio, que es la trampa que se inventa el sistema, cualquier sistema, para que la gente se acobarde, agache la cabeza y produzca y trabaje y se haga esclava por miedo al puto futuro. ¿Qué futuro te aseguraste? ¿Sos vidente ahora? ¿En tu laburo te aseguran que se acabaron los accidentes, la cirrosis, el cáncer, el tiro que nos puede pegar el tipo que entre a afanar dentro de un minuto? La doctrina me falló, de acuerdo, ¿pero tampoco sos capaz de pensar? ¡A ver si ahora me hablás de la esperanza",- de que hay que tener .fe, hermano, ya se viene la salvación y la puta madre que lo parió!
PEDRO: Bajá la voz, estás gritando.
FERNANDO: No estoy gritando. El futuro no lo tenés, no es tuyo. Te guste o no, sos un exiliado, sos un sudaca que le está quitando el puesto a algún gallego desocupado. Cuando tu querida empresa tenga que achicarse porque llegó la recesión, al primero que le van a dar una patada en el culo es a vos. ¿Tenés alguna duda?
PEDRO:Yo no soy un sudaca. Soy español. Tengo nacionalidad española.
PEDRO:No tengo ratos libres. Pasaré a la historia, si paso, como el autor que publicó una novela que nadie leyó y se hizo humo.
FERNANDO: Vos sabés por dónde me paso yo eso de la patria, de la bandera y la escarapela. Pero vos te vendiste. Vos renegaste de tu país por guita, porque te conviene. Vos no sos español, sos otra cosa. Yo no te te voy a decir lo que sos: vos lo sabés mejor que nadie.
FERNANDO bebe su copa de un trago y le hace una seña a LILI para que lo siga. Se van del mesón, ante la sorpresa de FABIANA y la impotencia de PEDRO.
Antes de seguir a su marido, LILI se acerca a su hijo.
LILIANA :No le hagas caso, Pedro. Ya le conoces.
PEDRO siente un dolor muy profundo.

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Extraído de:

Aristaráin, A.: Martín Hache, Lugares Comunes y Roma. Tres películas de Adolfo Aristaráin. Colección Espiral. Editorial Ocho y Medio libros de cine. Páginas 210-211.

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COMENTARIO:

Muy someramente, Aristaráin toca varios puntos interesantes. Tenemos el sentimiento de pertenencia como elemento cultural y deja pendientes análisis antropológicos sobre la adaptación cultural en sociedades foráneas. Por otra parte, el talante de ambos deja abierta la discusión para analizar la temática del 'apocalíptico' y el 'integrado' en la 'cultura de masas'. Veáse un punto a relacionar con los mecanismos adaptantes en estas sociedades foráneas, el concepto de la anomia y todo el análisis de la desviación social como estrategia de supervivencia en el sistema. Para profundizar tenemos varios libros que a continuación recomiendo:

Eco, Umberto: Apocalípticos e integrados. Editorial Tusquets. 1995

Merton, Robert K.: Teoría y estructuras sociales. Fondo de Cultura Económica. 2002. Ver capítulos que tratan sobre la anomia (son 2 capítulos que se leen fácilmente).

VI. ESTRUCTURA SOCIAL Y ANOMIA

Originalmente, hay impulsos biológicos del hombre que buscan plena expresión. Y después, hay el orden social, que es en esencia un aparato para manejar los impulsos, para el tratamiento social de las tensiones, para la "renuncia a los placeres instintivos", según las palabras de Freud. La inconformidad con las exigencias de la estructura social se supone, pues, arraigada en la naturaleza originaria (...). Con los progresos más recientes de las ciencias sociales (...) ya no parece tan evidente que el individuo se levante contra la sociedad en una guerra incesante entre los impulsos biológicos y la coacción social (...) Las perspectivas sociológicas han entrado cada vez más en el análisis de la conducta que se desvía de normas prescritas. Porque cualquiera que sea el papel de los impulsos bio­lógicos, sigue en pie la cuestión de por qué sucede que la frecuencia de la conducta divergente varíe en diferentes estructuras sociales y por qué las desviaciones siguen diferentes formas y normas en diferentes estructuras socia­les (...) El armazón que se expone en este ensayo está destinado a proporcionar un punto de vista sistemático para el análisis de las fuentes sociales y cultura­les de la conducta divergente (...) Nuestro primer propósito es descubrir cómo algunas estructuras sociales ejercen una presión definida sobre ciertas personas de la sociedad para que sigan una conducta inconformista y no una con conformista. Si podemos localizar grupos peculiarmente sometidos a esas presiones, esperaríamos a encontrar proporciones bastante altas de conducta gente en dichos grupos, no porque los seres humanos que los forman compuestos de tendencias biológicas diferentes, sino porque reaccionan de manera normal a la situación social en que se encuentran.

TIPOS DE METAS CULTURALES Y DE NORMAS INSTITUC{ONALES

Entre los diferentes elementos de las estructuras sociales y culturales, dos son de importancia inmediata. Son separables mediante análisis, aunque se mezclan en situaciones concretas, El primero consiste en objetivos, propósitos e intereses culturalmente definidos, sustentados como objetivos legítimos por todos los individuos de la sociedad, o por individuos situados en ella en una posición diferente. Los objetivos están más o menos unificados –el grado es cuestión de hecho empírico- y toscamente ordenados en una jerarquía de valores. Los objetivos predominantes implican diversos grados de sentimiento y de importancia y comprenden una estructura de referencia aspiracional. Son las cosas "por las que vale la pena esforzarse". Son un componente básico, aunque no el exclusivo, de los que Linton llamó "designios para la vida del grupo", Y aunque algunos, no todos, de los objetivos culturales se relacionan en forma directa con los impulsos biológicos del hombre, no están determinados por ellos.
Un segundo elemento de la estructura cultural define, regula y controla los modos admisibles de alcanzar esos objetivos. Todo grupo social acopla sus objetivos culturales a reglas, arraigadas en las costumbres o en las instituciones relativas a los procedimientos permisibles para avanzar hacia dichos objetivos. Esas normas reguladoras no son por necesidad idénticas a normas técnicas o de eficacia. Muchos procedimientos que desde el punto de vista de los individuos particulares serían más eficaces para alcanzar valores desea­dos -el ejercicio de la fuerza, el fraude, el poder- están proscritos de la zona institucional de la conducta permitida. En ocasiones, entre los proce­dimientos no permitidos figuran algunos que serían eficaces para el grupo mismo -por ejemplo, los tabúes históricos sobre la vivisección, sobre experi­mentos médicos, sobre el análisis sociológico de las normas "sagradas" -, ya que el criterio de admisibilidad no es la eficacia técnica, sino sentimientos cargados de valores (sustentados por la mayor parte de los individuos del grupo o por los que pueden promover esos sentimientos mediante el uso combinado del poder y de la propaganda). En todos los casos, la elección de expedientes para esforzarse hacia objetivos culturales está limitada por nor. mas institucionalizadas (...) Decir que los objetivos culturales y las normas institucionalizadas operan al mismo tiempo para dar forma a las prácticas en vigor, no es decir que guarden una relación constante entre sí. La importancia cultural concedida a ciertos objetivos varía independientemente del grado de impor­tancia dada a los medios institucionalizados. Puede desarrollarse una presión muy fuerte, a veces una presión de hecho exclusiva, sobre el valor de obje­tivos determinados que implica un interés hasta cierto punto pequeño por los medios institucionalmente prescritos de esforzarse hacia la consecución de los objetivos. El caso límite de este tipo se alcanza cuando el margen de procedimientos posibles está gobernado sólo por normas técnicas y no por normas institucionales (...)
Entre (los) tipos extremos hay sociedades que conservan un equilibrio aproxi­mado entre objetivos culturales y prácticas institucionalizadas, y ellas constitu­yen las sociedades unificadas y relativamente estables, aunque cambiantes. Se conserva un equilibrio efectivo (en) la estructura social mientras las satisfacciones resultantes para los individuos se ajusten a las dos presiones culturales, a saber, satisfacciones procedentes de la consecución de los objetivos y satisfacciones nacidas en forma directa de los modos institucionalmente canalizados de alcanzarlos. Esto se valora como producto y como proceso, como resultado y como actividades. Así, pueden derivarse satisfacciones constantes de la mera participación en un orden competitivo así como de la anulación de los competidores de uno si ha de conservarse el orden mismo. Si el interés se traslada al resultado de la competencia, y sólo a él, entonces los que sufren perennemente la derrota trabajan, lo cual es bas­tante comprensible, por la modificación de las reglas del juego. Los sacrificios ocasionalmente -no invariablemente, como suponía Freud- implícitos en la conformidad con las normas institucionales pueden ser compensados con recompensas socializadas. La distribución de situaciones sociales mediante la competencia debe estar organizada de manera que cada posición compren­dida en el orden distributivo tenga incentivos positivos para adherirse a las obligaciones de la situación social. De otra manera, como no tardará en verse con claridad, se producen conductas anómalas. En realidad, mi hipótesis central es que la conducta anómala puede considerarse desde el punto de vista sociológico como un síntoma de disociación entre las aspiraciones cultu­ralmente prescritas y los caminos socialmente estructurales para llegar a ellas.
De los tipos de sociedades resultantes de la variación independiente de ob­jetivos culturales y medios institucionalizados, nos interesaremos ante todo por el primero: una sociedad en la que se da una importancia excepcional­mente grande a objetivos específicos sin una importancia proporcional de los procedimientos institucionales (...) La cultura puede ser tal, que induzca a los individuos a centrar sus convicciones emocionales sobre el complejo de fines culturalmente procla­mados con mucho menos apoyo emocional para los métodos prescritos de alcanzar dichos fines. Con esta diferente importancia concedida a los obje­tivos y a los procedimientos institucionales, estos últimos pueden viciarse tanto por la presión sobre los fines, que la conducta de muchos individuos sea limitada sólo por consideraciones de conveniencia técnica (...)Así, en las competencias atléticas, cuando al deseo de la victoria se le despoja de sus arreos institucionales y se interpreta el triunfo como "ganar el juego" y no como "ganar de acuerdo con las reglas del juego", se premia en forma implícita el uso de medios ilegítimos pero eficaces desde el punto de vista técnico. La estrella del equipo enemigo de fútbol es aporreado. subrepticiamente; el luchador incapacita a su rival mediante técnicas ingeniosas pero ilícitas; los alumnos de la universidad subvencionan bajo cuerda a "estudiantes" cuyos talentos se limitan al campo del deporte (...) El leve sentimiento de arrepen­timiento en el último caso y el carácter subrepticio de los delitos público indican claramente que las reglas institucionales del juego son conocidas por quienes las infringen. Pero la exageración cultural (o idiosincrática) del éxito como meta induce a los individuos a retirar a las reglas apoyo emo­cional (...)
La cultura norteamericana contemporánea parece aproximarse al tipo ex­tremo en que se da gran importancia a ciertos éxitos-metas sin dar impor­tancia equivalente a los medios institucionales. Sería fantástico, natural­mente, afirmar que la riqueza acumulada es el único símbolo de éxito, lo mismo que sería fantástico negar que los norteamericanos le asignan un lugar elevado en su escala de valores. En una gran medida, el dinero ha sido consagrado como un valor en sí mismo, por encima de su inversión en artículos de consumo o de su empleo para reforzar el poder. El "dinero" está peculiar­mente bien adaptado para convertirse en símbolo de prestigio. Como subrayó Simmel, el dinero es muy abstracto e impersonal. Como quiera que se ad­quiera, fraudulenta o institucionalmente, puede usarse para comprar los mis­mos bienes y servicios. La anonimidad de una sociedad urbana, en conjunción con esas peculiaridades del dinero, permite a la riqueza -cuyos orígenes pue­den ser desconocidos para la comunidad en que vive el plutócrata, o, si son conocidos, purificarse con el transcurso del tiempo-, servir de símbolo de elevada posición social. Además, en el Sueño Norteamericano no hay punto final de destino. La medida del "éxito monetario" es convenientemente in­definida y relativa. Como halló H. F. Clark, en cada nivel de ingreso los norteamericanos quieren exactamente un veinticinco por ciento más (pero, desde luego, ese "sólo un poquito más" sigue operando una vez que ha sido conseguido). En ese flujo de normas cambiantes, no hay punto estable de reposo, o más bien, es el punto que resulta estar siempre "un poco más ade­lante" (...)Decir que la meta del éxito monetario está atrincherada en la cultura norteamericana no es sino decir que los norteamericanos están bombardeados por todas partes con preceptos que afirman el derecho o, con frecuencia, el deber de luchar por la meta aun en presencia de repetidas frustraciones (...) Fundamentales en este proceso de disciplinar a la gente para que mantenga sus aspiraciones insatisfechas son los prototipos culturales del éxito, documentos vivos que atestiguan que el Sueño Norteamericano puede realizarse sólo con que uno tenga los talentos requeridos. Examínense en este respecto los siguientes párra­fos tomados de la revista de negocios Nation's Business, entresacados de una gran cantidad de materiales análogos que se encuentran en las comunicaciones de masas que exponen los valores de la cultura de la clase negociante (...)

Elmer R. Jones, presidente de Wells­ Fargo and Co., que empezó la vida como niño pobre y dejó la escuela en el quinto grado para empezar a tra­bajar.
Prototipo 1 del éxito: Todos pueden tener propiamente las mismas altas ambiciones, porque, por bajo que sea el punto de partida, el verdadero ta­lento puede llegar a las mismas alturas. Hay que conservar intactas las aspiraciones.

Frank C. Ball, el albañil rey de los tarros de fruta de los Estados Unidos, viajó en un furgón con el caballo de su hermano George, para abrir en Muncie un pequeño negocio que llegó a ser el mayor en su clase.
Prototipo 2 del éxito: Cualesquiera que sean los resultados presentes de los esfuerzos de uno, el futuro es rico en promesas, porque el hombre común aún puede llegar a ser rey. Las satisfacciones pueden parecer diferidas para siempre, pero al fin se realizarán cuan. do la empresa de uno llegue a ser "la mayor en su clase".

J. L. Bevan, presidente del Illinois Central Railroad, quien a los doce años era recadero en la oficina de fletes de Nueva Orleáns.
Prototipo 3 de éxito: Si las ten­dencias seculares de nuestra economía parecen dejar poco campo para los pequeños negocios, uno puede medrar dentro de las burocracias gigantes de la empresa privada. Si uno ya no puede ser rey en una esfera de su pro­pia creación. por lo menos puede llegar a ser presidente de una de las demo­cracias económicas. Cualquiera que sea nuestro estado actual, recadero o escribiente, debe poner la mira en la cima.

Fluye desde manantiales diferentes una presión constante para conservar altas ambiciones. La literatura exhortativa es inmensa, y uno puede escoger sólo a riesgo de parecer injusto. Piénsese sólo en éstos: El reverendo Russell H. Conwell, con sus sermones de Acres of Diamonds, escuchados y leídos por centenares de miles de individuos, y su siguiente libro, The New Day, o Fresh Opportunities: A Book for Young Men; Herbert Hubbard, que pronunció el famoso Mensaje a García en las plazas de Chautauqua para todo el país; Orison Swett Marden, quien, en un montón de libros, expuso primero El secreto del éxito, alabado por presidentes de colegios universitarios, después explicó el proceso de Empujar hacia adelante, alabado por el presidente McKinley, y finalmente, a pesar de esos testimonios democráticos, señaló el camino para hacer de Cada hombre un rey. El simbolismo del hombre común que sube al estado de realeza económica está profundamente entretejido en la textura del tipo de cultura norteamericano, y halló quizás su expresión definitiva en las palabras de quien sabía de qué hablaba, Andrew Carnegie: "Sé un rey en tus sueños. Dite a ti mismo: 'Mi lugar está en la cumbre'.
A esta importancia positiva dada a la obligación de mantener metas ele­vadas la acompaña una importancia correlativa dada al castigo de quienes cejan en sus ambiciones. A los norteamericanos se les amonesta para que "no sean desertores", porque en el diccionario de la cultura norteamericana, como en el léxico de la juventud, "no existe la palabra 'fracaso"'. El mani­fiesto cultural es claro; no hay que cejar, no hay que dejar de esforzarse, no hay que reducir las metas, porque "el delito no es el fracaso, sino las aspiraciones bajas".
Así, la cultura impone la aceptación de tres axiomas culturales: primero, todos deben esforzarse hacia las mismas metas elevadas, ya que están a dis­posición de todos; segundo, el aparente fracaso del momento no es más que una estación de espera hacia el éxito definitivo; y tercero, el verdadero fra­caso está en reducir la ambición o renunciar a ella.
En tosca paráfrasis psicológica, estos axiomas representan, primero, un re­fuerzo secundario simbólico del incentivo; segundo, refrenar la amenaza de extinción de la reacción mediante un estímulo asociado; y tercero, aumen­tar la fuerza impulsora para responder constantemente al estímulo, a pesar de la falta continuada de recompensa.
En una paráfrasis sociológica, estos axiomas representan, primero, la des­viación de la crítica desde la estructura social hacia uno mismo, entre los situados en la sociedad de manera que no tienen acceso pleno e igual a las oportunidades; segundo, la conservación de una estructura de poder social mediante la existencia en los estratos sociales más bajos de individuos que se identifican, no con sus iguales, sino con los individuos de la cumbre (a quie­nes acabarán uniéndose); y tercero, la actuación de presiones favorables a la conformidad con los dictados culturales de ambiciones irreprimibles me­diante la amenaza para quienes no se acomoden a dichos dictados de no ser considerados plenamente pertenecientes a la sociedad.
Es en estos términos y a través de estos procesos como la cultura norte­americana contemporánea sigue caracterizándose por la importancia de la riqueza como símbolo fundamental de éxito, sin una importancia proporcio­nada de las vías legítimas por las cuales avanza hacia esa meta. ¿Cómo res­ponden los individuos que viven en ese ambiente cultural? ¿Y qué relación tienen nuestras observaciones con la teoría de que la conducta divergente nace típicamente de impulsos biológicos que se abren camino a través de las restricciones impuestas por la cultura? ¿Cuáles son, en suma, las consecuen­cias de la conducta de individuos situados en puestos diversos en la estructura social de una cultura en que la importancia de las metas-éxito predominantes se ha alejado cada vez más de una importancia equivalente de los procedi­mientos institucionalizados para alcanzar aquellas metas?

TIPOS DE ADAPTACIÓN INDIVIDUAL

Dejando esas normas de la cultura, examinaremos ahora tipos de adaptación de los individuos dentro de una sociedad portadora de cultura. Aunque el foco de nuestro interés sigue siendo la génesis cultural y social de las diferentes proporciones y los diferentes tipos de conducta divergente, nuestra perspec­tiva pasa del plano de las normas de los valores culturales al plano de los tipos de adaptación a esos valores entre los que ocupan posiciones diferentes en la estructura social (...). Consideramos aquí cinco tipos de adaptación (...).

1. CONFORMIDAD

En la medida en que es estable una sociedad, la adaptación tipo 1 -confor­midad con las metas culturales y los medios institucionalizados- es la más común y la más ampliamente difundida. Si no fuese así, no podría conser­varse la estabilidad y continuidad de la sociedad.

2. INNOVACIÓN

Una gran importancia cultural concedida a la meta-éxito invita a este modo de adaptación mediante el uso de medios institucionalmente proscritos, pero con frecuencia eficaces, de alcanzar por lo menos el simulacro del éxito: riqueza y poder. Tiene lugar esta reacción cuando el individuo asimiló la importancia cultural de la meta sin interiorizar igualmente las normas insti­tucionales que gobiernan los modos y los medios para alcanzarla (...) Como observó Veblen, "no es fácil en ningún caso dado -en realidad, es imposible a veces hasta que no han hablado los tribunales- decir si es un caso encomiable del arte de vender o si es un delito punible". La historia de las grandes fortunas norteamericanas está llena de tendencia hacia innova­ciones institucionalmente dudosa_, como lo atestiguan los numerosos tributos pagados a los Magnates del Robo. La repugnante admiración expresada con frecuencia en privado, y no rara vez en público, a esos "sagaces, vivos y prós­peros" individuos, es producto de una estructura cultural en la que el fin sacrosanto justifica de hecho los medios. No es éste un fenómeno nuevo. Sin suponer que Charles Dickens haya sido un observador completamente exacto de la escena norteamericana, y con pleno conocimiento de que fuera cual­quier cosa menos imparcial, cito estas penetrantes observaciones sobre la afición norteamericana:

(...) amor al negocio "listo": lo cual da falso brillo a estafas y groseras violaciones de la verdad; a desfalcos, públicos y privados; y permite a muchos bellacos, que muy bien merecen un dogal, levantar la cabeza como el que más... Los méritos de una especulación irregular, o de una quiebra, o de un bribón con suerte, no se miden por su observancia de la regla áurea: "Haz a los demás lo que quieres que los demás te hagan a ti", sino que se aprecian por referencia a su astucia. " Tuve el siguiente
diálogo centenares de veces: '-"¿No es una verdadera desdicha que un individuo como Fulano esté adquiriendo tanta riqueza por los medios más infames y odiosos, y que, no obstante todos los delitos de que es culpable, sea tolerado y estimulado por vuestros conciudadanos? Es un mal público, ¿no es cierto?" -"Sí, señor." -"Un embustero." -"Sí, señor." -"¿No fue tratado a puntapiés, abofeteado y apaleado?" -"Sí, señor." -"¿Y no está deshonrado, envilecido, no es un libertino?" -"Sí, señor."
-"En nombre de todos los prodigios, ¿cuál es, entonces su mérito?" -"Bueno, señor, es un individuo listo."

(...) Después de este preludio [Bierce], describe las maneras como el golfo con suerte logra la legitimidad social, y analiza las discrepancias entre valores culturales y relaciones sociales.

El buen norteamericano es, por regla general, bastante duro con la bellaquería, pero compensa su severidad con una amable tolerancia para los bellacos. La única exigencia es que debe conocer personalmente a los bellacos. Todos nosotros "denun­ciamos" a los ladrones en voz bastante alta si no tenemos el honor de conocerlos. Si lo tenemos, eso ya es otra cosa, a menos que verdaderamente huelan a barrio bajo o a cárcel. Podemos saber que son delincuentes, pero nos reunimos con ellos, les estrechamos la mano, bebemos con ellos y, si da la casualidad de que son ricos, o grandes de otra manera, los invitamos a nuestras casas, y consideramos un honor fre­cuentar la suya. No "aprobamos sus métodos", entiéndase esto bien; y con ello están suficientemente castigados. La idea de que a un granuja le importa algo lo que piense de sus mañas un individuo que es cortés y amistoso con él, parece haber sido inven­tada por un humorista. En el teatro de vaudeville de Mars probablemente habría' hecho su fortuna.
Y además: Si se negase toda consideración social a los bellacos habría muchos. menos. Algunos ocultarían con gran diligencia su rastro en las sendas desviadas de la iniquidad, pero otros violentarían sus conciencias lo bastante para renunciar a las desventajas de la bellaquería en favor de las de una vida honrada. Una persona in digna no teme nada tanto como la negativa de una mano honrada, el golpe lento pero inevitable de una mirada despectiva.
Tenemos granujas ricos porque tenemos personas "respetables" que no se aver­güenzan de darIes la mano, de que les vean con ellos, de decir que los conocen. En los tales es deslealtad censurarIos; gritar cuando los roban sería confesar su delito y declarar contra sus cómplices.
Uno puede sonreír a un granuja (la mayor parte de nosotros lo hacemos muchas veces al día) si no sabe que es un granuja; pero sabiendo que lo es, o habiendo dicho que lo es, sonreírIe es ser un hipócrita, un simple hipócrita o un sicofante de la hipocresía, según la situación en la vida del granuja a quien se sonríe. Hay más hipó­critas simples que sicofánticos, porque hay más granujas sin importancia que granujas ricos y distinguidos, aunque cada uno de ellos recibe menos sonrisas. El pueblo norte­americano será saqueado mientras el carácter norteamericano sea como es: mientras sea tolerante con los bellacos afortunados; mientras el ingenio norteamericano haga una distinción imaginaria entre el carácter público de un individuo y su carácter privado, entre su carácter comercial y su carácter personal. En suma, el pueblo norteamericano será saqueado mientras merezca serio. Ninguna ley humana puede impedirIo, porque eso derogaría una ley más elevada y más saludable: "Recogerás lo que siembras." .(14)

(14) Las observaciones de Dickens proceden de sus American Notes (por ejen;¡plo, en la edición publicada en Boston, Books, Inc., 1940), 218.

Como vivió en la época en que florecieron los magnates norteamericanos del robo, no era fácil que Bierce dejara de observar lo que después se llamó "delito de cuello blanco". No obstante, sabía que no todas las grandes y dra­máticas desviaciones de las normas institucionales en los estratos económicos superiores son conocidos, y que posiblemente salen a la luz menos desviacio­nes entre las pequeñas clases medias. Sutherland ha documentado repetidas veces la frecuencia de la "delincuencia de cuello blanco" entre los hombres de negocios. Advierte, además, que muchos de los delitos no fueron perse­guidos porque no fueron descubiertos, o, si fueron descubiertos, a causa de "la posición del hombre de negocios, la tendencia contraria al castigo, y el resentimiento relativamente desorganizado del público contra los delincuen­tes de cuello blanco" (...) Los autores concluyen con tono conser­vador que "el número de actos que legalmente constituyen delitos excede con mucho al de los oficialmente registrados. La conducta ilegal, lejos de ser una manifestación social o psicológica anormal, es en realidad un fenó­meno muy común".
Pero cualesquiera que sean las diferencias en la proporción de conductas divergentes en los distintos estratos sociales, y sabemos por muchas fuentes que las estadísticas oficiales de delitos que muestran uniformemente propor­ciones más altas en los estratos inferiores andan lejos de s_ completas y fide­dignas, parece por nuestro análisis que sobre los estratos inferiores sen ejercen, las presiones más fuertes hacia la desviación, Casos oportunos nos permiten descubrir los mecanismos sociológicos que intervienen en la producción de esas presiones. Diferentes investigaciones han demostrado que las zonas especializadas del vicio y la delincuencia constituyen una reacción "normal" a una situación en la que fue absorbida la importancia cultural dada al éxito pecuniario, pero donde hay poco acceso a los medios tradicionales y legítimos para ser hombre de éxito. Las oportunidades ocupacionales de la gente de esas zonas se limitan en gran parte a trabajo manua y las tareas más modestas de cuello blanco. Dada la estigmatización norteamericana del trabajo ma­nual, que se ha visto que prevalece con bastante uniformidad en todas las clases sociales y la ausencia de oportunidades realistas para el mejoramiento por encima de ese nivel, el resultado es una marcada tendencia hacia la con­ducta divergente. La situación del trabajo no especializado y el bajo ingreso consiguiente no pueden competir fácilmente según las normas consagradas de dignidad con las promesas de poder y de alto ingreso del vicio, los rackets y la delincuencia organizados.
Para nuestro propósito, esas situaciones presentan dos características salien­tes. Primero, los incentivos para el éxito loS proporcionan los valores con­sagrados de la cultura, y segundo, las vías disponibles para avanzar hacia esa meta están limitadas en gran medida por la estructura de clase para los que siguen una conducta desviada. Es la combinación de la importancia cultural y de la estructura social la que produce una presión intensa para la desviación de la conducta. El recurrir a canales legítimos para "hacerse de dinero" está limitado por una estructura de clases que no está plenamente abierta en todos los niveles para los individuos capaces. A pesar de nuestra persistente ideología de clases abiertas, el avance hacia la meta-éxito es hasta cierto punto raro y en especial difícil para quienes tienen poca instrucción formal y pocos recursos económicos. La presión dominante empuja hacia la atenuación gra­dual de los esfuerzos legítimos, pero en general ineficaces, y el uso creciente de expedientes ilegítimos pero más o menos eficaces.
La cultura tiene exigencias incompatibles para los' situados en los niveles más bajos de la estructura social. Por una parte, se les pide que orienten su conducta hacia la perspectiva de la 'gran riqueza -"cada individuo un rey' dijeron Marden, y Carnegie, y Long-; y por otra!, se les niegan en gran me­dida oportunidades efectivas para hacerlo de acuerdo con las instituciones. La consecuencia de esa incongruencia estructural es una elevada proporción de conducta desviada. El equilibrio entre los fines culturalmente señalados. y los medios se hace muy inestable con la importancia cada vez mayor de alcanzar los fines cargados de prestigio por cualquier medio. En ese am­biente, Al Capone representa el triunfo de la inteligencia amoral sobre el "fracaso" moralmente prescrito, cuando se cierran o angostan los canales de la movilidad vertical en una sociedad que tiene en mucho, a la opulencia econó­mica y al encumbramiento social para todos sus individuos (...).
La falta de oportunidades o la exagerada importancia pecuniaria no bastan para producir una elevada frecuencia de conducta divergente. Una estructura de clases relativamente rígida, un sis­tema de castas, pueden limitar las oportunidades mucho más allá del punto que prevalece hoy en la sociedad norteamericana. Sólo cuando un sistema de valores culturales exalta, virtualmente por encima de todo lo demás, ciertas metas-éxito comunes para la población en general, mientras que la estructura social restringe rigurosamente o cierra por completo el acceso a los modos aprobados de alcanzar esas metas a una. parte considerable de la misma pobla­ción, se produce la conducta desviada en gran escala. Dicho de otro modo, nuestra ideología igualitaria niega por inferencia la existencia de individuos. y grupos no competidores en la persecución del éxito pecuniario. Por el con­trario, se considera aplicable a todos el mismo conjunto de símbolos del éxito. Se sostiene que las metas trascienden las fronteras de clase, que no deben limitarlas, pero la organización social real es de tal suerte, que existen dife­rencias de clase en cuanto al acceso a esas metas. En este ambiente, una virtud cardinal norteamericana, la "ambición", fomenta' un vicio cardinal norteamericano, la "conducta desviada".
Este análisis teórico puede ayudar a explicar las correlaciones variables entre delincuencia y pobreza. La "pobreza" no es una variable aislada: que opere exactamente de la misma manera en todas partes; no es más que una variable de un complejo de variables sociales y culturales reconocidamente interdependientes. La pobreza como tal y la consiguiente limitación de opor­tunidades no bastan para producir una proporción muy alta de conducta delictiva. Aun la notoria "pobreza en medio de la abundancia" no conduce de manera inevitable a ese resultado. Pero cuando la pobreza y las desven­tajas que la acompañan para competir por los valores culturales aprobados para todos los individuos de la sociedad, se enlazan con la importancia cul­tural del éxito pecuniario como meta predominante, el resultado normal son altas proporciones de conducta delictuosa (...)
Pero cuando tenemos en cuenta la configuración total -pobreza, oportunidades limitadas y la asig­nación de metas culturales-, se deja ver alguna base para explicar la corre­lación más alta entre pobreza y delincuencia en nuestra sociedad que en otras donde la estructura rígida de clases va acompañada de símbolos del éxito dife­rentes para las diferentes clases.
Las víctimas de esta contradicción entre la importancia cultural dada a la ambición pecuniaria y los obstáculos sociales para la plena oportunidad, no siempre tienen conocimiento de las fuentes estructurales de la frustración de sus aspiraciones. Indudablemente, muchas veces conocen la discrepancia entre el valor del individuo y las recompensas sociales, pero no ven necesariamen­te cómo tiene lugar eso. Los que descubren la fuente en la estructura social pueden sentirse extrañados * de esa estructura y convertirse. _n candidatos a la Adaptación V (...)
En realidad, tanto el eminentemente "triunfante" como el eminentemente "fracasado" de nuestra sociedad atribuyen no pocas veces el resultado a la "suerte" (...).el trabajador explica con frecuencia la situación económica por la suerte. "El obrero ve en torno suyo hombres experimentados y diestros sin trabajo. Si él tiene trabajo, se siente afortunado. Si carece de trabajo, es víctima de la mala suerte (...). Pero las referencias a las obras de la casualidad y de la suerte sirven fun­ciones distintas según las hagan individuos que llegaron o individuos que no llegaron a las metas culturalmente destacadas. Para el triunfante es, en términos psicológicos, una expresión de modestia. Está muy lejos de toda apariencia de presunción decir, realmente, que uno tuvo suerte, y no que merece por completo su buena fortuna. En términos sociológicos, la teoría de la suerte expuesta por los triunfantes sirve la función dual de explicar la discrepancia frecuente entre el mérito y la recompensa, a la vez que se man­tiene inmune de toda crítica una estructura social que permite que esa dis­crepancia sea frecuente. Porque si el éxito es primordialmente cuestión de suerte, está totalmente en la naturaleza ciega de las cosas que sople donde­quiera y no pueda preverse cuándo viene o a dónde va, y entonces indudable­mente está fuera de todo control y ocurrirá en la misma medida cualquiera que sea la estrucctura social.
Para los fracasados, y en particular para los fracasados que encuentran mal recompensado su mérito y su esfuerzo, la teoría de la suerte sirve la fun­ción psicológica de permitirles conservar la estimación de sí mismos ante el fracaso. También puede implicar la disfunción de reprimir la motivación para un esfuerzo continuado. Sociológicamente, como está implícito en Bakke, la teoría puede reflejar falta de comprensión del funcionamiento del sistema social y económico, y puede ser disfuncional en la medida en que elimine la explicación racional de trabajar en favor de cambios estructurales conducentes a una igualdad mayor de oportunidades y recompensas.
Esta orientación hacia la suerte y el riesgo, acentuada por la tensión de las aspiraciones frustradas, puede ayudamos a explicar el marcado interés por el juego -actividad institucionalmente proscrita o cuando más tolerada y no preferida ni prescrita- en ciertos estratos sociales (...)

3. RITUALlSMO

El tipo ritualista de adaptación puede reconocerse fácilmente. Implica el abandono o la reducción de los altos objetivos culturales del gran éxito pecu­niario y de la rápida movilidad social en la medida en que pueda uno satisfacer sus aspiraciones. Pero aunque uno rechace la obligación cultural de procurar "salir adelante en el mundo", aunque reduzca sus horizontes, sigue respetando de manera casi compulsiva las normas institucionales (...) Esperaríamos que este tipo de adaptación fuese bastante frecuente en una sociedad que hace que la posición social dependa en gran parte de los logros del individuo. Porque, como se ha observado con frecuencia, esta lucha competidora incesante produce una aguda ansiedad por la posición social. Un recurso para mitigar esas ansiedades es rebajar en forma perma­nente el nivel de las aspiraciones. El miedo produce inacción, o con más exactitud, acción rutinizada (...)
El síndrome del ritualista social es tan familiar como instructivo. Su filo­sofía implícita de la vida encuentra expresión en una serie de clichés cultu­rales: "No me afano por nada,", "juego sobre seguro", "estoy contento con lo que tengo", "no aspires a demasiado y no tendrás desengaños". El tema entretejido en esas actitudes .es que las ambiciones grandes exponen a uno al desengaño y al peligro, mientras que las aspiraciones modestas dan satis­facción y seguridad. Es una reacción a una situación que parece amenazadora y suscita desconfianza. Es la actitud implícita entre los trabajadores que regulan cuidadosamente su producción por una cuota constante en una orga­nización industrial donde tienen ocasión para temer que "serán señalados" por el personal de la gerencia y que "sucederá algo" si su producción sube o baja. Es la perspectiva del empleado amedrentado, del burócrata celosa­mente conformista en la ventanilla del pagador de una empresa bancaria privada o en la oficina de una empresa de obras públicas. Es, en resumen, el modo de adaptación para buscar en forma individual un escape privado de los peligros y las frustraciones que les parecen inherentes a la competencia para alcanzar metas culturales importantes, abandonando esas metas y afe­rrándose lo más estrechamente posible a las seguras rutinas de las normas institucionales (...)
La fuerte disciplina para la conformidad con las costumbres reduce las probabilidades de la Adaptación 2 y en cambio aumenta las probabilidades de la Adaptación 3.
La severa preparación hace que muchos individuos soporten una pesada carga de ansiedad. Las normas de socialización de la clase media baja pro­mueven, pues, la estructura de carácter más predispuesta al ritualismo, y es en este estrato, por consiguiente, donde el tipo 3 de adaptación debe presentarse con mayor frecuencia (...)
4. RETRAIMIENTO

Así como la Adaptación 1 (conformidad) sigue siendo la más frecuente, la Adaptación 4 (rechazo de las metas culturales y de los medios institucio­nales) es tal vez la menos común. Los individuos que se adaptan (o se maladaptan) de esta manera, estrictamente hablando, están en la sociedad pero no son de ella. Para ia sociología, éstos son los verdaderos extraños. Como no comparten la tabla común de valores, pueden contarse entre los miembros de la sociedad (a diferencia de la población) sólo en un sentido ficticio. A esta categoría pertenecen algunas actividades adaptativas de los psicóticos, los egotistas, los parias, los proscritos, los errabundos, los vagabun­dos, los vagos, los borrachos crónicos y los drogadictos. Renunciaron a las metas culturalmente prescritas y su conducta no se ajusta a las normas insti­tucionales. No quiere esto decir que en algunos' casos la fuente de su modo de adaptación no sea la misma estructura social que en realidad rechazaron, ni que su existencia dentro de una zona no constituya un problema social.
Desde el punto de vista de sus fuentes en la estructura social, es muy pro­bable que este modo de adaptación tenga lugar cuando tanto las metas cultu­rales como las prácticas institucionales han sido completamente asimiladas por el individuo e impregnadas de afecto y de altos valores, pero las vías institucionales accesibles no conducen al éxito. De esto resulta un doble conflicto: la obligación moral interiorizada de adoptar los medios institucio­nales entra en conflicto con las presiones para recurrir a medios ilícitos (que
, pueden alcanzar la meta) y el individuo no puede acudir a medios que sean a la vez legítimos y eficaces. Se mantiene el sistema competitivo, pero los individuos frustrados u obstaculizados que no pueden luchar con dicho sis­tema se retraen. El derrotismo, el quietismo y la resignación se manifiestan en mecanismos de escape que en última instancia los llevan a "escapar" de las exigencias de la sociedad. Esto es, pues, un expediente que nace del fra­caso continuado para acercarse a la meta por procedimientos legítimos, y de la incapacidad para usar el camino ilegítimo a causa de las prohibiciones interiorizadas; y este proceso tiene lugar mientras no se renuncia al valor supremo de la meta-éxito. El conflicto se resuelve abandonando ambos ele­mentos precipitantes: metas y medios. El escape es completo, se elimina el conflicto y el individuo queda asocializado.
En la vida pública y ceremonial, este tipo de conducta desviada es con­denada más de corazón por los representantes tradicionales de la sociedad. En contraste con el conformista, que mantiene en funcionamiento las ruedas sociales, este desviado es un riesgo improductivo; en contraste con el innova­dor, que por lo menos es "listo" y se esfuerza activamente, no ve valor en la meta-éxito que la cultura tanto estima; en contraste con el ritualista, que por lo menos se ajusta a las costumbres, da poca atención a las prácticas institucionales (...)
Este cuarto modo de adaptación es, pues, el del socialmente desheredado, quien, si no recibe ninguna de las recompensas que la sociedad ofrece, tam­bién sufre pocas de las frustraciones que acompañan a la busca constante de esas recompensas. Es, además, un modo privado y no colectivo de adapta­ción. Aunque los individuos que presentan esta conducta divergente pueden gravitar hacia centros en los que entran en contacto con otros desviados, y aunque pueden llegar a participar en la subcultura de los grupos divergentes, sus adaptaciones son en gran parte privadas y aisladas, y no están unificadas bajo la égida de un código cultural nuevo. Queda por estudiar el tipo de adaptación colectiva.

V. REBELIÓN

Esta adaptación lleva a los individuos que están fuera de la estructura social ambiente a pensar y tratar de poner en existencia una estructura social nueva, es decir, muy modificada. Supone el extrañamiento de las metas y las normas existentes, que son consideradas como puramente arbitrarias (...). En nuestra sociedad, es manifiesto que los movimientos organizados de rebelión tratan de introducir una [nueva] estruc­tura social en la que las normas culturales de éxito serían radicalmente modi­ficadas y se adoptarían provisiones para una correspondencia más estrecha entre el mérito, el esfuerzo y la recompensa.
Pero antes de examinar la "rebelión" como un modo de adaptación, debe­mos distinguirla de un tipo superficialmente análogo pero diferente en esencia: el resentimiento. Usado en un sentido técnico especial por Nietzsche, el concepto de resentimiento fue adoptado y desarrollado sociológicamente por Max Scheler. En este sentimiento complejo se engranan tres elementos. Primero, sentimientos difusos de odio, envidia y hostilidad; segundo, la sensación de impotencia para expresar esos sentimientos activamente contra la ­persona o estrato social que los suscita; y tercero, el sentimiento constante de esa hostilidad impotente. El punto esencial que distingue el resentimiento de la rebelión es que aquél no implica un verdadero cambio de valores. El resentimiento comprende siempre un tipo de "uvas verdes", que afirma mera­mente que los objetivos deseados pero inaccesibles en realidad no encarnan los valores estimados. Después de todo, la zorra de la fábula no dice que renuncie por su propio gusto a las uvas maduras; dice sólo que aquellas uvas precisamente no están maduras. La rebelión, por otra parte, implica una verdadera transvaloración, en la que la experiencia directa o vicaria de la frustración lleva a la acusación plena contra los valores anteriormente estimados. La zorra rebelde se limita a renunciar al gusto general por las uvas maduras. En el resentimiento condena uno lo que anhela en secreto; en la rebelión, condena el anhelo mismo. Pero aunque son dos cosas diferentes, la rebelión organizada puede aprovechar un vasto depósito de resentidos y descontentos a medida que se agudizan las dislocaciones institucionales.
Cuando se considera el sistema institucional como la barrera para la satis­facción de objetivos legitimados, está montada la escena para la rebelión como reacción adaptativa. Para pasar a la acción política organizada, no sólo hay que negar la fidelidad a la estructura social vigente, sino que hay que trasladarla a grupos nuevos poseídos por un mito nuevo (...).
Los mitos de la rebelión y del conservadurismo trabajan ambos en favor de un "monopolio de la imaginación" que trata de definir la situación en tales términos que muevan al frustrado hacia la Adaptación V o a apartarse de ella. Es sobre todo el renegado quien, aunque tenga éxito, renuncia a los valores vigentes, que se convierten en el blanco de la mayor hostilidad por parte de quienes están en rebelión. Porque no sólo pone en duda los valores en cuestión, como hace el extraño al grupo, sino que él mismo significa que se ha roto la unidad del grupo. Pero, como se ha señalado con tanta frecuencia, son típicamente individuos de una clase en ascenso, y no los estra­tos más deprimidos, quienes organizan al resentido y al rebelde en un grupo revolucionario.

LA TENDENCIA A LA ANOMIA

La estructura social que hemos examinado produce una tendencia hacia la anomia y la conducta divergente. La presión de semejante orden social se dirige a vencer a los competidores. Mientras los sentimientos que dan apoyo a este sistema competitivo estén distribuidos por todo el campo de activi­dades y no se limiten al resultado final del "éxito", la elección de medios permanecerá en gran parte dentro del ámbito del control institucional. Pero cuando la importancia cultural pasa de las satisfacciones derivadas de la competencia misma a un interés casi exclusivo por el resultado, la tendencia resultante favorece la destrucción de la estructura reguladora. Con esta ate­nuación de los controles institucionales, tiene lugar una aproximación a la situación que los filósofos utilitarios consideran erróneamente típica de la so­ciedad, situación en la que cálculos de la ventaja personal y el miedo al castigo san las únicas agencias reguladoras (...)

EL PAPEL DE LA FAMILIA

Hay que decir unas palabras finales para agrupar las implicacianes esparcidas por todo el discurso que precede relativas al papel que representan la familia en los tipos de conducta divergente. .
La familia es, desde luego, la principal cadena de trasmisión para la di­fusión de las normas culturales a las generaciones nuevas. Pero lo que pasó inadvertido hasta muy recientemente es que la familia trasmite en gran parte aquella parte de la cultura que es accesible al estrato social y a los grupos en que se encuentran las padres. Es, por lo tanto, un mecanismo para disciplinar al niño en relación con las metas culturales y las costumbres caracterís­ticas de este estrecho margen de grupos. Y la socialización no se constriñe a la preparación y la disciplina directas. El proceso es, por lo menos en parte, inadvertido. Completamente aparte de las admoniciones, los premios y las castigos directos, el niño está expuesto a la influencia de prototipos sociales en la conducta diariamente observada y en las conversaciones casuales de los padres. No pocas veces, los niños descubren y asimilan uniformidades cultu­rales aun cuando estén implícitas y no hayan sido reducidas a reglas (...).
Puede inferirse a modo de ensayo que el niño está también laboriosamente ocupado en descubrir y actuar de acuerdo con ellos los paradigmas implícitos de valoración cultural, de jerarquización de las personas y las cosas y de concepción de objetivos estimables así como en asimilar la orientación cul­tural explícita manifiesta en una corriente sin fin de órdenes, explicaciones y exhortaciones de los padres. Parece que, además de las importantes investi­gaciones de las psicologías profundas en el proceso de socialización, se nece­sitan tipos suplementarios de observación directa de la difusión cultural dentro de la familia. Muy bien puede ocurrir que el niño retenga el paradigma implí­cito de valores culturales descubierto en la conducta diaria de sus padres, aun cuando esa conducta discrepe de sus consejos y exhortaciones explícitos.
La proyección de las ambiciones paternas en el niño tiene también fun­damental importancia para el asunto de que tratamos. Como es bien sabido, muchos padres enfrentados con el "fracaso" personal o con un "éxito" limi­tado, pueden negar importancia a su objetivo originario y concederla a otro, y quizás aplazar los esfuerzos nuevos para conseguirlo, tratando de alcanzarlo vicariamente mediante sus hijos. Es frecuente el caso del padre o la madre que espera que su hijo llegue a alturas a donde él o ella no pudo llegar (...). Si se generaliza la proyección compensatoria de la ambición paterna en los hijos, serán precisamente los padres menos capaces de proporcional:. a sus hijos acceso libre a las oportunidades -los "fracasados" y los "frus­trados"- los que ejercerán mayor presión sobre 'sus hijos para que lleguen a experimentar triunfos importantes. - Y este síndrome de aspiraciones ele­vadas y de limitadas oportunidades reales es, como hemos visto, lo que incita a la conducta divergente.


Extraído de: Merton, Robert K.: Teoría y estructura sociales. Capítulo VI, parte 2: Estructura social y Anomia. Páginas 209 a 239. Fondo de Cultura Económica. 3ª ed. México. 1992.